Opinión
No soportaríamos un relato fidedigno de lo que somos

Periodista y escritora
Si nos preguntamos cuántas personas han muerto en las fronteras de la Unión Europea en los últimos, pongamos, 10 años, no podríamos contestar. Pruebe a responder sin mirar los datos. ¿Miles? ¿Decenas de miles? ¿Más? En la década que va de 2016 a 2025, las cifras recopiladas por el Missing Migrants Project de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) registran aproximadamente 32.000 personas muertas al intentar alcanzar la UE. Pero estas cifras sólo son mínimos documentados, muy lejos del número real. La propia OIM insiste en que el total verdadero es considerablemente mayor, porque muchos naufragios y desapariciones nunca llegan a conocerse o no pueden verificarse. ¿Qué significa "considerablemente mayor"?
El artículo 13.2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que "toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país". Sin embargo, el país de destino puede negarle la entrada. Más, puede dejar a esa persona agonizando hasta la muerte en las fronteras, o deshacerse de ella y mandarla de vuelta, o a territorios comprados a tal efecto e incluso no-lugares flotantes. Es decir, toda persona tiene derecho a salir de un país, pero no a entrar en el que elija.
Eligen este territorio —España, la UE— porque, en principio, ofrece mayores posibilidades de ganarse la vida, mayores garantías en la defensa de los derechos humanos, mejor calidad de vida e incluso alguna otra fantasía comúnmente aceptada que no responde a la realidad. Europa ha acumulado durante siglos riqueza, cierta estabilidad institucional y capacidad económica.
Una parte inmensa —si no toda— de dicha acumulación se ha conseguido mediante el latrocinio llamado "colonización", mediante la esclavitud y la extracción de recursos y trabajo de otros territorios. Esa larga historia sangrienta contribuye a explicar por qué muchas personas migran hoy hacia aquí. Pero todo esto ya lo saben hasta los nazis que ahora salen a la caza del ser humano, como siempre han hecho.
Es decir, que lo que las personas migrantes buscan en nuestros países lo hemos conseguido a base de expoliar sus territorios. Hemos desvalijado los lugares de donde proceden aquellos que hoy mueren en nuestras fronteras. Hemos sometido hasta la muerte a sus habitantes. Y ahora rechazamos compartir con ellos lo conseguido. Lo rechazamos hasta el punto de dejarles morir ante nuestros ojos, ahí delante, en la costa.
Tras la llegada de decenas de miles de personas a Ceuta, multitud de expertos de toda calaña se han lanzado a "analizar" si se trata de un "ataque" desde Marruecos o un efecto de la regularización; si Trump y Netanyahu andan detrás de todo esto o ha habido una llamada masiva en las redes sociales. Analizan la llegada de decenas de miles de personas en un sólo día, la mayoría de ellos pasando por alto al centenar de muertos y muertas, pero nada dicen de nuestro papel. Nada dicen de nosotras, de nosotros, las personas de este lado, satisfechas en nuestra jaula de oro.
Ese dejar de mirarnos, desde siempre, responde a que no soportaríamos contemplar un relato fidedigno de lo que somos. Somos las crías de las aves de rapiña, carroñeras que no compartirán el festín de lo robado. Sin embargo, creo que toda crueldad tiene un precio. Eso es quizás lo que no sabemos, no queremos saber, ni aquellas personas que nos consideramos —¿por qué méritos?— "hospitalarias", ni los nazis que hoy celebran, desde el PP hasta todas las extremas derechas, que en la UE tienen cada vez más caras y ocupan mayor espacio.
El precio que paga la opulencia construida sobre el dolor, el expolio y la muerte se llama decadencia. Sólo necesitamos mirar hacia dónde avanzan la UE y Estados Unidos. Decadencia, violencia y, finalmente, quizás contemplarnos en el espejo de lo que realmente somos.
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