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"En los campos de concentración nazis vi lo peor y lo mejor del ser humano”

El último superviviente español del campo de concentración de Sachsenhausen (Berlín, Alemania) pone palabras a la barbarie que sufrieron miles de presos políticos españoles durante la Segunda Guerra Mundial. 

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El último superviviente español en el campo de Sachsenhausen (Alemania).- MANUEL TORI

FALAISE (FRANCIA).- este año se cumple el 70 Aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, y todavía hay quien puede poner palabras a la barbarie. Pedro Martín (París, Francia, 1925) nació de una pareja de españoles emigrados al país galo a principios de los años ’20. Hoy, nueve décadas después, es el último superviviente español del campo de concentración de Sachsenhausen (Berlín, Alemania).

Años ’20. Francia sale de la Primera Guerra Mundial y necesita mano de obra: “Mi padre, Francisco Martín, de Oropesa (Toledo, España), trabajaba en diferentes fábricas”, explica hoy su hijo. Manuela Aparicio, su madre, del mismo pueblo, dará a luz cinco pequeños: “No teníamos nada y necesitábamos mucho. Mi padre trabajó duramente para seguir adelante”.

Pedro tenía 14 años cuando Alemania atacó a Francia en 1940: “Lo supe al salir de la escuela. Los alemanes apuntaban hacia París, así que, con mucho miedo, dejamos nuestra casa y nos mudamos fuera de París donde vi, por primera vez, a los nazis”. En plena calma tensa, la familia Martín Aparicio volverá en autobús a la capital gala, recién ocupada. Pudiendo realojarse en su propia casa.

1942. Pedro hace deporte en un gimnasio a las afueras de París: “Iba 3 veces por semana con mi primo Julio. Una tarde, por equivocación, cogí su mochila pensando que fuese la mía. Vi fichas y documentos que lo asociaban a la Resistencia”, detalla Martín. Julio, riñéndole, le ofrecerá una única solución: “Ahora que sabes a qué me dedico, lo harás conmigo”. Ahí mismo, Pedro pasará a la luchar contra los nazis.

Si Pedro se encargará de las actividades de propaganda para la población civil, Julio se dedicará a los atentados y a los sabotajes. “Lo pillaron tras colocar una bomba en un restaurante de París. Lo fusilarán, junto a su padre, mi tío Miguel Martín López”, explica hoy su sobrino entre pausas y ojos humedecidos.

Hay que estar en la sombra: “Permanecí quieto, en casa, sin contactar con otros resistentes. Mi padre, que ya imaginaba algo, nunca me dijo nada”, confiesa el parisino. “A las 3 semanas volví a cumplir órdenes para el ejército secreto de la Resistencia”. ¿El objetivo? Robar medicamentos en las bases alemanas de la capital gala, abundantes de material logístico: “Si queríamos realizar ataques, teníamos también que asegurarnos las curas”.

'Chivatazo' a la Gestapo

Una noche de marzo de 1943. Son las 23:00 horas, y en un puente de París hay 19 camiones listos para marchar hacia Italia: “Pedro, tenemos que saber qué llevan”. La operación se desarrollará sin contratiempos, y una vez cumplido el objetivo, Pedro vuelve a casa. Pero hay problemas: “Robert, un vecino que informaba a los nazis por dinero, les contó todo lo que presuponía sobre mí. La Gestapo de París me llevó a un lugar que nunca reconocí”.

"Tenía que resistir porque dar un solo nombre significaba dar el de todos. Me pegaron y torturaron durante 5 días en un zulo a las afueras de París"

“En el interrogatorio me torturaron y me partieron la cara a la altura del pómulo. A cada pregunta contestaba No sé, no lo conozco. Tenía que resistir porque dar un solo nombre significaba dar el de todos. Por ello, me pegaron y torturaron durante 5 días en un zulo a las afueras de París. Después, me metieron en un cuarto con otras 20 personas”. Tras un mes y medio, a le avisan de que tomará rumbo hacia Alemania. Es el 28 de abril de 1943.

“Fuimos 1000 personas por convoy. En mi vagón sólo había compañeros de la Resistencia. Muchos intentaban salir del tren por la noche, pero los guardianes siempre les pillaban. Muchos de ellos no volvimos a verlos”, confiesa. “No teníamos ni agua, ni nada. Nos dieron sólo una bola de pan a cada uno, con un salchichón tan salado que no se podía comer. Además, si lo comíamos nos moríamos de sed. Y aun así, tuvimos que comerlo, aunque fuera poco a poco”.

Determinados relatos producen escalofríos: “Los viajes eran muy largos e interminables. Se paraban muchas veces. Recuerdo cuando cruzamos la frontera y la llegada a Apolda (Alemania)”. Será el viaje más largo de su vida: “En total, duró 2 días y medio”. La última parada, está a 30 km de Berlín. Es Sachsenhausen. El campo de concentración.

“Al bajar del tren, lo primero que vi fueron nuestros zapatos, que nos quitaron a la altura de Apolda. ¡Y los primeros que vi fueron los míos!”, comenta Pedro sonriente. “Fui afortunado, pero teníamos que ir deprisa. Teníamos detrás los perros de las SS”. 

