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Cierre del Baobab La gentrificación avanza: "En Lavapiés sólo cambian a extranjeros pobres por extranjeros ricos"

El cierre del emblemático restaurante senegalés Baobab y la inminente despedida de la casa de huéspedes Prinoy, referencia por su bajo precio para los migrantes del barrio, representan un nuevo bocado de la especulación. Los movimientos sociales advierten de que serán sustituidos por un hotel, dinamitando la convivencia en una zona que aún resiste a la turistificación del centro de la ciudad.

Hostal Prinoy, en la calle Cabestreros de Lavapiés, en Madrid.-

El teléfono descuelga y una voz femenina se excusa: “De eso tendrás que hablar con el jefe. Te lo paso”. Al otro lado, la voz de un hombre que no quiere identificarse deja claro que no charlará con periodistas. “Todo lo que he leído es mentira”, dice con enojo. Se trata del regente de la pensión Prinoy, en el número tres de la calle Cabestreros de Madrid, una más que modesta casa de huéspedes de las que alquilan habitaciones por mes completo. Corre el rumor de que pronto, en cuestión de meses, echará el cierre de la misma forma que acaba de hacerlo el restaurante senegalés contiguo, el mítico Baobab, que abrió en 2005 y se afianzó como símbolo del Lavapiés multicultural. El propietario de ambos edificios planea venderlos o los ha vendido ya a una empresa de comercialización de inmuebles, por lo que los alquileres de ambos negocios tocan a su fin.

A sus 84 años, dice el regente del hostal, está a punto de jubilarse y no quiere sobresaltos. No va a decir nada sobre la operación inmobiliaria que se rumorea que está en ciernes. La que echará abajo el restaurante y la pensión y levantará un majestuoso hotel moderno —otro más— en una de las plazas del barrio que todavía no han sentido del todo los efectos de esa fiebre especuladora que aqueja al centro de las ciudades bajo el críptico término de gentrificación. “No sé a qué viene tanto revuelo ahora. La pensión se vendió hace dos años. Pregunta en otro sitio”, zanja.

“Es muy barata y está bien. Bueno, no para los ricos, pero sí para la gente pobre como yo”, describe la pensión un irónico May Gayaga, senegalés de 50 años que lleva 27 residiendo en España, la mayoría de ellos en Lavapiés. Con las manos en los bolsillos de su plumas azul, departe con varios compatriotas al sol de la plaza Nelson Madela. Él también ha escuchado los rumores de la venta de Prinoy y del Baobab, y siente cierta pena, porque este barrio es su pequeña patria en el corazón de Madrid. “He comido mucho en el Baobab, a veces, a diario,  y viví un año entero en la pensión. Fue hace ocho años, cuando no tenía trabajo ni dinero para alquilar un piso. Valía ocho euros por día. Era un refugio para los migrantes que llegaban a Madrid, para los que vendían con la manta, para el que pasaba un momento delicado. Por poco dinero evitabas dormir en la calle”, recuerda el migrante. Pero eso está a punto de acabar. “Mucha gente va a quedarse sin un sitio para dormir”, advierte.

"Casi todos hemos pasado por la pensión en algún momento"

“Este hostal lo hemos pagado casi entero los senegaleses”, bromea Paco, de 35 años. Él también durmió en Prinoy hace dos años, aunque lleva 14 en la ciudad. “Estuve cuatro meses y ya costaba nueve euros. Ahora vale doce cada día”, asegura. “Da pena porque casi todos hemos pasado por la pensión en algún momento. Es parte de esta plaza y muy importante para la comunidad senegalesa y los migrantes”, dice. “Antes vivíamos en todo el barrio. Ahora está cerrando todo y hay pocos pisos para alquilar porque muchos se sólo se alquilan a turistas. Nos queda la plaza, donde nos reunimos, nos ayudamos, vamos a la mezquita, lo hacemos todo juntos, pero está cambiando”, lamenta, con una nostalgia sobrevenida ante algo que aún está por llegar pero parece inevitable. “Lo peor es que el dueño no está avisando de que va a cerrar, pero todos sabemos que lo hará pronto”, vaticina. “Es un problema. La otra pensión más barata del barrio cuesta 25 euros por noche”, ilustra Paco.

