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¿Heredamos los miedos de nuestros padres?

Tu madre siempre ha tenido claustrofobia y ahora tú también la tienes. ¿Coincidencia? No tanto. Las personas podemos “heredar” los miedos de nuestros padres a través de la observación de sus comportamientos: si has visto a tu madre pasarlo mal en un ascensor muchas veces tal vez termines generando claustrofobia. Además, recientes estudios científicos sugieren que los miedos de nuestros padres también podrían ser heredados genéticamente, no solo de forma social y cultural.  

El miedo como mecanismo de defensa

¿Heredamos los miedos de nuestros padres?
Figura de Lego con cara de miedo – Fuente: Unsplash

Un viejo aforismo dice que no se debe temer al miedo, sino a la incapacidad para manejarlo. Porque vivir sin miedo no es posible, y si lo fuese, no sería una buena idea ya que el miedo es uno de los mejores mecanismos de defensa con los que cuenta el instinto humano. 

No hay que olvidar que el miedo es una emoción primaria imprescindible para la supervivencia, de forma que nuestro instinto nos alerta casi instantáneamente para ponernos en guardia ante diversas situaciones peligrosas para nuestra salud. 

De forma recurrente, señalamos al miedo como la causa de todos los males de la personalidad e invitamos a todo el mundo a ser valientes y a no tener miedo a nada. Pero como dijo Mandela, “la persona valiente no es aquella que no siente miedo, sino la que lo maneja”. Así pues, el miedo, como la tristeza, es una emoción positiva, necesaria y que cumple una función decisiva, no es algo que haya que erradicar, sino al contrario, controlar, como debemos controlar la tristeza, la ira… o la alegría. 

Pero, ¿qué pasa cuando ese temor es peor que la situación que se teme, cuando el miedo no alerta de una situación realmente peligrosa, sino que convierte una anécdota intrascendente en terror visceral? Es así como el miedo se convierte en disfuncional, en fobia, definida como un temor irracional, intenso y desproporcionado que puede derivar en trastornos de ansiedad. Y estos son los miedos que sí conviene erradicar… y que, en ocasiones, heredamos de nuestros padres. 

El miedo también se aprende 

¿Heredamos los miedos de nuestros padres?
Niño observa como se alejan un hombre y otro niño en un embarcadero – Fuente: Unsplash

Madres y padres son los principales referentes de sus hijos. De ellos lo aprendemos (casi) todo a través de la educación, pero también a través de la observación… que en ocasiones no es coherente con la educación. Pongamos un ejemplo. Decimos a nuestros hijos que hay que controlar el tiempo que se pasa con el móvil, pero ellos nos ven permanentemente consultándolo.  

Esta contradicción entre educación y observación nos sirve para entender cómo los miedos (irracionales) también se aprenden. Que un niño tenga “miedo” a cruzar la calle sin mirar procede de la educación vial que ha recibido: es un miedo aprendido pero imprescindible para su seguridad. Sin embargo, si siente miedo a los lugares cerrados, a los perros, o al mar, tal vez se trata de un temor aprendido por observación de sus padres que son sus referentes para lo bueno… y para lo malo. 

En la mayor parte de casos, las madres y los padres no transmiten esas fobias a sus hijos de forma deliberada. Al contrario, tratan de relativizar ese temor explicando la raíz del mismo y cuál es la razón que los lleva a comportarse de ese modo “irracional” ante una amenaza que no lo es tanto. 

¿Heredamos los miedos de nuestros padres?
Mujer se lleva una mano a la boca en señal de miedo – Fuente: Unsplash

Pero esa madre o ese padre que se comporta de forma tan cabal a la hora de describir su fobia, vuelve a “perder los papeles” sudando en el ascensor o cambiando de acera cuando a lo lejos se distingue un perro. ¿Y con qué se queda el niño? Tal vez de tanto vernos sufrir en el ascensor o en la calle cuando hay perros termine por “aprender” nuestro miedo a través de la observación de nuestra conducta. 

Llegados a este punto, si el niño comienza a presentar rasgos de nuestra fobia es un buen momento para tratar de moderarla o superarla. Y siempre siendo muy respetuoso con sus miedos —tal y como esperamos que los demás lo sean con los nuestros— para no ridiculizarlos. Nada de “con lo grande que tú eres y le tienes miedo a las arañas”. Tú mejor que nadie sabes que lo “grande o pequeño” que uno sea no influye en las fobias. Al contrario, en ocasiones generamos más y más miedos a medida que nos vamos haciendo mayores. Pero esa es otra historia… 

¿Y si el miedo fuese una herencia genética? 

familia
Una familia junto a una pared – Pixabay

Hasta ahora nos hemos referido a los miedos que se aprenden por observación, pero, ¿y si la carga genética incluyese también patrones de miedo? Diversos estudios recientes, como el liderado por Brian G. Dias del departamento de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento de la Universidad Emory de Atlanta, analizan las interacciones entre los genes y el ambiente que se producen en los organismos a través de la conocida como epigenética. 

De esta forma, las “marcas epigenéticas” se consideran factores no genéticos pero que también influyen en la genética de los organismos, tal y como señala el artículo de Patricia Kaminker sobre la epigenética como ciencia de la adaptación biológica heredable


Partiendo del estudio de ratones, Brian G. Dias y su equipo concluyeron que un ratón podría adquirir un miedo a un olor específico y transmitirlo a través de su carga genética para que sus descendientes también sientan el miedo a ese olor desde su nacimiento. 

Llevada esta hipótesis al estudio epigenético del ser humano se sugiere que ciertos estímulos que desencadenan intensas reacciones emocionales de forma recurrente —como el miedo— podrían “marcar” los genes que se transmitirían a los hijos de forma que estos expresarían esa emoción, ese miedo, frente a estímulos sin haber tenido una experiencia personal en relación a dichos estímulos.  

No se trataría, por tanto, de un miedo aprendido, sino instintivo. Y esa es la revolucionaria conclusión de estos estudios: que el miedo también se puede heredar a través de la carga genética lo que para algunos investigadores podría explicar la “cultura del miedo” en la que se habría instalado la sociedad, siendo esta emoción la que definiría nuestro tiempo. 

A buen seguro que el estudio de Brian Dias no pretendía llegar tan lejos, pero sus sugerencias, no cabe duda, abren un debate fascinante: ¿Es posible que estemos alertando de “nuevos” miedos a través de nuestra carga genética? ¿Es posible que los niños sientan miedos instintivos que nosotros hemos aprendido por observación de forma que estén mejor preparados que nosotros para lidiar con “nuevos” ambientes agresivos? ¿O, por el contrario, estamos modelando una (futura) “sociedad del miedo” a través de nuestro estado de alarma permanente?



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