El Madrid sin vivienda en que se moría de frío y hambre: 838 personas sin techo perdieron la vida solo en el invierno de 1941
Una jornada explora este sábado uno de los episodios más oscuros de la posguerra madrileña en el lugar donde ocurrió: las naves de Matadero, actual espacio cultural de referencia en la capital.

Patricia Campelo
Madrid-
"Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres", escribió Dámaso Alonso en Hijos de la ira. En 1940, el Ayuntamiento de la capital estimaba en 20.000 la cifra de personas sin hogar. El invierno siguiente, la urbe se consolidaba como un campo de exterminio a cielo abierto. Represión política, pobreza extrema, destrucción urbana, epidemias, hambre y la falta de respuesta por parte de las autoridades franquistas se cobraban vidas a diario. Y un lugar al sur de la urbe, en la ribera norte del Manzanares, encarnó una de los episodios más negros de la época: la muerte de 838 mendigos por hambre, frío y enfermedades dentro de las naves del matadero municipal, actual espacio cultural y centro de creación artística.
Detenidos por las calles en cumplimiento de la orden de Gobernación Civil que prohibía su presencia en la vía pública, y trasladados a este lugar, eran recluidos sin opciones ni recursos. Dormían sobre paja, sin colchones, y algunos no tenían más prendas de vestir que una manta enrollada al cuerpo con la que afrontar un invierno que registró temperaturas medias de 6 grados.
Sucedió entre marzo de 1941 y abril de 1942. Matadero de Madrid celebró su centenario en 2024, pero entre sus muros no hay vestigio que recuerde esta tragedia que ha sido rescatada del olvido por la antropóloga de la Universidad de Salamanca Adoración Martínez Aranda en su artículo El pasado incómodo de Matadero: espacio de represión de la mendicidad en la posguerra (Disparidades. Revista de Antropología).
Ahora, la Asociación Vecinal Pasillo Verde-Imperial regresa al lugar de los hechos, con Martínez Aranda, para desgranar el contexto que posibilitó la tragedia. Además de una charla, este sábado 17 de enero, una proyección audiovisual inmersiva recreará la crudeza a través de la luz, obra de la artista visual Amaya Hernández Sigüenza. Todo, a modo de homenaje a aquellas víctimas que habitaron los márgenes sociales y, tras su desaparición, un manto de silencio las condujo al olvido.
Matadero de Madrid celebró su centenario en 2024, pero entre sus muros no hay vestigio que recuerde esta tragedia
"Un silencio que, sin embargo, no ha logrado callar la voz de la memoria, que aún late en los relatos de vecinos del barrio y de quienes, a lo largo del tiempo, heredaron la historia del campo de mendigos y de lo que allí ocurrió", señalan desde la asociación vecinal.
"Mendigos profesionales", una minoría
Una memoria del Servicio de Mendicidad del Ayuntamiento de Madrid, de 1940, estimaba que solo el 10% de las personas recogidas en las calles eran "mendigos profesionales", como se les denominaba, es decir, que practicaban la mendicidad desde antes de la guerra. "La mayoría son personas que no tienen trabajo y que viven penurias económicas a raíz de la represión, sin medios para subsistir", explica a Público Martínez Aranda.
Una realidad que se enmarca en la resistencia que ofreció la ciudad madrileña al asedio del ejército sublevado durante la Guerra Civil. "La población trabajadora había apoyado a la República en su gran mayoría y, ahora, además de padecer los efectos económicos también sufría la represión a todos los niveles", razona la antropóloga.
Precisamente, la capital no fue bombardeada de manera uniforme. Los suburbios periféricos fueron arrasados. El parque residencial fue duramente golpeado, condenando a miles de familias a sobrevivir entre hambre, ruinas y epidemias como la del tifus o la difteria.
"La población trabajadora había apoyado a la República en su gran mayoría y, ahora, además de padecer los efectos económicos también sufría la represión"
En este contexto, la Alcaldía de Madrid solicitó ayuda, en agosto de 1939, al Ministerio de Defensa para crear barracones con plazas suficientes para albergar "entre 15 y 20.000 almas". La respuesta llega a través del BOE, ocho meses después, con la publicación del decreto que reconoce el problema de la vivienda y ordena la instalación de albergues colectivos "para indigentes que, residiendo actualmente en la capital, carezcan de vivienda". Así, el 15 de marzo de 1941 se inaugura el albergue de mendigos de Matadero en sus cuadras generales, con capacidad para 3.000 personas y adaptado, según la investigación de Martínez Aranda, en 20 días. Ese tiempo bastó para transformar unos cobertizos destinados al ganado en un espacio para las necesidades humanas.
Un requisito importante para el traslado a este recinto era la condición de vecindad. "Si no podían demostrar que estaban avecindados en la capital, les deportaban a sus lugares de origen. Y esto va a ser una directriz política muy clara respecto a las migraciones internas. Desde la alcaldía se decía que Madrid no iba ser el albergue de toda la pobreza España", añade.