Martín permanecerá el campo de concentración entre 1943 y 1945: “Aquellos 2 años fueron de palizas, palizas y palizas. Había miradores, en los que uno o dos militares vigilaban, con ametralladoras, todo lo que ocurría desde las vallas electrificadas hacia adentro. Era como una ciudad, 9.000 personas trabajaban en una auténtica fábrica. Pero los obreros, en este caso, éramos esclavos”. La asquerosidad culmina en el mensaje de la entrada, Arbeit Macht Frei: “El trabajo os hará libres”.

“El triángulo verde era para los criminales comunes, el rosa para los homosexuales y el amarillo para los judíos, aunque éstos últimos iban más bien a Auschwitz"

Hay diferentes símbolos que acoplar a la ropa, según el motivo de reclusión: “El triángulo verde era para los criminales comunes, el rosa para los homosexuales y el amarillo para los judíos, aunque éstos últimos iban más bien a Auschwitz. El mío era el triángulo rojo, el de los presos políticos”, relata 70 años después. “Había más de 30 nacionalidades, pero los alemanes y los polacos, que llegaron antes, controlaban el campo para tener un trozo de pan más grande”.

“Trabajábamos 12 horas de día o de noche durante 15 días. Había 200 personas por estructura y en la nuestra construíamos aparatos para bombarderos. Quien no moría por los gases moría por los trabajos forzados y por una alimentación casi inexistente. Muchos murieron porque sólo nos daban un cacho de pan y un litro de agua al día”.

Narrar el dolor

Narrar el dolor, no es fácil: “Antes de acostarnos, nos daban el cacho de pan o media docena de patatas para comérnoslas crudas. Una noche, un compañero francés, a la izquierda, se guardó 6 patatas para coger otras tantas. Y le pillaron”, explica Pedro preanunciando, con su tono, lo peor. “Nos obligaron a salir y lo dejamos solo con el castigador del campo, con una madera entre las manos. Lo mató a palos”. Necesita parar el relato…“A palos”. El dolor se convierte en insensibilidad, para sobrevivir: “Si mataban a un compañero, lloraba muchísimo. Con el tiempo, perdí la capacidad de llorar”.

"Quien no moría por los gases moría por los trabajos forzados y por una alimentación casi inexistente"

“Recuerdo un muy buen amigo, Mario Zampetti, un chico italiano de 25 años. Un día, que nevaba, nos reunimos en la plaza del campo, como siempre, para contabilizarnos”. Al final del recuento, Mario se quedó de pie, quieto: “Se acabó, no puedo más”, dijo. “Decidió no moverse nunca más”, cuenta Pedro. “Vino la SS y le disparó. Cayó delante de mí”. Marsch! “Y nos fuimos a trabajar”, lamenta. “¿En qué pensábamos? Sin duda, en que Mario ya estaba muerto. Y nosotros, vivos. Y que teníamos que vivir”.

“En Sachsenhausen vi lo peor y lo mejor del ser humano. De lo mejor recuerdo la enorme solidaridad que muchos demostraron. José Calabaza era un chico catalán que trabajaba en la cocina, al que nunca le pedí favores y me respetaba mucho. Yo llevaba meses vomitando sangre y estaba perdiendo fuerzas. Un día me dio un trozo de pan con mantequilla, que dividí con otro compañero. Me dijo que me lo comiera, porque al día siguiente el campo sería liberado. Come esto, que te podrá salvar, me dijo. Tenía la certeza de que me hubiera muerto de hambre. Fue él quien me salvó la vida”.

Las SS se están marchando: “Era domingo. Nos quedamos allí, sabíamos que el final de la guerra estaba cerca”. La puerta grande de hierro se está abriendo. El primero en entrar es un joven de 20 años con una ametralladora en mano: “Vimos que era ruso, saltamos todos por la ventana, aunque yo tomé la puerta. Éramos unos esqueletos, corriendo hacia él. Al tenernos delante, nos miró y se le cayó la ametralladora al suelo. De rodillas, rompió a llorar. Y nosotros, también”.

"¡Me encanta vivir!"

Pedro Martín, quien el próximo 16 de agosto cumplirá 90 primaveras, vive hoy serenamente con su amable esposa en una acogedora casa en Falaise (Normandía, Francia). En sus ratos libres no pierde la ocasión para seguir la actualidad política de España, la tierra de sus padres.

La entrevista, prejuzgándola difícil por su dureza, ha sido finalmente extraordinaria y entrañable, como el entrevistado, que no pierde su excelente español. Las pocas lágrimas vertidas parecieron incluso poner en entredicho el tacto del entrevistador, por momentos. Sin embargo, fueron tan sólo unas relatoras sinceras la Historia, que afloran de unos ojos valientes, porque testigos de la barbarie. Una barbarie derrotada porque seres humanos como Pedro Martín, hace setenta años, con enorme coraje y agradecimiento a la vida, volvieron a sonreír, tal como hoy. ¿El secreto?: “¡Me encanta vivir!”.


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