A la caza de Franco, el dictador de las 4.601 perdices
El Generalísimo usó el patrimonio nacional en beneficio propio y convirtió sus cacerías en un centro de negocios de las élites franquistas.

Madrid--Actualizado a
Decía Moncho Alpuente que Madrid fue la capital de España porque "aquí se cazaba de puta madre, tanto pluma en Aranjuez como pelo en El Pardo". El añorado periodista, escritor y músico razonaba con grandes dosis de sorna que se trataba de una tradición cinegética: "La costumbre de los reyes y de Franco siempre ha sido matar cosas".
Efectivamente, al Generalísimo la caza le divertía "como un burro en un prado verde", en palabras de su esposa, Carmen Polo. Lejos de la imagen proyectada por la propaganda, la del salvador de la patria austero y entregado a los españoles, Franco usó el patrimonio nacional en beneficio propio, como si se tratara de una propiedad privada.
También permitió la corrupción de las élites franquistas, que acudían a sus cacerías a hacer negocios y a traficar con influencias. Él y su familia también se enriquecieron, incluido el clan de los Villaverde, que se coló en El Pardo cuando Cristóbal Martínez-Bordiú se casó en 1950 con su hija, Carmen, conocida como Nenuca.
"Los preparativos y la acumulación de regalos fueron tales que se ordenó a la prensa que no dijera nada por miedo a provocar contrastes indeseados con la hambruna y la pobreza que afligían a gran parte del país", relata el historiador Paul Preston en Un pueblo traicionado (Debate). El matrimonio compuesto por Nenuca y Cristóbal, futuro marqués de Villaverde, se forraba a medida que nacía cada uno de sus siete hijos.
Una reciente biografía sobre el dictador a cargo de Julián Casanova recupera los excesos de su familia y entorno, desmonta la humildad del Caudillo y refleja el ascenso de la saga. "Doña Carmen dio un salto en la aristocratización de su estilo de vida", escribe el historiador aragonés en Franco (Crítica), donde explica que ella pidió que su yerno uniera sus apellidos para que Nenuca no fuese solo la señora Martínez.
Franco y las cacerías
"Con el clan Villaverde animando, desató su pasión por las antigüedades y las joyas", al tiempo que se dejaba querer por una corte que buscaba sus favores, añade Casanova. Le gustaba rodearse en las cacerías de "terratenientes y burgueses ennoblecidos", a los que se sumó una "nueva oligarquía política y financiera" desde la entrada de Cristóbal Martínez-Bordiú.
Cuando llegaba la temporada, Francisco Franco cazaba los sábados, domingos y lunes. "Algunos días disparaba miles de cartuchos y mataba cientos de perdices, una obsesión por batir marcas y abatir cada vez más animales", escribe el historiador aragonés. En 1959, durante una cacería en Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real), cayeron 4.608 perdices, como refleja la foto de Eduardo Matos.
En el documental hagiográfico Franco, ese hombre, el cineasta José Luis Sáenz de Heredia comentaba en 1964 que para el Caudillo la caza era "pólvora descafeinada para quien la tomó mucho tiempo pura". Invitado habitual a El Alamín, El Castañar o Arroyo Vil, correspondía con una cacería anual en El Pardo, donde políticos y aristócratas apuntaban a jabalíes y gamos, entre ellos Max Borrell, fiel compañero de pesca a bordo del Azor.
Pacón, el primo de Franco, dejaba por escrito en 1954 que en las fincas y cotos privados se hacían amistades y se pedían favores, exenciones de tributos y permisos de importación: "Hoy los ministros se pasan la vida viajando, acompañados de sus mujeres, séquito y servicio; con ellos un sinfín de coches oficiales [...]. No reina la austeridad en la vida oficial, pues los de arriba no dan ejemplo como debería ser".
Julián Casanova narra que algunos de esos escenarios se convirtieron en "lonjas de contratación" donde "se fraguaban espléndidos negocios", o sea, eran "un atajo para concesiones y comercio" en "esos años de caza, favores y rapiña". Luego, con las nuevas fortunas alumbradas al calor del turismo y el desarrollo económico, "las cacerías se convirtieron en fiestas de toreros, desde Luis Miguel Dominguín hasta El Cordobés, artistas y nuevos retoños de la aristocracia y de la realeza".
Franco y la corrupción
Franco, cuyo plato favorito era el foie, "se consideraba de una austeridad ejemplar", apunta Paul Preston en Un pueblo traicionado. "Ciertamente, no era mujeriego, no fumaba, bebía vino con moderación en las comidas y no apostaba más allá de algún dinerillo a la lotería nacional o cuando jugaba a las cartas con los amigos y, más tarde, a las quinielas".
Sin embargo, critica el historiador británico, "todos los recursos, antigüedades y obras de arte, palacios y haciendas del antiguo patrimonio real estaban a disposición exclusiva de su familia, privilegios que aprovechó al máximo", sobre todo para las cacerías. "Los gastos de sus expediciones de caza y pesca eran enormes. La pesca de altura exigía el mantenimiento durante todo el año del yate Azor, así como la presencia de escoltas navales cuando perseguía atunes y ballenas en el Atlántico".
A los desplazamientos de su séquito, Paul Preston añade "los costes ocultos de desatender los asuntos de gobierno", porque con él también viajaban algunos de sus ministros. Además, “había que propiciar que sus escapadas tuvieran éxito lanzando cebo en grandes extensiones del mar y alimentando a ciervos y otras posibles presas en puntos estratégicos de las reservas de caza".
En 1961, el Caudillo resultó herido al estallar el cañón de su escopeta en El Pardo. El informe que su médico personal, Vicente Gil, filtró a la inteligencia estadounidense, sonaba a chifla: si Franco fuera un violinista profesional, tendría que corregir el soldado de los huesos por culpa del accidente de caza, pero "como puede mantener una caña de pescar y una escopeta perfectamente bien, eso es todo lo que importa".
Desde entonces, sus períodos de vacaciones fueron extensos. Frecuentaba el palacio de Ayete en San Sebastián y el pazo de Meirás en A Coruña, donde jugaba con sus viejos amigos al mus, al dominó y al golf en club de A Zapateira. "Pocos asuntos de Estado le apartaban de sus largas temporadas de cacerías. Desde los triunfos diplomáticos con Estados Unidos y el Vaticano de 1953, cada vez dedicaba más espacio al ocio y a sus ocupaciones lúdicas preferidas", escribe Julián Casanova en la biografía Franco.
También era un gran aficionado al cine, hasta el punto de que el Azor contaba con un espacio para proyectar películas. En el palacio de El Pardo, acompañado de su familia y los prebostes del régimen, las películas se exhibían los miércoles, los domingos y algunos festivos. A veces veía filmes no solo prohibidos, sino también censurados por él. Fue el único cine de España que se libró de la tijera, pero esa es otra historia y ya la hemos contado aquí.





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