Opinión
Un velero en la nalga
Por Juan Losa
Periodista
-Actualizado a
Me cuenta Antúnez que su pareja se ha tatuado un velero en la nalga. Es un velero tipo catamarán visto de perfil, con el que su novia ha querido rubricar el amor que dice sentir por el Mediterráneo. Y es que la joven ha regresado de sus vacaciones en Gandia presa de una profunda nostalgia marinera, como si el mar fuese un legado y ella su legítima heredera. Algo que al propio Antúnez le ha causado no poca perplejidad, al ser ella natural de Castillejos, provincia de Segovia. Antúnez, que es persona sensible y generosa, no ha dudado en celebrar la decisión de su pareja; si bien, en su fuero interno, considera lo de tatuarse el culo una cosa chabacana e impropia. Por no hablar del catamarán que se ha dibujado, embarcación que la pareja no ha pisado en su vida: las excursiones quedaban fuera de sus posibilidades y hubieron de conformarse con botar un patín de esos que van a pedales y tienen el tobogán torcido. También reservaron sendas tumbonas en una zona apartada junto al rompeolas. Fue ahí donde ella le confesó a él su firme propósito de rubricarse el trasero, poco antes de quedar dormida con la boca abierta y un libro entre las piernas. Antúnez le cerró la boca con delicadeza y se retiró a la orilla, donde vio dos cangrejos corretear inquietos. Uno de ellos, el más activo, parecía cortejar al otro a fuerza de cabriolas y requiebros; el otro, lejos de rehuirlo, se dejaba querer y respondía a sus galanteos. Una cosa llevó a la otra y ambos se aplicaron a la cópula, que en el caso de los cangrejos consiste —me explica Antúnez— en un acoplamiento estático caparazón con caparazón, sin atisbo de fricción, como una mera transmisión, similar a cuando acercamos el móvil al datáfono. La pasión erótica de los cangrejos, que puede llevar días de inmovilismo, suscitó en Antúnez pensamientos elevados; verlos ahí, sumidos en la quietud y el silencio, le hizo reflexionar sobre las evidentes limitaciones sensoriales de los cangrejos, cuya piel, rígida como una coraza, encierra el eros del cangrejo en un estuche hermético. ¿Cómo amarán los cangrejos?, se preguntó entonces el bueno de Antúnez. Parece evidente que su incapacidad para la caricia, el roce o la ternura les condena a un intercambio puramente espiritual, que contrasta con las urgencias y mendicidades de nuestra propia piel, fábrica de estímulos no siempre bien administrados. Con todas estas ideas en la cabeza, Antúnez regresó a las tumbonas y se acopló junto a su pareja, lo hizo con cuidado de no despertarla, tanto esmero puso en guardar silencio que no tardó en caer dormido e incurrir en un leve ronquido. Soñó entonces que navegaba un velero, uno tipo catamarán, y que surcaba un mar curvo, sereno y terso rumbo a Castillejos, provincia de Segovia.
Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.