Estás leyendo: 'Yihadistas' con papeles

Público
Público

'Yihadistas' con papeles

Seis de los presuntos integrantes de la ‘célula’ de Barcelona tenían permiso de residencia

D. M./ Ó. L. F.

Los ejecutores venían de fuera, pero los ideólogos y los artificieros residían legalmente en España. La desarticulación de la célula islamista de Barcelona ha vuelto a poner de manifiesto una realidad que los expertos antiterroristas conocen desde la masacre del 11-M: los yihadistas viven entre nosotros y, además, con los papeles en regla.

De los doce detenidos que comparecieron ante el juez la semana pasada -de los que dos fueron finalmente puestos en libertad-, siete tenían asignado NIE (número de identificación de extranjero) por tener permiso de residencia. Entre ellos se encuentran tanto el considerado líder “ideológico y operativo” de la célula, Maroof Ahmed Mirza, como su mano derecha, Mohammed Ayud Elahi Bibi, así como el “especialista en la fabricación de artefactos explosivos”, Hafeez Ahmed, y sus dos lugartenientes, Qadeer Malik y Sahib Iqbal.

Albañil e imán

Maroof Ahmed, de 39 años de edad, llevaba más de diez años en España. Trabajador de la construcción-el sector que más paquistaníes emplea en Barcelona-, dedicaba parte de su tiempo a dar clases de su lengua, el urdu, a niños, además de ejercer como segundo imán de la mezquita Tarek Bin Ziad, de la calle Hospital de Barcelona, una de las registradas durante la operación policial.

Una vida en apariencia legal que, presuntamente, compaginaba con el papel de máximo dirigente del grupo terrorista. “Es la persona que elegía y cambió los planes sobre fecha y lugares para la comisión de los atentados suicidas”, afirma sobre él el juez Ismael Moreno en el auto con el que ordenó su ingreso en prisión. El confidente que facilitó la desarticulación de la célula detalló en su declaración que fue Maroof quien se encargó de recibirlo a su llegada a Barcelona, y que ninguno de los otros integrantes de grupo se atrevió a hablar con él hasta que no contaron con su permiso.

También explicó que el día antes de su detención el supuesto jefe islamista discutió con uno de los artificieros del grupo por la mala calidad de una muestra de explosivo. Ante las quejas de éste, Maroof se mostró dispuesto a pedir más y de mejor calidad.

A sus 63 años de edad, Mohamed Ayub Elahi Bibi, el otro líder del grupo según el juez, llevaba más de cuarenta en España. Regentaba una pastelería y tenía fama de muy devoto en el barrio, donde era habitual verle llevar a sus nietos a la escuela. Una apacible vida que, según las investigaciones, no le impidió participar en las reuniones y en las plegarias con las que pretendían preparar a los suicidas antes de su inmolación. Incluso, fue el encargado de recibir a uno de ellos a su llegada a España.

También tenían los papeles en regla los tres presuntos artificieros. Gracias a ello, el responsable de éstos, Hafeez Ahmed, viajó a mediados de 2007 a Paquistán, donde habría permanecido cinco meses en un campo de entrenamiento de Al Qaeda adiestrándose en la fabricación de explosivos.

Esperaba a su mujer

Qadeer Malik, otro de los artificieros, hacía quince días que había presentado los papeles para solicitar la reunificación familiar. Quería que su mujer viniera a vivir a España con él. Mientras llegaba, él residía en un local de la barcelonesa calle de Santa Madrona que los jefes de la célula habían habilitado como residencia para “su gente”. Qaader fue visto durante la investigación arrojando a un contenedor de basura útiles para elaborar artefactos.

El lado opuesto lo representaba Mehmood Khalid, uno de los tres suicidas. Había aterrizado el 8 de octubre procedente de Paquistán, vía Estocolmo, y desde entonces buscaba trabajo. Subsistía con la venta de tarjetas de prepago de móviles. Su vestimenta, totalmente occidental, no hacía pensar a nadie que él fuera uno de los elegidos para cometer un atentado suicida.

Más noticias de Política y Sociedad