Opinión
La recomposición de las derechas radicales europeas tras Orbán

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
Durante más de una década, Viktor Orbán no fue solo el primer ministro de Hungría. Fue, sobre todo, el arquitecto de un modelo político que aspiraba a trascender sus fronteras, la "democracia iliberal". Un sistema que combina elecciones formales con un control progresivo de las instituciones, los medios de comunicación y la sociedad civil, todo ello envuelto en un discurso de soberanía nacional, identidad cristiana y rechazo frontal al liberalismo político.
Ese modelo, cuidadosamente construido desde 2010, encontró eco mucho más allá de Budapest. Fue celebrado, replicado y adaptado por una constelación de actores políticos e intelectuales que buscaban redefinir la derecha contemporánea en clave posliberal. La derrota de Orbán marca, por tanto, mucho más que un cambio de ciclo en Hungría que abre un proceso de reorganización profunda de las derechas radicales en Europa y que redefine sus vínculos con el trumpismo estadounidense.
El golpe ideológico al trumpismo europeo y el desmoronamiento de una red transnacional
De este modo, para el universo político articulado en torno a Donald Trump, la caída de Orbán supone un golpe fundamentalmente ideológico. Durante años, Hungría fue presentada como la prueba empírica de que era posible construir un orden político alternativo al liberalismo dominante sin renunciar formalmente a la democracia. Budapest se convirtió, así, en un laboratorio político y en un punto de peregrinación.
Intelectuales posliberales como Patrick Deneen encontraron en el modelo húngaro una materialización de sus tesis contra el liberalismo. Figuras mediáticas como Tucker Carlson retransmitieron desde Budapest una narrativa de éxito conservador frente a la decadencia occidental. Rod Dreher se instaló en la capital húngara, mientras que Gladden Pappin siguió un camino similar. Incluso la influyente Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) decidió internacionalizarse y celebrar ediciones en Hungría, en un gesto de respaldo explícito. El mensaje era claro, quedaba demostrado que el conservadurismo podía abandonar las reglas del juego liberal y, aun así, mantenerse en el poder con legitimidad electoral. Tras las elecciones húngaras ese relato ha quedado profundamente erosionado.
Así las cosas, la derrota del establishment orbanista también pone en cuestión toda una red transnacional de apoyos políticos, mediáticos y financieros. Durante años, el Gobierno húngaro invirtió recursos públicos en la construcción de estas conexiones, consolidando un ecosistema ideológico que trascendía las fronteras nacionales. Las críticas desde dentro del propio sistema, entre otros por parte de Péter Magyar, comenzaron a arrojar luz hace meses, como en el caso de la revelación del uso de fondos públicos para financiar iniciativas internacionales, como la CPAC en Budapest. Esto introduce un elemento adicional de desgaste que muestra cómo el modelo iliberal no solo es ideológicamente controvertido, sino también dependiente de una arquitectura de poder sostenida desde el Estado.
La consecuencia es evidente, el cuestionamiento interno debilita aún más la capacidad de Hungría para seguir actuando como referente. Y, con ello, deja huérfano a un sector de la derecha radical europea que había encontrado en Orbán un punto de anclaje y de referencia.
Reconfiguración en Europa: del eje Budapest a Roma
La consecuencia inmediata de este vacío es un proceso de realineamiento. Las derechas radicales europeas no desaparecen, pero sí reordenan sus referencias y estrategias. En ese sentido, Italia emerge como un nuevo centro de gravedad. Giorgia Meloni, que ya había iniciado un proceso de institucionalización de su liderazgo, aparece ahora como una figura capaz de ofrecer una alternativa más pragmática. A diferencia de Orbán, Meloni ha buscado compatibilizar su agenda nacional-conservadora con una cierta integración en las dinámicas europeas y atlánticas. Este giro no es menor. Marca el paso de una estrategia abiertamente confrontativa con la Unión Europea a otra más adaptativa, en la que el objetivo no es tanto romper el sistema como influir desde dentro. La derecha radical europea parece asumir que el unilateralismo extremo tiene costes políticos elevados, especialmente en un contexto de crisis múltiples donde la cooperación sigue siendo necesaria.
