Opinión
Las verborragias de Ayuso

Por Marta Nebot
Periodista
-Actualizado a
El viernes pasado Ayuso tuvo una verborragia en público. No es la primera vez que le ocurre. Sí la primera tan incontenible como ¿improvisada?
La presidenta ¿sufrió? un ataque súbito e irrefrenable de presunta sinceridad en mitad de una obra en Alcalá de Henares a la que fue a poner la primera piedra. Vale la pena escucharla entera para entender su dimensión e intensidad. Los cortes que circulan no las reflejan. Ayuso hablaba y hablaba sin puntos ni comas; había que dejarla hablando sola sin micrófono para poder hacerle una pregunta. Daban lo mismo las cuestiones; no respondía a las incógnitas concretas sobre el áticogate –que parece que puede acabar con ella–, y que siguen sin respuestas tras esa comparecencia tan ¿delirante?
En esos quince minutos de parloteo incontenible, de ¿camaradería? con la prensa, de ¿striptease? emocional no precisó quién dio la orden para comprar un ático de 6,3 millones de euros que no puede ser oficina, por qué el informe que autorizó la compra no aparece y por qué, si era tan buena idea comprarlo, decidieron venderlo en cuanto su compra se hizo pública. El informe de 224 páginas que la Comunidad ha hecho público tampoco responde a lo principal.
Lo único que dejó claro la presidenta es que está nerviosa y asustada y que sabe muy bien cómo amasar verdad y mentira y cómo exponer esa mezcolanza, remozando sus ocultamientos y falsedades con emociones sinceras, con dolores con los que cualquiera empatiza, practicando la metralleta argumentativa emotiva. Su técnica es personal y digna de estudio. Sus resultados hasta ahora lo confirman.
Sí, creo que consiguió conmover por momentos, que mostró su desvergüenza pero también su soledad y su impotencia y que se dejó ver dolida. Ella sabe que la emoción transmite credibilidad.
Hizo lo mismo cuando Pablo Casado denunció que su hermano se había forrado, llevándose 280.000 euros en comisiones vendiendo mascarillas a la comunidad de Madrid en lo peor de la pandemia, en una entrevista en la Cope el 18 de febrero de 2022. Vale la pena volver a escuchar la entrevista de once minutos que le hizo Carlos Herrera casi a renglón seguido a la de Casado y ver las caras que Herrera ponía. Otro episodio de verborragia muy sentida. No sabía la cifra de lo que se había llevado su hermano porque, a pesar de reconocer que había hablado con él para preguntarle por el tema, “no le puedo decir a nadie que destripe sus cuentas”, alegó compungida. Y, más allá de no dar datos, de no aclarar los hechos, lanzó una ristra imparable de victimismo y autobombo lacrimógenos que se pueden resumir en esta frase: “Lo que también tengo claro es que no he hecho otra cosa más que trabajar honradamente dejándome la vida y, por cierto, perjudicando a la calidad de vida de mi familia y de mi entorno desde entonces”. “No sé quién se tiene que ir o quién se tiene que quedar”, añadió sobre si Casado o ella. Alguien los quería mal a ambos, agregó.
Carlos Herrera no llegó a hablar ni un minuto de los once y pico que duró el episodio. De los quince del viernes pasado lo mismo sobre el reparto de tiempos entre ella y los muchos periodistas que intentaron preguntarle.
Ya sabemos quién ganó la batalla en 2022. También sabemos cómo lo hizo.
Hoy vuelve a usar las mismas armas. El asunto es menos sangrante pero el cerco de responsabilidad más cercano. Hay pruebas directas que la implican, hay mentiras encadenadas que la delatan. Esta vez se enfrenta solo a sí misma, a su manera de hacer política, a “esta memez” que lamenta “mucho”, a su “tengo miles de pruebas” que no presenta. Vuelve a ver su carrera en peligro: “No tiene sentido que siete años de esfuerzos diarios, como estoy realizando, acaben en si el pliego va por canal B o por el canal Z. A mí qué me importa”, dijo en mitad de su vomitona verbal.
La batería de victimismos es demasiado larga para un artículo... “Ya no hay novio”. “Me he quedado sin vacaciones”. “Me gusta tener mis vecinos de arriba de abajo con los que hablo, lo único que a mí me da alegría, que tengan sus perros, sus niños”. “Me pedís en mitad de los fuegos, donde se me ha quemado el pueblo, se me ha quemado la Comunidad de Madrid, en mitad de una tragedia como esa, que tenga claro un pliego y si sale de la carpeta”. “De eso no me recuperaré lo que me queda de vida”. “A mí siempre se me tiene que mirar por el padre, por el hermano y por lo que no tiene.” “Me gusta sentirme fiscalizada, me gusta. Tener que dar explicaciones. Me gusta hacer ruedas de prensa, me gusta lo que hago, amo la política, por tanto se me tiene que exigir y se me tiene que pedir, pero no se me puede perseguir y se me está persiguiendo. Ningún político ni ningún ser humano puede responder todo eso.”
También habló, por supuesto, sobre otros políticos y sus viviendas oficiales y sueldos vitalicios, preguntándose porqué los periodistas no preguntamos por ellos, sin considerar que ella conoce sus casos porque ya lo hemos hecho.
En definitiva, creo que su presunta no estrategia es una estrategia ya testada.
La dama de las camelias cañí, desvacacionada, sacrificada y mártir viviendo en áticos y coches de lujo, casualmente rodeada de familiares y amigos exitosos en negocios feos, mientras ella es tan cándida y trabajadora y no tiene “nada”, “vayan al registro de la propiedad”, mientras “todo lo que me rodea sea arruinado y perseguido”.
Y claro que empatizamos con una mujer sola, que tal vez se enamoró del malo y ha sido la última en darse cuenta. Claro que podemos solidarizarnos con una mujer poderosa mostrando la soledad infinita de la cima. Pero de ahí a creer lo que dice va un trecho. “¿Por qué no intentáis creerme?”, llegó a reclamar como una niña incomprendida.
Sobre si alguien tiene que pagar responsabilidades en Planifica Madrid, ya que había repetido tantas veces que lo suyo no es vender ni comprar inmuebles, contestó: “Pero, ¿por qué? Si es que está comprado y no es dinero perdido, es un dinero que ahora está en patrimonio de la Comunidad de Madrid, no está perdido. Es más, esa casa se irá revalorizando con el tiempo”.
Poco antes había dicho airada que va a ser imposible vender el aticazo porque a quien lo compre le caerá una inspección de hacienda.
Así que o es muy mala comercial o sigue pensando en quedárselo.
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