Opinión
Perder es cuestión de método: una crónica de las alianzas a la izquierda del PSOE en Andalucía

Vivimos tiempos turbulentos. El cambio climático está haciendo estragos, y los países gobernados por negacionistas están bloqueando soluciones ante este reto que compromete la habitabilidad del Planeta. Las fuerzas de extrema derecha están contaminando el debate público en muchos países, así como están poniendo en cuestión las democracias liberales, tal y como las conocemos. Las guerras se extienden por el mundo, y la brutalidad en las relaciones internacionales se están convirtiendo en la nueva normalidad con el segundo gobierno de Donald Trump. La agenda ultra va contra el Estado Social y de derecho, contra los migrantes, contra el colectivo LGTBIQ+, contra los derechos de las mujeres, contra todo lo bueno arrancado por el movimiento obrero durante el siglo XX. Su agenda anti-estatalista, anti-impuestos, anti-solidaria, puede convertir el Estado del Bienestar y las democracias liberales en un paréntesis en la Historia. Este es el contexto en el que nos movemos.
España no es ajena a estas dinámicas, aunque el gobierno progresista (PSOE-SUMAR) sea una isla en una UE cada día más escorada a la derecha. España es el faro, con todos sus defectos, de los progresistas, los demócratas y las personas de izquierdas en Europa que ya están sufriendo gobiernos como el de Giorgia Meloni. Por lo tanto, no estamos en una época donde nos podamos permitir una travesía en el desierto. No estamos en 1996 con un Aznar teniendo que pactar con Pujol y Arzallus. Lo hemos visto en la Comunitat Valenciana, y también sus consecuencias.
Andalucía ya no abrirá el ciclo electoral, por la cascada de elecciones autonómicas adelantadas. Sin embargo, sigue teniendo una importancia simbólica y de peso electoral muy importante, tanto porque a nivel nacional escoge 61 diputados y diputadas, cómo por el peso poblacional, y por ser la comunidad autónoma que marcó el desarrollo territorial tras el 28F. Además, el PP-A está, por primera vez, en una situación de debilidad muy importante. El caso de los cribados del cáncer y su nefasta gestión ha hecho mucho daño a la imagen de Juanma Moreno Bonilla, y de su gobierno. A lo que hay que añadir el caso del troceo de los contratos sanitarios para beneficiar a la sanidad privada, cómo el destrozo que ha realizado en sanidad hundiendo al último puesto entre todas las comunidades autónomas la que fue la joya de la corona del Estado del Bienestar. También le ha saltado el caso de corrupción de las mascarillas en la Diputación de Almería, el de la familia y la alcaldesa de Marbella, y otros tantos. No son los únicos sectores afectados: podríamos seguir con la Dependencia y los Servicios Sociales, que están colapsados, la situación precaria de la educación pública y las universidades públicas con el apoyo descarado de los populares a la enseñanza privada, a la privada-concertada y a los chiringuitos de las universidades privadas. Podríamos seguir citando la absoluta inacción en materia de vivienda, o las ofertas de VPO a precios de mercado en Sevilla, gobernada por los populares, y un largo etcétera.
La debilidad de Moreno Bonilla abre la posibilidad de poder intentar ensayar un gobierno alternativo. Para un cambio de gobierno hacen falta dos cuestiones, que el gobierno cometa varios errores importantes, como ha ocurrido, y que exista una alternativa creíble para poder disputar el gobierno. Por ello, las fuerzas progresistas y de izquierdas deberían de emplearse a fondo en esta contienda electoral y tomársela en serio. La partida no está decidida y dependerá mucho de la campaña electoral, de qué temas logren dominar el debate, y de la participación. Moreno Bonilla es consciente de ello y por eso pretendía unas elecciones aburridas, arropado por encuestas hechas ad hoc por medios y encuestadoras afines (como el CENTRA), dar la sensación de que no hay alternativa y jugar como el catenaccio italiano.
En las anteriores elecciones las fuerzas de izquierdas decidieron no disputar la Junta de Andalucía, dando una cómoda victoria a Moreno Bonilla. El PSOE había apostado por un candidato para ganar las primarias a Susana Díaz, Juan Espadas, que era como una versión un poco progresista ma non troppo del propio Moreno Bonilla. Un candidato para la interna, pero con escaso tirón electoral. Por Andalucía tuvo una tormentosa disputa por la cabeza de lista, que acabó por lastrar sus opciones electorales, y acabó con los morados fuera del acuerdo integrándose como independientes. ¿Quién iba a confiar en ellos para gobernar si no habían logrado ni presentar los papeles a tiempo? Y Adelante Andalucía prefirió presentarse en solitario buscando ser la voz minoritaria del parlamento, con grandes discursos y ningún horizonte para poder cambiar la vida de la gente. La campaña del miedo a la ultraderecha acabó por escorar votos tradicionalmente socialistas al PP-A. Si la izquierda quedaba descartada para gobernar solo quedaba el PP-A.