En este nuevo escenario, actores como Vox comienzan a reorientarse. Tras haberse situado con el grupo de Conservadores y Reformistas, con la creación de Patriotas por Orbán cambiaron su afiliación, una afiliación a la que ahora parecen acercarse de nuevo, buscando un equilibrio entre discurso nacional-patriótico y viabilidad política en el marco europeo con el objetivo de no perder el apoyo de sus bases, especialmente en contextos electorales, como el que se vive en estos momentos en Andalucía.
Divergencias internas: una derecha no monolítica
En todo caso, es importante subrayar que las derechas radicales europeas nunca han sido un bloque homogéneo. La relación con el trumpismo y con el modelo húngaro ha sido desigual desde el inicio. Marine Le Pen, por ejemplo, mantuvo una cierta distancia respecto a Trump, consciente de que una alineación demasiado explícita podía resultar contraproducente en el contexto francés. Su estrategia ha sido más gradualista, centrada en la normalización y en la construcción de una imagen de respetabilidad institucional. Por su parte, en Alemania, la AfD adoptó una posición más ambigua, dejándose influir por algunas de las dinámicas del trumpismo, pero sin abrazarlas plenamente desde el principio. Esta ambivalencia refleja tensiones internas entre distintos sectores del partido y diferentes lecturas sobre la viabilidad del modelo iliberal en el contexto alemán. Las diferencias ahora se acentúan en un entorno donde la salida de Orbán sirve como catalizador de debates internos sobre estrategia, alianzas y objetivos a largo plazo.
Quizás uno de los elementos clave de esta reconfiguración es la tensión inherente entre el discurso nacional-patriótico y las dinámicas de la política internacional contemporánea. El unilateralismo promovido por Trump —basado en la subordinación de aliados y en la erosión de estructuras multilaterales— ha demostrado ser difícilmente compatible con los intereses de muchos partidos europeos. En un continente profundamente interdependiente, donde la integración económica y política es un hecho estructural, la ruptura total con la Unión Europea no es una opción fácilmente asumible.
Además, la instrumentalización de estas tensiones por actores externos, como Rusia, ha añadido un elemento de complejidad. La guerra en Ucrania ha reforzado las posiciones sobre la necesidad de cohesión europea, limitando el margen de maniobra de aquellas fuerzas que apostaban por la fragmentación. En este contexto, el modelo de Orbán —basado en una ambigüedad estratégica entre Bruselas y Moscú— pierde atractivo, y muestra como la política exterior es difícil de sostener sobre el equilibrio oportunista sin asumir costes significativos.
El declive de un relato y la búsqueda de otro
Termina con la derrota de Orbán el fin de un relato político que prometía una alternativa al liberalismo. Ese relato, sin embargo, se enfrenta ahora a sus propias contradicciones: dependencia del Estado, tensiones internacionales, dificultades de replicabilidad. El grupo europeo Patriotas por Europa, liderado por figuras como Jordan Bardella, también se ve afectado. Su principal argumento —la existencia de modelos exitosos de gobierno iliberal— pierde fuerza. Sin un referente claro, la capacidad de articulación de este espacio político se reduce. En este sentido, la derecha radical europea no desaparece, pero entra en una fase de redefinición. El eje Budapest deja paso a nuevas referencias, más pragmáticas y menos ideologizadas. El trumpismo pierde centralidad como fuente de inspiración, aunque no desaparece del todo.
Nos encontramos, en definitiva, ante el cierre de un ciclo. La década de hegemonía simbólica del modelo húngaro llega a su fin, y con ella se abre una etapa de incertidumbre para las derechas radicales. La pregunta que se plantea ahora es si estas fuerzas serán capaces de reinventarse sin renunciar a sus postulados fundamentales, o si, por el contrario, se verán obligadas a moderar sus posiciones para mantener su relevancia política. En cualquier caso, lo que parece claro es que el experimento iliberal de Orbán ya no puede ser presentado como un modelo exportable sin matices.
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