Opinión
Necesitamos poder vivir nuestras vidas
Por María Teresa Pérez
Equipo de Análisis Político de Podemos
El año electoral que se avecina con un panorama multipartidista y con los distintos actores peleando por afianzar nichos electorales hace necesario fijarse especialmente en la brecha generacional -o intergeneracional- y la brecha de género. Ya trató el Rey Felipe VI en su discurso de Nochebuena de convencer a los jóvenes de las bondades del sistema constitucional e, implícitamente, de las de un sistema político que nos está dejando tirados y tiradas.
Me decía mi compañera de piso -porque qué joven puede permitirse vivir solo o sola en Madrid o en cualquier ciudad de España hoy- que apuntara, bien grande, la huelga del 8M de 2019 en la agenda, dos meses antes. “Aun a riesgo de ser despedida”, apuntillaba. Tiene 25 años, es socióloga, con un máster en Sociología de la Educación y trabaja de dependienta en un centro comercial de Madrid, además de pagar un alquiler desorbitado en un piso compartido. Es una joven de clase obrera, ha sido antes camarera y limpiadora, encadenando contratos temporales y precarios, para sacar sus estudios y su vida adelante. Ahora, con pocas esperanzas de encontrar trabajo “de lo suyo”, se plantea opositar mientras sigue de curro en curro, siempre precario, claro. Yo pensaba en su perfil y lo curioso que era ver su cara de ilusión y de lucha, sus ganas de salir a la calle el 8M y cada vez que hay una manifestación feminista o por la vulneración de derechos. No estuvo en el 15M porque, como yo, todavía era menor de edad y vivía en un pueblo lejos de la capital. Aunque llevamos dentro todo lo aprendido en el post 15M, lo cierto es que nos politizamos después y de otra manera y, como nosotras, muchas jóvenes que hoy tienen entre 18 y 26 años.
No somos una generación perdida, no estamos atormentados en nuestras propias confusiones por el paso a la madurez, lo que estamos es luchando por no ahogarnos en un mar de incertidumbres y de trabajo indigno. Estamos cansadas del “esto es lo que hay” como excusa perversa. Muchos hemos estudiado casi más que cualquier otra generación y tras cinco años de estudios superiores -en el más rápido de los casos-, y miles de euros invertidos, el mercado laboral nos demuestra que nuestros títulos no valen nada. Otros se han esforzado en una oposición o llevan trabajando en lo que pueden desde que tuvieron edad legal para ello. Somos becarios eternos, camareras con horarios infinitos, dependientas mal pagadas y lo que haga falta, pero aun así no tenemos horizonte de futuro. Y cuando la juventud no tiene futuro, el país entero camina hacia el colapso. Todos y todas, de cualquier edad, tenemos derecho a tomar el control de nuestras vidas, pero especialmente las y los jóvenes que, para ello, tienen que tener primero la posibilidad de crear un proyecto de vida.
Los datos son preocupantes y pasan a ser más que alarmantes cuando hay división por género. Las mujeres jóvenes tenemos todavía más dificultades para vislumbrar un horizonte de futuro digno. Según el último Eurostat, España es subcampeona en paro juvenil de la UE, solo por detrás de Grecia. Las mujeres jóvenes españolas -menores de 25 años, aunque esa barrera europea hace tiempo que en España dejó de significar la autonomía personal- sufren una tasa de paro del 16,3%, mientras que los hombres un 13,3%. Y no sólo eso. Si queremos comprar una vivienda tenemos que destinar el 60,8% de nuestro sueldo -quien lo tenga-, y si queremos alquilar la cifra sube hasta el 85,4%, según el CJE. Las posibilidades de emancipación y de crear una familia son nulas. ¿Quién en su sano juicio podría pensar siquiera en su futuro con esta realidad que nos lo impide? Un país que no busca soluciones para sus jóvenes y se acomoda en una situación, como poco, desesperanzadora, elimina también las posibilidades de avanzar hacia una sociedad mejor.
Cabe recordar que la revuelta juvenil de los 60 demostró que somos un grupo cultural con capacidad de ejercer un contrapoder. También el 15M nos enseñó a luchar, y recientemente el 8M y la pelea por las pensiones nos han enseñado que nos toca a las y los jóvenes defender los derechos que nuestros y nuestras mayores conquistaron, pero no basta con sentirse parte de un grupo cultural o de una identidad concreta, debemos exigir respuestas políticas que garanticen unas condiciones materiales que nos permitan vivir dignamente.
Dejando a un lado el romanticismo ideológico que comúnmente se nos atribuye a los jóvenes para deslegitimar y despreciar nuestras demandas, exigimos -porque lo merecemos- unas políticas públicas -siempre con perspectiva de género- que nos permitan salir del estado permanente de becario, tener oportunidades de trabajo decente, pagar un alquiler justo y que apoyen en el camino hacia la autonomía personal. No vale con gestos y palabras. Es urgente recibir respuestas políticas a la altura de nuestras necesidades.
En esa lucha por la seguridad vital y la confianza en el futuro hay algo que no debemos olvidar: nuestras vidas son nuestras y queremos poder vivirlas.
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