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La niebla

La ‘semana negra' de la economía contrasta con el silencio de la calle

GONZALO LÓPEZ ALBA

Si de allí viene la niebla, por allí está el río. Este sistema meteorológico de orientación, tan rudimentario como infalible, vale también para la política. Si la niebla que envuelve España sale del creciente deterioro de la situación económica, ahí está el río de la política. Pero quienes han de navegar esa corriente no dejan de transmitir la impresión de haber optado por esperar a que escampe para orientarse.

La dispersión de la luz pública en las partículas del culebrón genovés que protagonizan los nuevos apostólicos y moderados de la derecha española es de tan amena intensidad que mantiene ensimismados a propios y extraños: neutraliza cualquier ejercicio eficaz de oposición y fortalece la placidez en que se ha instalado el Gobierno, un estado al que sólo separa un paso de la molicie.

Mientras que la niebla de montaña -la que se forma cuando el viento sopla contra una ladera- enreda al PP en la zapatiesta, una niebla de radiación -la que surge tras la puesta del sol, cuando el suelo pierde calor- parece adormecer al Gobierno.

El vicepresidente económico, Pedro Solbes, a quien en la pasada legislatura se reprochaba su invisibilidad, contabilizó el viernes su tercera comparecencia desde la formación del nuevo Gobierno compartiendo las funciones de portavoz con la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega ... y las que le quedan. Fue para repetir que las cosas no pintan tan mal. Al tiempo, volvía a corregir a la baja las previsiones de crecimiento del Ejecutivo... ¿y van?

Susurro anestésico

Su susurro anestésico choca, sin embargo, con la contundente estridencia de una semana negra: la inflación se desboca, los hipotecas siguen subiendo, el Estado se despide del superávit, el déficit exterior marca récords históricos, el paro crece más que en ningún otro país europeo...

Expertos del entorno gubernamental apuntan ya que el crecimiento en 2008 puede limitarse al 1,5 y caer hasta el 0,5 en 2009. Puesto que España no puede seguir la ruta de la recuperación de Alemania, basada en la exportación, el Gobierno espera como agua de mayo la llegada de los turistas, que coincidirá en el tiempo con la devolución de los 400 euros, una inyección para el consumo que se diluirá como un azucarillo en café recolado.

El Gobierno sigue negándose a hablar de "crisis", con el argumento de que técnicamente sólo hay recesión cuando se suceden dos trimestres con crecimiento negativo. Pero la crisis es también un estado de ánimo y los susurros de Solbes, a la espera de las "medidas estructurales" anunciadas ayer por José Luis Rodríguez Zapatero, puede que tengan virtudes ansiolíticas, pero carecen de efecto vigorizador inmediato.

El barómetro de abril del CIS refleja un ánimo pesimista de la población. El 44,5% piensa que la situación económica irá a peor frente al 10,6 que confía en que mejore el próximo año. Y esto teniendo en cuenta que un 88,6% cree que la situación actual ya es regular, mala o muy mala. Los problemas de índole económica son los que más afectan directamente al 46,9% y para el 42,9% las medidas urgentes aprobadas por el Gobierno son poco útiles o totalmente inútiles.

¿Qué fue del diálogo social?

En este inquietante escenario no puede dejar de resultar sorprendente el silencio de la calle, roto sólo por las incipientes protestas de pescadores, agricultores y transportistas.

La razón seguramente estriba en que las primeras víctimas del desempleo están siendo los emigrantes -500.000-, pero la crisis de la construcción no tardará en repercutir en el amplio sector de actividades complementarias y está comprobado que la opinión pública es hiperreactiva.

Así, resulta más llamativo aún que, salvo una reunión con el ministro de Trabajo, nada se sepa del diálogo social que el presidente del Gobierno identificó durante la campaña electoral como elemento estratégico de su política económica.

Que el barómetro del CIS no refleje ningún desgaste electoral para el Gobierno no debiera acomodarle en la tranquilidad porque el coste del deterioro económico suele pagarse con retardo.

Evocación de 2001

En septiembre de 2001, a pocos meses del comienzo del segundo mandato de José María Aznar -en un escenario de crecimiento del paro, hundimiento de la bolsa, revisión a la baja de las previsiones mundiales de crecimiento, malos datos de EEUU, recesión en Japón y estancamiento en Alemania-, ex altos cargos y expertos socialistas en diversas materias reunidos en tertulia privada de debate, hacían el siguiente análisis: "La economía no va bien, ni irá bien al menos en un periodo de un año, ni se conseguirán los objetivos propuestos.

Si bien la inflación tenderá a desacelerarse como consecuencia de la contracción, la creación de empleo está muy debilitada y, dada la caída de los ingresos, sólo con contabilidad creativa y el excedente de la Seguridad Social se podrá alcanzar el objetivo del déficit. Es obvio que el Gobierno se escudará en el contexto internacional, pero al haber sido ignorado éste durante la etapa del círculo virtuoso puede que acabe resultando ahora una excusa relativamente débil".

Y pronosticaban: "En todo caso, resulta dudoso que el deterioro económico vaya a tener un coste inmediato y claro. En primer lugar, porque tal coste suele pagarse con un desfase temporal; en segundo lugar, porque, a pesar de todo, las cosas no van tan mal; en tercer lugar, porque algunos estudios sugieren que el coste se incrementa significativamente cuando se da la coincidencia de que las cosas van mal y el Gobierno es viejo y desgastado, sin que parezca que aquí se den todavía ninguna de estas dos variables".

Es criterio comúnmente aceptado que el desplazamiento del partido en el poder es consecuencia de la combinación de su desgaste y erosión con la generación de confianza en las opciones y los equipos de la fuerza alternativa. El PP actual no está en condiciones de provocar lo primero al carecer de lo segundo.

Pero la niebla, por densa que sea, siempre acaba por levantar. Cuando la temperatura suba por encima del punto de rocío, alguno puede despertarse empapado.

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