Por supuesto, las políticas de Moreno Bonilla y del PP-A se parecen bastante en todos lados. No hay PP bueno, hay estilos dialécticos, más moderados a lo Guardiola o Moreno Bonilla, o más escorados a la extrema derecha, como el de Ayuso, pero no hay diferencias significativas a nivel legislativo, salvo las que impone la correlación de fuerzas y cada comunidad y sus particularidades. Sin embargo, el PP está siendo infectado por las propuestas de Vox, al que no saben como combatir, si pareciéndose a ellos en lo discursivo y programático, o combatiéndolos al estilo Ángela Merkel, pero parece que el PP con Feijóo sigue más bien la fracasada primera opción.
En el proceso electoral que se avecina el PSOE ha realizado su trabajo poniendo a su mejor candidata, María Jesús Montero, ministra de Hacienda. Aunque tendrá dificultades según se desarrolle la reforma del sistema de financiación, necesitará aterrizar en Andalucía para poder hacer una campaña efectiva en la comunidad. No es compatible mucho más tiempo ser candidata y ministra.
En las circunstancias actuales, es más que probable que los votantes tradicionalmente socialistas abandonen al PP-A por su gestión sanitaria y vuelvan al PSOE, a la vez que Vox subirá a costa de los populares ya que el contexto y la ola global les empuja hacia arriba. Esto hace más que probable que el PSOE-A quede primero, el PP-A segundo y Vox, cerca del PP-A, tercero. El gobierno se jugará, por lo tanto, con lo que pase en la cuarta posición y con la participación electoral. Si existe una alternativa fuerte a la izquierda del PSOE el voto se animará, si no es más que probable que exista un voto útil hacia el PSOE-A y no logre sumar por falta de apoyos parlamentarios.
La izquierda alternativa (Por Andalucía y AA) sumaron en 2022 el 12,28%, que les hubiese supuesto entre 12 a 13 escaños arrebatando la mayoría absoluta al PP-A, sin embargo al ir separados se obtuvo 7 escaños (5 y 2). En las elecciones generales se obtuvieron, en un contexto de unas elecciones fuertemente bipartidistas, un 12%, lo que significa que hay una parte importante de la población andaluza que estarían dispuestos a votar a estas candidaturas si fuesen unidas.
La izquierda no puede volver a dar por perdidas las elecciones antes de que empiecen, como se hizo en 2022. Aquellas fuerzas políticas que decidan que no participar de la unidad tendrán que explicar por qué, cuánto daño van a causar en Andalucía y en su gente, y si asumirán responsabilidades tras la debacle. En estas elecciones nos jugamos que terminen de degradar el Estado del Bienestar y la democracia, y que gobierne la ultraderecha, o que les pongamos freno y logremos construir horizontes de esperanza con políticas valientes, a la altura de los retos del siglo XXI. La izquierda tendrá sentido si está en esa batalla, y tendrá futuro si es diversa y se mantiene unidad.
Hay que estar a la altura del momento histórico. Como dijo Antonio Gramsci: "En el fondo, este segundo motivo puede reducirse al primero: se trata de pequeñas ambiciones, porque tienen prisa y no quieren tener que superar dificultades demasiado grandes o correr peligros demasiado grandes. Una de las características de todo jefe es la de ser ambicioso, es decir, la de aspirar con todas sus fuerzas al ejercicio del poder estatal. Un jefe no ambicioso no es un jefe, es un elemento peligroso para sus seguidores: es un inepto o un bellaco. Recuérdese la afirmación de Arturo Vella: 'Nuestro partido no será nunca un partido de gobierno', es decir, siempre será un partido de oposición. Pero ¿qué significa esto de proponerse permanecer siempre en la oposición? Significa preparar los peores desastres porque, si estar en la oposición es cómodo para los oponentes, no es 'cómodo' (según las fuerzas de la oposición y su carácter, naturalmente) para los dirigentes del gobierno, los cuales deberán plantearse, al llegar a un cierto punto, el problema de destruir y dispersar la oposición. La gran ambición, además de ser necesaria para la lucha, no es ni mucho menos despreciable desde el punto de vista moral; al contrario: todo depende de si el 'ambicioso' se eleva después de haber hecho el desierto a su alrededor o si su elevación se condiciona conscientemente a la elevación de todo un estrato social y de si el ambicioso ve precisamente su propia elevación como un elemento de la elevación general. Habitualmente, las pequeñas ambiciones (del individuo particular) luchan contra la gran ambición (inseparable del bien colectivo)".
Seamos ambiciosos, seamos realistas, logremos lo imposible. Si no lo intentamos podremos decir que perder es cuestión e método.
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