Opinión
Retorno a la Luna con ovnis por en medio
Por David Torres
Escritor
Medio siglo después de que la NASA decida enviar otra astronave a la Luna, desde el planeta Tierra una legión de cuñados pregunta cuándo ha ido la primera. Es una pregunta formulada con retintín, con cachondeo, con la suficiencia académica de esos expertos que han revelado al mundo la gran falacia de las vacunas y demostrado que la Tierra es plana desde Santurce a Canberra. En el momento de escribir esto, el Artemis II ya ha despegado sin más contratiempos que un problema de comunicación después de varios retrasos debidos a contingencias técnicas. Para retraso gordo, el de esa gente que se empeña en habitar en un Medievo alternativo, un Medievo sembrado de aviones, ordenadores, trasplantes de médula, móviles y satélites, pero con palillo en la boca.
No deja de ser curioso que la Administración Trump -llena hasta los topes de cuñados, retrasos, neandertales y palillos en la boca- no haya echado el cierre en Cabo Cañaveral y reconvertido los hangares de la NASA en una bolera, en un Museo del Jamón York o en un campo de concentración para mexicanos. Al contrario, han reactivado el programa lunar y se han propuesto el desafío de llegar de nuevo a nuestro satélite y establecer allí una colonia humana antes de que los chinos se les adelanten y monten un Todo a Cien. En el nuevo mapa geoestratégico propuesto en la Casa Blanca (una Gran América del Norte que va de Groenlandia a Ecuador y de Alaska hasta Guyana) no puede faltar la Luna. Se trata de hacer América grande otra vez, a lo ancho, a lo largo, a lo hondo y a lo alto. Pete Hegseth ya debe estar pensando en incluir otra estrella en la bandera y el tío Donald en encargar otro modelo de gorra: una blanca, con cráteres y un águila pequeñita dando vueltas.
He ahí otro rasgo admirable del nuevo desorden mundial. Mientras los anteriores gobiernos se dedicaban a esconder los abundantes testimonios sobre ovnis y extraterrestres, los jefazos del gabinete de Trump no tienen el menor problema en admitir su existencia. Marco Rubio asegura que "hay repetidos casos de algo operando en el espacio aéreo sobre instalaciones nucleares restringidas, y no sabemos de quién es". Suena al tío Tiburcio en la plaza del pueblo preguntando "y tú de quién eres", pero la frase está extraída de un documental sobre vida extraterrestre en el que aparecen 34 altos cargos del Gobierno estadounidense hablando sobre el tema con pelos y señales. Basta fijarse un poco para darse cuenta de que el propio Marco Rubio tiene una pinta de reptiliano como para dedicarle un especial de Iker Jiménez.
Quien más interesado está en desentrañar todo esto es el vicepresidente, J. D. Vance, que ha prometido sacar a la luz todos los documentos secretos sobre ovnis cueste lo que cueste. Vance dice que se hizo amigo de Rubio gracias a esta afición ufológica y ha prometido llegar al fondo del asunto, aunque no tan al fondo como para esclarecer lo de las más de mil niñas secuestradas y violadas por Jeffrey Epstein y sus amiguetes millonarios. Una cosa es ponerse a investigar la vida secreta de Alf o de Yoda y otra desvelar los planes del Mossad. Tras su reciente conversión al catolicismo, Vance se pregunta si los extraterrestres no serán más bien ángeles o demonios. Que lo pregunte tiene su miga porque mientras Rubio tira más bien a reptiliano, Vance sale clavado a Chucky, el Muñeco Diabólico.
En fin, que el vicepresidente de los Estados Unidos no tenga el menor empacho en afirmar que "todos nos ponemos el gorro de aluminio de vez en cuando" es un síntoma claro de por dónde van los tiros en Irán, por dónde va el cociente intelectual en el mundo y por dónde van los osos en Groenlandia. Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la imbecilidad. Hasta Obama estaba seguro de que los ovnis, haberlos haylos, y se supone que era el más listo de los últimos inquilinos de la Casa Blanca. La gran astucia del diablo es hacernos creer que no existe y la gran astucia de Donald Trump es hacernos creer que Epstein era un extraterrestre.
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