Opinión

Un debate abierto sobre la salud mental y sus alteraciones

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Habrá que debatir sobre la naturaleza de la salud mental y sus alteraciones. En este momento mucho del malestar presente en nuestra cultura se manifiesta como problemas de salud mental y demanda soluciones al aparato asistencial que ofrece remedios que son soluciones más o menos satisfactorias para un tipo de problemas, pero que no sólo no son eficaces, sino que son contraproducentes para otros. Establecer cuáles son los límites y cómo resolver esa demanda es una parte preliminar del debate. 

Habrá que debatir sobre el modo de ofrecer ayuda a personas con una percepción de la realidad no compartida con la mayoría sin vulnerar sus derechos como personas. Habrá que plantearse cómo trasponer a la legislación de nuestro país las exigencias de la Convención de la discapacidad suscrita por España en 2007. 

Habrá que plantear la utilidad de los sistemas diagnósticos que estamos utilizando. Los grandes sistemas diagnósticos como el DSM son cada vez más complicados y precisos, pero no se sabe qué es lo que clasifican, su validez ha sido cuestionada desde muy diferentes posturas y existen diversas propuestas de sustituirlos por otros sistemas u otras formas de pensar en los problemas de la salud mental que podrían ser más adecuados y más útiles.  

Habrá que reevaluar el papel que están jugando los tratamientos farmacológicos en los problemas de salud mental. Esto son muchos debates interrelacionados. Por un lado, la idea de que los psicofármacos actúan para las “enfermedades” mentales, tal y como las describen las clasificaciones, del mismo modo que actúa la insulina en el tratamiento de la diabetes, esto es reemplazando a una sustancia endógena cuya falta es la causa del trastorno, ha resultado ser falsa. Hay propuestas de reconstruir nuestro conocimiento de estas sustancias sobre otras bases y habrá que hablar de ellas. Por otra parte, el consumo masivo de estos fármacos – como el de tantos otros - ha generado problemas nuevos a los que no siempre se les ha prestado la debida atención. Hablar de este tema, y en general de todos los de la salud mental, en la medida en la que afectan a este, es particularmente difícil porque lo que lo que se diga tiene efectos sobre una poderosísima industria que lógicamente está más interesada en que lo que se piense beneficie a su negocio que en que se acerque a la verdad. 

Habrá que hablar también de las alternativas de atención que representan las intervenciones psicosociales como la psicoterapia. Y ello probablemente supondrá la necesidad de abandonar la pretensión de acercarse a ella con la metodología diseñada para hablar de fármacos que ha encorsetado la reflexión sobre ellas en las últimas décadas. 

Habrá que revisar y sistematizar el creciente conocimiento sobre la importancia que tienen las experiencias traumáticas y la adversidad en general en las alteraciones de la salud mental. Y, puestos a ello, revisar el potencial retraumatizante y la capacidad de causar – aunque sea inintencionadamente - daño que tiene el sistema de atención a la salud mental y otros. 

Habrá que reevaluar la conformación de los sistemas de atención de los que nos hemos dotado y probablemente plantear cambiar muchas cosas que en su momento parecieron idóneas porque eran una alternativa a la ignominia de los manicomios que las precedieron, pero que hoy son manifiestamente mejorables. 

Muy relacionado con lo anterior habrá que revisar cuál es el papel de los distintos profesionales y personas y grupos no profesionales que han de participar en la tarea de promover la salud mental.  

Habrá que discutir si los métodos de investigación y obtención de conocimiento que estamos utilizando en este campo son los adecuados para conducirnos al conocimiento que necesitamos o si, por el contrario, están sirviendo en ocasiones a modo de orejeras que nos impiden ver lo más relevante. 

Y habrá que hacer todo esto sabiendo que, como todas las discusiones sobre lo humano, el que los argumentos se basen en pruebas y se puedan contrastar no evita que tengan efectos políticos. La actitud científica en este caso no es negar estos efectos, sino explicarlos. Señalar la relación inversa existente entre la desigualdad y el bienestar social tiene efectos políticos sin duda, porque podría inducir deseos de mitigar la desigualdad. Pero atribuir los malestares a secuencias de aminoácidos en una cinta de ácido nucleico inalterable también los tiene porque puede inducir la idea de que no tiene sentido preocuparse por cosas como la desigualdad. 

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