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Elegido para morir

Cerca de 5.500 españoles que murieron entre las alambradas nazis fueron víctimas del hambre, del trabajo esclavo, de las enfermedades y de los malos tratos. Este testimonio forma parte de una serie de artículos que 'Público' ofrecerá en los próximos días como avance editorial de 'Los últimos españoles de Mauthausen' publicado por 'Ediciones B'.

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José Marfil, superviviente de Mauthausen. LOS ÚLTIMOS ESPAÑOLES DE MAUTHAUSEN

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Los cerca de 5.500 españoles que murieron entre las alambradas nazis fueron víctimas de un cóctel letal elaborado con cuatro ingredientes: hambre, trabajo esclavo, enfermedades y malos tratos. Los SS no improvisaban, cumplían unas rígidas directrices dictadas desde Berlín. En la capital del Reich se decidió que los prisioneros recibieran una dieta de 2.300 calorías diarias, con lo que esperaban que cada hombre pudiera resistir con vida un máximo de seis meses. Sabían que, desde el este de Europa, llegarían deportados suficientes para reemplazar a los muertos.

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Campo de concentración de Mauthausen.- LOS ÚLTIMOS ESPAÑOLES DE MAUTHAUSEN

Marfil se fue debilitando como el resto de sus compañeros pero en Mauthausen no había sitio para los débiles: "Una selección, para todos los deportados y en todos los campos, era sinónimo de muerte. Rodeado de un grupo de oficiales, el comandante recorría todos los bloques. Se paraba delante de cada preso, le miraba y si le señalaba con el dedo, el secretario anotaba su número. Sentíamos pánico mientras se iba aproximando porque sabíamos que, si nos apuntaba, sería la muerte. En una ocasión, cuando el comandante llegó hasta mí, me miró de la cabeza a los pies y ordenó que apuntara mi número. No puedo describir la angustia que sentí. Sin embargo, todavía no sé por qué, el jefe de mi barraca intervino en mi favor y dijo: "Aún es joven este hombre, todavía puede trabajar". El comandante me ordenó que corriera un poco... ¡Yo volé! Me moví tan rápido como pude. Al final el secretario no anotó mi número y salvé la vida". José vio ese día cómo muchos compañeros eren elegidos para morir. O bien eran abandonados en una barraca aislada hasta que morían de hambre o directamente recibían la temida "picura", una inyección de gasolina en el corazón.

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"Sentíamos pánico mientras se iba aproximando porque sabíamos que, si nos apuntaba, sería la muerte"

Marfil vio morir a sus compañeros de todas las formas imaginables. Pero el día que más le marcó fue aquel en que los SS decidieron reconvertir una de las barracas de Gusenen una improvisada cámara de gas: "Los alemanes habían bloqueado previamente todas las ventanas. Después llenaron de Ziklon B la barraca. Nuestros pobres camaradas, ante la horrible muerte que se avecinaba, se apiñaron en las ventanas. La barraca parecía que iba a explotar, el pánico de los desgraciados era perceptible desde el exterior, los gritos eran terribles. Nosotros permanecíamos impotentes, paralizados por el horror. ¿Cuánto tiempo pasó hasta que llegó el silencio? No lo sé, pero recuerdo que los equipos de limpieza estuvieron trabajando toda la noche. En ese momento fui consciente de que esa pesadilla me perseguiría toda la vida".

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