Qué tienen las orquestas de tu pueblo para que las prefieras a un concierto de Bad Bunny
Las fiestas patronales demuestran que, pese a la tendencia individualista de la sociedad actual, somos fundamentalmente seres sociales.
Zaragoza-
Seguro que la casita de Bad Bunny está muy bien, sin embargo es una experiencia que el gran común de los mortales nunca experimentaremos. La iniciativa del segundo escenario, al menos durante su residencia en Madrid, terminó siendo un desfile de VIPs y gente guapa en el sentido más normativo del término. Algo paradójico en el fondo, pues en origen se supone que representaba los orígenes humildes del artista y las fiestas en comunidad en su Puerto Rico natal.
En España, no obstante, la celebración popular y comunitaria por antonomasia no radica en las gradas de un macroconcierto del artista del momento. Sino que está en las verbenas y las fiestas patronales, tanto de pueblos como barrios. Es allí donde los vecinos se reúnen para festejar, casi siempre al ritmo de una orquesta. Por norma general, un simple acompañamiento musical encargado de interpretar un repertorio lo suficientemente variado para que pueda interpelar a la mayoría de asistentes, generalmente procedentes de diferentes generaciones. Ya se sabe: pasodobles y rancheras a primera hora y éxitos pop y rock para cerrar.
Sin embargo, poco a poco, en algunas partes de España las orquestas han ido reclamando una centralidad que, a priori, no les corresponde. Especialmente en Galicia, aunque no únicamente. Allí han ido engordando sus cachés al mismo tiempo que su espectáculo aumentaba, sobre todo en producción. Luces, sonido, número de músicos, calidad de las interpretaciones… Un show monumental que evidentemente no llega a los niveles de lo que puede ofrecer alguien de la talla de Bad Bunny, pero que en el fondo tampoco lo necesita.
Por qué nos atraen tanto las orquestas y las fiestas de los pueblos
Si se analiza el fenómeno de las orquestas desde un punto de vista psicológico, lo primero es hablar del término efervescencia colectiva. Se trata de un concepto acuñado por el sociólogo Émile Durkheim en su obra Las formas elementales de la vida religiosa (1912); y que describe esa energía especial que se genera cuando varias personas se reúnen en torno a un rito común. Algo que se puede trasladar al mundo de la música como celebración colectiva.
A ese respecto, el estudio clave fue el llevado a cabo por los psicólogos Dacher Keltner y Jonathan Haidt en 2003, que trasladaron al terreno científico un concepto que, hasta entonces, permanecía anclado en la esfera espiritual. En su artículo Approaching awe, a moral, spiritual, and aesthetic emotion, los investigadores probaron que en actos grupales el individuo suele trascender el propio ego y diluir las preocupaciones personales para formar parte de algo más grande. La idea de Haidt es que este comportamiento está enraizado con la evolución humana y su instinto de supervivencia, por lo que el formar parte de una verbena, en esencia, sería una manera de reproducir los comportamientos primarios que nos han llevado al presente como especie.
La necesidad de pertenencia
Evidentemente, esta búsqueda del yo colectivo frente al individual también sucede en el concierto de Bad Bunny. Aunque, por su naturaleza más abierta, las orquestas permiten que la vinculación con el grupo sea más estrecha, pues en el fondo las personas que nos rodean en una verbena, sobre todo en pueblos pequeños, son conocidas previamente.
De hecho, esto entronca con la necesidad de pertenencia que posee el individuo, tal y como la postularon los psicólogos Roy Baumeister y Mark Leary en 1995. Según publicaron, el ser humano tiene la necesidad innata de construir vínculos afectivos duraderos con otras personas, lo que le lleva a tejer sociedades. En ese sentido, las fiestas patronales son la máxima expresión de la comunidad, pues más allá de su matiz religioso, que en el fondo también se basa en la colectividad, se trata de una exaltación del lugar en el que vivimos e identificamos como propio. Y, dentro de las fiestas, no existe un evento más representativo e inclusivo que la verbena.
La felicidad no es una emoción aislada, sino que se comparte
Sobre todo, porque es un momento de celebración y exaltación total. Es verdad que en una fiestas existen otros actos populares, aunque ninguno busca más el hedonismo, y por ende la felicidad, que la jarana.
Ver a decenas o cientos de personas cantar, bailar, saltar y, en definitiva, pasar un buen rato al unísono genera un fenómeno de contagio emocional que ha sido probado por la ciencia en estudios como The Ripple Effect: Emotional Contagion and Its Influence on Group Behavior, firmado en 2002 por la investigadora Sigal Barsade. Fundamentalmente, en él se acuña el término de efecto onda para describir el estado emocional que se propaga por un grupo de manera inconsciente. Ojo, este puede ser positivo, pero también negativo.
¿Cómo lo probó? Barsade creó varios grupos de trabajo en los que introdujo a un actor encargado de trasmitir un estado emocional sin que otros lo supieran. Al término del experimento, los grupos habían absorbido y replicado el estado anímico del actor sin darse cuenta. Así, aquellos inducidos a un estado positivo habían logrado cooperar con menos problemas, mientras que en aquellos que habían sido afectados por un estado negativo eran más proclives al conflicto.
La explicación científica reside en las llamadas neuronas espejo. Descubiertas por neurofisiólogo Giacomo Rizzolatti en la década de los 90, se trata de un grupo especializado de células que se activan tanto cuando ejecutamos una acción como cuando observamos a otra persona realizar esa misma acción. Es por ello que son las principales encargadas de activar el lenguaje no verbal por el que trasmitimos nuestras emociones, desencadenando el éxtasis colectivo que solo se puede dar en una buena fiesta.
La casita de Bad Bunny o la orquesta random en la plaza del pueblo, en realidad, forman parte de un mismo mecanismo: la necesidad humana de formar parte de algo más grande y nuestra predisposición genética a abandonarnos a la felicidad compartida. Claro que para participar de una las entradas costaban entre 73 y más de 200 euros, mientras que en la otra compartes con tus vecinos y amigos, generalmente, sin pasar por taquilla.
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