Opinión
Viejo mundo
Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Este verano, mi tarea voluntariosa dominical consiste en cruzar las piernas en la piscina cual pequeño burgués liberal –un abrazo al infierno, Chaves Nogales– y leer prensa conservadora en papel para echarle una mirada final a este descompuesto viejo mundo –un beso al cielo, Camarón–. Allí, en ese lado del negocio, las cosas son tan diferentes que parecen diseñadas para otros cuerpos; el mundo es de otro color, tiene otra textura, es dirigible desde las sencillas manos de un hombre. En sus páginas de opinión se cuentan cosas que ya no existen, si es que alguna vez existieron; por ejemplo, se diserta con pluma escasa de pisos en Chamberí, de vacaciones en velero por el norte, de paseos por Nueva York, de hipotecas pagadas gracias a una columnita semanal en un suplemento. En la opinión de esos diarios del viejo mundo se despliegan los escritores –hombres– de aspecto cincuentón, aunque de tacto nonagenario, que se cuidan de cultivar una prosa sofisticada, pero distante, vendimiada a tranchetazos de oraciones cortas –frases sobrias, breves, cargadas de tantas emociones como un pollazo a la puerta de un garaje-, que mantengan la distancia de seguridad con ese lector que todavía se los imagina subidos con tejanos gruesos y americana negra de felpa al pedestal del poder, y la literatura popular, escribiendo esos enunciados tan incontestables como explícitos y sensuales. Para que nos entendamos, sus párrafos serían tal que así: la noche era cerrada y ella me miró. Punto. Creo que no me arrepiento, maldita sea mi memoria. Punto. Yo le respondí a su mirada con un beso. Punto. Fuimos a mi casa y no me empalmé. Punto. No te lo perdonaré jamás, Pedro Sánchez. Punto y final.
Si a algo le tienen alergia es a las subordinadas, pero si algo les gusta es el honor. Ay, el honor, cruel cantata del tenor de la vida, que, según mis relatores colegas de la prensa conservadora, lo has embadurnado todo por los siglos de los siglos y amén; aunque ahora, en estos quizá diez, quizá veinte o más años, nos hayas dejado huérfanos de tu asistencia. Para estos columnistas el honor ya no existe, se ha extraviado, y por eso nos gobiernan estos políticos impíos –nunca pensé que usaría este adjetivo en una columna para Público– que cambian de opinión a cada rato y pactan con esas alimañas bípedas que comen calçots; para ser columnista conservador hay que repetir en bucle que la palabra se ha perdido y ya no tenemos decencia, a diferencia de antes, que la estirpe era sagrada y lo que se juraba por tu sangre era certificado por el mismo notario de la vida y de obligado cumplimiento.
Me genera mucha ternura leer sus disertaciones sobre este tema porque nunca son capaces de fechar la muerte de la palabra: tienen claro que ya no existe, ya no se cumple, ya no tiene valor, pero ninguno te dirá cuándo la vendieron al peso los mercaderes del tiempo, lo que me hace sospechar que una buena parte de ese viejo mundo que describen es más bien un mundo inventado. Confunden su juventud con el tiempo, su musculatura con la virtud, y por eso creen que esos años de vigor en los que no necesitaban excusarse en Pedro Sánchez estaban llenos de palabra y honor, cuando lo único que los diferencia de estos es que eran jóvenes y ya no. El honor nació muerto y podrido, si es que nació, como bien ejemplifica Cervantes a través del Quijote, cuando el hidalgo, en su primera salida, se encuentra a un cacique azotando a uno de sus trabajadores, lo que le obliga a intervenir para hacerle jurar por su sagrado honor, lanza en ristre apoyada en su cuello, que lo dejará tranquilo y le pagará lo que debe. Evidentemente, el cacique acepta y da buena cuenta de su palabra, pero en cuanto el caballero loco se marcha vuelve a azotar al pobre vasallo con muchísima más fuerza que antes. Eso, nos cuenta Cervantes, es todo lo que valían la palabra y el honor en el siglo XVI: absolutamente nada. Supongo que mis amigos cipotudos dirán ahora que el viejo mundo murió justo antes y que Cervantes era también un sanchista pancatalanista sin honor.
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