Opinión
Pisotear el Derecho para acercarnos al precipicio
Por Ana Bernal Triviño
-Actualizado a
Se supone que desde aquello que se llamaba Siglo de las Luces quedó clara la importancia de la Ciencia y del Derecho para el avance social. La pandemia o el cambio climático fueron el culmen del negacionismo científico y hoy día estamos en el negacionismo del derecho. O, mejor, de ignorarlo o hacer lo que venga en gana con él.
Muchas veces nos han dicho que la justicia hace lo que indica la ley. Pero hoy vemos con pasmosa claridad que el derecho tiene, y mucho, de interpretación. Eso sí, lo grave es usar el derecho para enfrentar. Y lo grave es también que esa interpretación sea buena o mala según quién la emita y según quién la reciba.
Dice el preámbulo de nuestra Constitución que su voluntad es la de “garantizar la convivencia democrática”. Por lo tanto, este debería de ser el marco para resolver conflictos políticos. Hay quien dice que el problema máximo de España ha sido Cataluña. Yo creo que fue el terrorismo etarra, porque había personas asesinadas. Y aún así, hubo indultos en todos los gobiernos. Ya advertía Aznar hace años, ante una pregunta de Isabel San Sebastián sobre ETA y el incumplimiento de las penas, que estas cuestiones no se pueden plantear en “términos dramáticos” y que cumpliendo la ley, el espíritu debía ser siempre abierto y generoso por la paz.
La amnistía puede gustar más o menos pero es una propuesta en la búsqueda de convivencia. En cambio, sin haber ni siquiera salido publicada, hemos visto las grietas en la justicia con enfrentamientos entre asociaciones e instituciones, como el CGPJ, que ha pretendido decirle al parlamento qué debe hacer. Decían en Jueces y Juezas para la Democracia lo terrible de un Consejo que entra en la lucha partidista, aparte de qué legitimidad tienen unos vocales que llevan cinco años con el mandato caducado.
A veces, con tanto ruido, en vez de escuchar a los de aquí, conviene salir a ver qué dicen fuera. Financial Times comenta, a pesar de varios peros, que la amnistía “vale la pena”. Y dice también que “es un callejón sin salida para el PP si solo coincide con la extrema derecha”. Recordemos que Cataluña fue la gasolina para Vox.
Al final da la sensación de que quienes han vivido solo de ETA y de Cataluña, porque no tiene más que aportar en la política, se encuentran que con estos dos focos apagados, no tiene nada más que hacer ni ofrecer. Y ese es el problema, que se les acaba el chiringuito. Será el Tribunal Constitucional el que se pronuncie al final. El resto tendrá que asumir lo que diga pero ya ha quedado manchada, de nuevo, una parte de la justicia que se ha mostrado de todo menos independiente y que da escalofríos.
El mismo miedo da lo que vemos con Israel. Porque aquí también se ha politizado, cuando el derecho internacional debería de ser la pauta para todo el mundo. Se enfadan cuando hablamos de genocidio, cuando el propio el exfiscal de la Corte Penal Internacional habla en esos términos, y cuando la Corte Penal Internacional habla de crímenes de guerra. No es problema de quienes lo recordamos de que exista el derecho internacional humanitario. Supongo que todo, como tantas veces, radica en conceptualizar mal y en que esto viene de lejos. Porque Israel acumula resoluciones sin cumplir una tras otra.
Y frente a quienes dicen que Palestina es una tierra autónoma habrá que ponerles a leer la resolución 242, la 1860 o la 2334 donde la ONU pedía “la retirada de las fuerzas armadas israelíes de los territorios ocupados”, “que la franja de Gaza es territorio ocupado desde 1967” o que “Israel es potencia ocupante”. No nos lo inventamos, está escrito. Y forma parte de ese derecho del que algunos se creen que son los únicos guardianes, mientras lo ocultan y desprecian cuando les interesa. Israel es impune ante los ojos de todos no desde ahora, desde hace décadas.
Mal vamos cuando volvemos a escuchar gritos de Viva Franco, que no se caracterizaba precisamente por el buen derecho, o se aplaude o reconoce a un Israel que mata a población civil en contra del derecho internacional. Vamos mal cuando el derecho se diluye en el partidismo, cuando resulta lo contrario de lo que se debería o cuando se ignora. Porque, entonces, todo está permitido. Y la justicia marca la calidad de una democracia.
Hablaba antes del Siglo de las Luces. Ahora parece que, de aquellas “luces”, quedan pocas. Que algunos están usando, despreciando, negando y pisoteando el derecho para ponernos al borde del precipicio. Justo porque era lo único que les impedía hacer lo que les da la gana y por eso quieren mancharlo y destruirlo. Para arrastrarnos a un futuro que se parezca más a un pasado y que, frente a la luz, es bastante oscuro.
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