Comprobada la residencia madrileña, se procedía al resto de clasificación. Si se trataba de varones sanos, se les trasladaba a una colonia agrícola en Boadilla del Monte. Con la infancia intervenía Auxilio Social, y en el caso de mujeres jóvenes, el Patronato de Protección a la Mujer. Precisamente, es gracias a este organismo que Adoración Martínez llegó a la cifra de 838 mendigos muertos en Matadero en un solo invierno. "Dejaron constancia de este hecho en un informe interno, con la consigna de 'no publicar', dirigido a responsables del Patronato".
Con el Informe sobre la moralidad pública en España, de 1943, arranca la investigación de la académica que dedica, asimismo, un apartado al tratamiento de la mendicidad en mujeres jóvenes e infancia, personas que el franquismo consideraba que podía "reconducir". "Se centran en niñas y niños porque los consideran recuperables para la causa. Eran objetivo prioritario. Y la cuestión demográfica también va a ser muy importante dentro de las políticas sociales del régimen. Después de la guerra, el crecimiento poblacional había caído y necesitaban reponerse, por lo que mantener con vida a la infancia era fundamental, así como el cuidado de madres gestantes".
Bajo la tutela de Auxilio Social, niños y niñas también fueron reconducidos desde las calles de Madrid hasta el albergue de mendigos de Matadero. En su caso, sí se les proporcionaba atuendo: camisa y pantalón rayado, que recuerdan al uniforme de los prisioneros en los campos de concentración nazi.
Un testimonio de la tragedia
Uno de esos niños fue Juan Gálvez Espinosa, recluido cuando tenía 12 años, y autor de Madrid, campo de exterminio, unas memorias en las que recoge la crudeza que vivió en aquel recinto municipal. "Aquello estaba lleno de gente, muchos hombres de todas las edades, muchas mujeres. Pero lo más abundante eran niños y niñas. Por cualquier sitio que uno se moviese siempre había más niños. Todos vestidos igual, con el pijama rayado", dejó plasmado en la publicación a la que tuvo acceso para su investigación Adoración Martínez.
En otro de los fragmentos, Gálvez expresa su horror ante la contemplación diaria de la muerte: "Observé que por la puerta grande entraban unos furgones del Ayuntamiento, y se dirigían a un edificio de una planta, junto a la enfermería, pegado al puente de Praga (…)". El entonces niño preguntó qué traían esos furgones a otro hombre que también miraba la escena. Y éste le respondió: "No traen, se llevan cada día a los que se mueren aquí dentro. Pronto me tocará a mí hacer el último viaje. Así es como los fascistas quieren terminar con los que les estorbamos, los vencidos en la guerra. Nos matan de hambre, que no cuesta dinero".
Martínez Aranda estima que las naves para mendigos pudieron funcionar hasta 1944, pues un año antes abrió sus puertas otro albergue cercano, en Santa María de la Cabeza. Matadero retomó su actividad ganadera hasta 1996. El espacio donde fueron recluidas estas personas desapareció.
"Se llevan cada día a los que se mueren aquí dentro. Pronto me tocará a mí hacer el último viaje. Así es como los fascistas quieren terminar con los vencidos en la guerra"
Hoy, uno de los aspectos que más impacta, a juicio de la investigadora, tiene que ver con el olvido, con el silencio de estos relatos de pobreza y marginación que aún interpelan a la sociedad del presente. "La dimensión de lo que ocurrió habla de una mirada y de unas políticas muy concretas que no se imponen ante el problema, y que identifican pobreza económica con miseria moral. Como si la pobreza, además de ser material, también lo fuera espiritual y humana en todos los niveles".
Este suceso de la España de la posguerra contrasta con la idea del Madrid imperial y símbolo de la victoria franquista que enarbolaba lemas como ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan. La realidad era otra. "La pobreza durante la posguerra fue escalofriante", concluye Martínez.
Charla e intervención artística: sábado 17 de enero, a las 18.00, en el Auditorio Francisca Martínez Garrido. Paseo de la Chopera, 6. Matadero de Madrid.
Regreso a las cuadras generales a través de la luz
Una proyección inmersiva recrea, a través de atmósferas de luz, las cuadras generales, el espacio que Matadero de Madrid habilitó como albergue de personas sin hogar y en situación de miseria en 1941. Se trata de un proyecto de Amaya Hernández Sigüenza, artista visual y profesora de la Universidad Antonio de Nebrija. Su instalación lumínica acompaña la charla organizada por la Asociación Vecinal Pasillo Verde-Imperial en Matadero, en una de las naves más parecidas a lo que fueron estas cuadras generales, hoy desaparecidas.
Hernández Sigüenza trabaja la memoria arquitectónica urbana, y recrear este crudo episodio de la posguerra madrileña le supuso un reto ante la escasa documentación histórica. "Busqué en el COAM planos e imágenes de la época, y con esa información reconstruí en un modelado 3D las cuadras generales. A partir de ahí recreé las atmósferas de luz de la arquitectura en el momento en que suceden los hechos, aquel invierno de 1941", explica a Público la artista visual. Otra forma de narrar aquella época en la que murieron, en un solo invierno, 838 personas sin hogar en este mismo espacio, unos hechos ocultados durante décadas y que, ahora, de forma literal, vuelven a la luz.



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