Aquellos agostosPaco Roca y la 'ruta del bacalao' en viñetas
De la ruta del bakalao a La casa, pasando por la Comic Con, así han sido los veranos del creador que ha llevado la novela gráfica al gran público.

Madrid--Actualizado a
Es una calurosa noche de verano y la música hace días que está sonando. Un ritmo duro y repetitivo que acabará generando un camino a su alrededor. Las madres de los chavales que lo bailan lo llaman chunda chunda; los que están dentro de la pista de baile, liturgia. En la barra, un chico con cara de no haber roto un plato espera paciente. Es de los pocos que terminarán la noche con más dinero del que traía. Pero la materia con la que comercia es legal: su talento para la imagen y el color.
"Empecé haciendo carteles para las discotecas de la ruta, hice un montón para Barraca, Chocolate, Heaven… Así que tenía que ir mucho por ahí, aunque era un ambiente demasiado destroy para mí. Pero iba para cobrar y me llevaba a los amigos". Faltaban años para que el joven Paco Roca se convirtiera en el autor de novela gráfica más conocido y respetado de España, pero aquella no era una mala casilla de salida. "La gráfica de la ruta fue muy diversa", recuerda, "porque era un gran ambiente para la creatividad. Pagaban bien y te daban libertad total. Cada mes hacías carteles, flyers, pegatinas, llaveros, las entradas…".
En medio de esa actividad febril, la actualidad servía para disparar la imaginación. "De repente triunfaba Twin Peaks y hacías algo con Laura Palmer, o empezabas a oír hablar de Los Simpson y hacías un cartel de Los Simpson llegan a Barraca. Era muy chulo". Nada baladí poner trazos y relleno a la juventud de una generación entera. "Como con los equipos de fútbol, la gente era de una discoteca o de otra. Estabas creando unas imágenes que la gente consumía de una forma muy intensa, porque las coleccionaba. Recuerdo a un crío intentando arrancar de la pared un cartel que había hecho yo, me dio un subidón… Era como Fiebre del sábado noche, pero a la valenciana".
Hoy los veranos del autor son, claro, más tranquilos. En La casa –cómic de 2015 cuya adaptación cinematográfica obtuvo dos nominaciones al Goya– da muchas pistas de en qué los ha ocupado en la última década, puesto que la historia es autobiográfica. "La rutina ha sido ir a esa casa que fue de mis padres y que compré a mis hermanos, donde cada verano hemos pasado cerca de dos meses, en los que yo seguía trabajando". Para esas semanas de sosiego, Roca se reservaba las tareas de guion. "Puede que todos los guiones después de La casa los haya escrito allí. El entorno es idóneo para la introspección". La cuenta suma cuatro: La encrucijada, El tesoro del Cisne Negro, Regreso al Edén y El abismo del olvido.
Situada a unos treinta kilómetros de València, en el comienzo del parque natural de la Calderona, los retiros en ese espacio han generado una de esas comunidades veraniegas que uno tiene "con gente que apenas ves el resto del año. Se vive todo con más intensidad, porque sabes que el contacto se va a terminar. Hay tres fases: el reencuentro en el que quedas todo el rato, luego la cosa se relaja un poco, y cuando ves que el verano se acaba vuelves a la intensidad del principio".
Una pulsión, la de aprovechar el tiempo, que denota que uno se va haciendo mayor, pues el ganador del Premio Nacional de Cómic de 2008 recuerda los estíos de infancia como interminables y aburridos. "Hasta que mis padres se hicieron esa casita en el campo, cada verano íbamos a un sitio distinto y tocaba volver a enfrentarme a un entorno hostil, porque era un crío reservado, ensimismado, y me costaba familiarizarme con el sitio y conocer gente".
Toda una constante la de los niños al margen que observan el mundo y acaban creando a partir de su observación. "No creo que todo artista tenga que ser así", reflexiona Roca, "pero desde luego eso te forja una vida interior, que es imprescindible para contar algo. Construimos a partir de lo vivido, lo visto y lo que reflexionamos con todo ello. Si eres un observador es más fácil que si eres un participante que está disfrutando de las cosas sin esa distancia".
Para el valenciano, esa distancia se acabó midiendo en viñetas. "Si iba a casa de alguien y había un cómic ya estaba salvado, me ponía a leerlo y ya daba igual todo lo demás", rememora. Primero fue Bruguera, como cualquier niño que se haya aficionado a los tebeos en la España del siglo XX. "Leía mucho los de Mortadelo, también las Joyas literarias juveniles, que te resumían clásicos. Guerra y paz en veinte páginas en cómic, tiene mérito". A través de su hermano mayor, llegaron los superhéroes y "el cómic francobelga: Iznogud, Tintín, Astérix, Spirou…".
Con la adolescencia, llegaron otras urgencias además de la de acumular lecturas. "En cuanto tuve oportunidad de no pasar los veranos en la casa del campo, llegó el descubrimiento de estar solo en casa. Un cambio abismal". Con el resto de la familia en medio de la naturaleza, València entera se desplegó ante su impulso juvenil. "Mi hermano y yo nos quedábamos en la ciudad y fue una gran época, la de empezar a salir, porque además, en verano, València está muy viva". En esas salidas quizás ya recaló en alguna de las discotecas para las que acabaría despachando sus primeros trabajos.
El sello de Paco Roca se ha trasvasado en estas décadas de las pegatinas de la ruta del bakalao a la novela gráfica más prestigiosa, con un interés particular en la memoria histórica y siempre desde una clara conciencia de clase. Pero al autor de El abismo del olvido, que también se verá en versión cinematográfica, todavía le queda alguna gamberrada. "El verano anterior a la pandemia me invitaron a la Comic Con de San Diego, en Estados Unidos, porque me daban un premio. Como ya me aburre viajar solo, hice un llamamiento a los amigos para ver quién se apuntaba".
Allí, en la meca global del cómic, agasajaron al valenciano con "una suite de puta madre en un hotel Hilton, en la que nos metimos cuatro amigos en camas supletorias, con las maletas abiertas, ropa tendida… Era gracioso porque el entorno era como para presumir de triunfador y se acabó convirtiendo en un viaje de fin de curso". Quien ha vivido la ruta sabe que la fiesta se puede armar cuando y donde sea.
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