Gayaga, por su parte, carga ahora con el temor al ostracismo socioeconómico de la urbe que se viene. Su último contrato, como barrendero del Ayuntamiento, acaba de terminar, y alquilar en Lavapiés se ha convertido en un imposible desde hace tiempo. “Estoy buscando en otro barrio más barato. Lavapiés ya es muy caro para nosotros aunque tengamos trabajo”, afirma. Mira más allá del Manzanares porque “Delicias y Vallecas ya están así también”. Carabanchel parece su próximo destino después del centrifugado que está en marcha. Cree que no se diferencia mucho del Lavapiés estigmatizado que conoció cuando llegó, en 1993.

May Gayaga, senegalés de 50 años, en la plaza Nelson Madela de Lavapiés.

“Este barrio ha cambiado mucho estos años. Aquí siempre ha habido muchos extranjeros, y eso no cambia. Sigue estando lleno, sólo cambian a extranjeros pobres por extranjeros ricos, de los que pagan por cinco días de piso lo que pagamos los demás por un mes”, resume, en referencia a los efectos de Airbnb en el barrio.

Una operación inmobiliaria en ciernes

Si los rumores son ciertos, el hotel que se barrunta será tan moderno como el construido hace poco en la plaza del barrio, pero será inaccesible para ellos y les dejará sin un restaurante de comidas populares y sin un techo asequible para cuando vengan las vacas flacas. Y, aunque Público no ha podido confirmarlo, desde los movimientos sociales del barrio no tienen dudas. Tanto el Baobab como Prinoy han sido o van a ser vendidas a la sociedad Fixed Assets Developments, según la información que han recabado miembros del colectivo contra la gentrificación Lavapiés ¿dónde vas? Se trata de una empresa dedicada a “la comercialización de todo tipo de inmuebles” y está administrada por Javier González Herráez, según el Registro Mercantil de Madrid.

González Herráez fue el responsable de la compra y posterior venta del solar en el que se construyó el Hotel IBIS de Lavapiés

El de González Herráez es un nombre conocido para los activistas. Fue el responsable de la compra y posterior venta del solar sobre el que se levantó el Hotel IBIS de la calle Valencia, el último tótem de la metamorfosis de clase del barrio, después del macro Carrefour 24 horas de la plaza o el Teatro Valle-Inclán.

Ya presentaron batalla contra su edificación entonces y planean hacer lo mismo ahora. De hecho, ya se han realizado varias asambleas para encarar el conflicto que se avecina. Según denuncian los activistas, la construcción del hipotético hotel “acelerará el ya iniciado proceso de higienización, domesticación y turistificación de la plaza y sus aledaños”, que resiste gracias al tejido asociativo de la comunidad migrante, al centro social okupado autogestionado La Quimera y a los habitantes de la corrala de vecinos propiedad de la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo de Madrid.

En la antigua plaza de Cabestreros todavía queda algo que puede llamarse barrio y algunos no quieren perderlo. En la calle hay trasiego de carritos de bebé, tiendas de calzado y algún local de envío de dinero. Según se desciende, en el portal 51, un albañil cabalga el martillo neumático mientras otro saca los escombros de un vecindario que ya casi no existe. Un joven africano les observa bajo su gorra rapera y unos auriculares inalámbricos. Más abajo, en el primer piso del número 59, cuelga el cartel de “vendido” de una inmobiliaria. Al frente, en la Plaza Arturo Varea, antes llamada Agustín Lara, varios migrantes resisten el embate y el frío charlando en corrillos bañados de sol de invierno. Ya en la esquina con Sombrerete, una barbería hípster acoge a los jóvenes blancos que esperan su turno de rasurado. En la puerta, un caniche vestido a la última orina sobre los adoquines de la frontera invisible que se cruza. Más allá, la plaza remodelada de granito liso, donde el carrito de la compra fue sustituido hace tiempo por los trolleys con ruedas de los que aún cuelgan la almohadilla cervical y la etiqueta de la aerolínea. Unos lo llaman progreso. Otros, negocio que les expulsa.

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