Opinión
Peinado, "el ojo, el tiro y la bala"
Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
Durante la entrega de un premio que le hicieron los franquistas del Movimiento Católico Español (MCE) al secretario general y abogado de Hazte Oír Javier María Pérez-Roldán en el Casino Militar (oficialmente, Centro Cultural de los Ejércitos), el líder de esta asociación ultraderechista, José Luis Corrales, justificó el reconocimiento a Pérez-Roldán con una paráfrasis armada del “El que pueda hacer que haga” de José María Aznar. Corrales argumentó las razones del reconocimiento franquista a Pérez-Roldán elogiando que haya “presentado las querellas contra Pedro Sánchez y todo su entorno y entramado corrupto que rodea a la Moncloa y al PSOE”. “Merece ser premiado -concluyó- porque demuestra cómo a veces muy pocas personas, incluso una sola persona, pueden hacer cosas inmensas, si saben dónde poner el ojo, el tiro y la bala”. En la réplica y agradecimiento, el abogado del grupo ultra se quitó el mérito modestamente asegurando que en todos los sitios donde había estado había hecho “el mismo servicio: a Dios y a España”. Se refería seguramente a su secretaría general en Comunión Tradicionalista Carlista, un partido fascista que hablaba del golpe de Estado de Franco en 1936 como “Santa Cruzada”.
Todo esto lo contó en enero y mucho mejor que yo el periodista Danilo Albin, compañero de Público amenazado por estos mismos ultras y otros, cuya labor es fundamental para saber en qué momento nos encontramos, repitiendo errores descomunales del pasado, éste que siempre acaba volviendo, además, cuando el ejercicio de memoria colectiva de un Estado que se dice democrático es precario, tardío o directamente nulo. En este contexto de protagonismo exaltado como tipos como los Corrales, los Pérez-Roldán o las cruzadas trumpistas (acá genocidios, golpes de Estado, invasiones ilegales o secuestros), este mismo sábado por la mañana, efectivamente, una de esa balas de los ultraderechistas que surgieron de la secta paramilitar El Yunque, el juez Juan Carlos Peinado anunció que abría juicio oral a la esposa del presidente del Gobierno. Con días de retraso -pero con enorme don de la oportunidad tras la bomba Alberto Quirón y sus negocios-, el magistrado del Tribunal Supremo ha decidido que se sienten ante un jurado Begoña Gómez; su asesora en La Moncloa, Cristina Álvarez, por los delitos de tráfico de influencias, corrupción en los negocios en el sector privado entre particulares, apropiación indebida y malversación de caudales públicos, y el empresario Juan Carlos Barrabés por los dos primeros.
Peinado podía hacer e hizo, que diría Aznar, a pesar de la policía judicial, la UCO en este caso; de la Fiscalía, que pedía el archivo de una causa objetivamente plagada de correcciones por parte de la Audiencia Provincial de Madrid y el Supremo, de errores, extravagancias, y también a pesar de la peste prevaricadora que emana de las argumentaciones por las que Peinado, “el ojo, el tiro y la bala” de Hazte Oír y el resto de acusaciones ultraderechistas (claro), lleva ante un jurado a la esposa del presidente del Gobierno, porque es Pedro Sánchez. Y no huele a cloaca judicial porque lo diga yo, sino porque lo dicen un prestigioso jurista, dos, tres, cuatro o más.
Peinado pudo hacer e hizo, frente a un Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) que no hace, aunque pueda y porque no quiere, y a un PP asimilado a Vox que quema todas las naves democráticas señalando y deshumanizando a enemigos políticos, jaleando a jueces como el instructor del caso de Begoña Gómez y sin necesidad de una puerta de atrás siquiera. Peinado ya puede jubilarse en paz.
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