Santiago Segurola y su fútbol sin patadas
Anibal Malvar conversa con sus cigarras particulares para que le canten qué podemos leer en este verano de canícula y siesta.

Madrid--Actualizado a
Santiago Segurola (Barakaldo, 1957). Periodista. La mayor parte de su carrera la ha centrado en el mundo del deporte (As, Marca), pero también fue redactor jefe de cultura en El País. No es una trayectoria azarosa: cultura y deporte son tratados por Segurola desde una misma perspectiva humanista, como si fueran parte de la misma belleza. Cuenta la leyenda que fue perseguido (y despedido de Marca) por Florentino Pérez, por no bailarle las aguas al Real Madrid, como si el periodismo futbolero no tuviera la obligación de ser, también, objetivo. No ha escrito más allá de los periódicos, pero en 2012 la editorial Debate publicó Héroes de nuestro tiempo, una antología de sus artículos. Se rumorea que es del Athletic de Bilbao, pero en sus 39 años de carrera no ha dejado ninguna prueba escrita ni oral que pueda confirmarlo. Enemigo, pausado pero no muy silencioso, del periodismo bufandero en todas sus manifestaciones.
Hay padres que no se atreven a llevar a sus hijos al fútbol no solo por el precio de las entradas, sino por el ambiente violento. Como si el espíritu belicista del ganar a toda costa estuviera venciendo al espíritu deportivo también en los estadios. Ganar por encima de todo, incluso por encima de las reglas de convivencia, de la belleza del juego, no sé.
Los estadios de fútbol nunca han sido un centro cívico. Ni ahora ni hace 100 años. Hasta cierto punto, el comportamiento de las aficiones no es peor que hace 40 o 50 años. Los estadios nunca han sido un lugar de buenas influencias ni de buen comportamiento. El hincha tiende a ser feroz, y más en las condiciones que se reúnen en el estadio: masificación, el descontrol al que te lleva ser un desconocido en la multitud… Incluso te diría que hoy hay más respeto en ciertas cuestiones. El racismo, por ejemplo. En los estadios sigue habiendo manifestaciones racistas. Pero yo recuerdo que en los años 60, 70, 80 o 90 esas conductas eran toleradas socialmente. No debemos mitificar. Es bueno que muchos padres se preocupen porque sus hijos no se sometan a esas condiciones de exposición tan groseras y nefastas. Pero se ha mejorado. No lo suficiente, pero se ha mejorado.
Sigo con la infancia. Me preocupa el fenómeno del 'padre hooligan'. En campos de infantiles y juveniles se ve que la agresividad no está en el césped ni es deportiva. Los padres se vuelven locos, se pelean entre ellos, insultan a niños rivales de nueve o trece años, alguna vez hasta pegan a los árbitros.
Siempre ha sido así, con una diferencia. Yo soy boomer, un señor de los años 50. Entonces el horizonte de un padre que llevara a un chaval al fútbol era que pudiera jugar en el equipo de su pueblo o en el equipo de su ciudad. No tenían el recorrido mítico que tienen hoy los padres con respecto al futuro de sus hijos en este fútbol tan codicioso.
El fútbol ha sido siempre un deporte de la clase obrera, de la clase más desfavorecida. El paisaje demográfico del fútbol también ha cambiado mucho con la inmigración. El paisaje social y demográfico de España ha cambiado muy fuertemente en los últimos 25 años y eso se ha trasladado al fútbol. El fútbol siempre es un espejo.
Pero sigue habiendo mucho racismo, incluso contra los hijos de migrantes de la selección. El mensaje multicultural que exhiben las alineaciones de nuestra selección de fútbol no cala en la sociedad.
No cala en los más salvajes. En los que van a Torre Pacheco a golpear a la gente. No cala en la ultraderecha, no cala en Vox, pero cala en otros sitios. No hace mucho, Iñaki Williams [capitán del Bilbao, internacional con Ghana, negro] hizo unas declaraciones muy potentes contra la ultraderecha. Eso no era algo normal en el fútbol. Lo normal era que el jugador se callara y asumiera la condición de ser una especie de esclavo de los poderosos. Hay un sector de este país que es absolutamente brutal, desconsiderado, sucio. Iñaki Williams no es el único que ha hablado. En el fútbol está creciendo una contestación creciente contra el criterio ultra. Esta gente saca cada vez un porcentaje más creciente de votos en España y en Europa porque siempre han sido muchos, pero ahora pueden presumir de ello.
El periodismo deportivo es cada vez más estridente y bufandero. A veces roza la incitación a la violencia. Por ejemplo, contra los árbitros. Pienso en ese engendro llamado Real Madrid TV. He oído a Iturralde González, ex árbitro y comentarista en La Ser, afirmar que ese tipo de periodismo puede inspirar acciones imprevisibles de exaltados. Violencia, por decirlo sin finuras.
Eso forma parte de una política de club. No solo del medio de comunicación. El Real Madrid es el portavoz de los intereses, yo diría estratégicos, de Florentino Pérez. No son mensajes periodísticos autónomos. Son obedientes a una estrategia del club.
Pero es una incitación al odio. O casi.
Claro. Yo he sido muy crítico. Es absolutamente inaceptable que Real Madrid TV, un canal en abierto que se puede ver en todo el mundo, emita editoriales –por llamarles de alguna manera-- que son francamente desagradables. Es impropio del Real Madrid, que es una entidad con un gran calado social y económico, enviar ese tipo de mensajes tan perturbadores, tan nocivos y, en mi opinión, tan falsos.
La cigarra Segurola recomienda
Hombre de fútbol, de Arthur Hopcraft (Roca Editorial, 2019). Es de un periodista inglés que luego fue guionista de cine y, concretamente, de una gran serie de televisión: El Topo (Tinker,
Tailor, Soldier, Spy, BBC, 1979), basada en la novela de John Le Carré. Hopcraft (1932-2004) escribió Hombre de fútbol a mediados de los 60, que parecen tan lejanos. Nos cuenta realmente de dónde proceden el fútbol y la pasión por el fútbol. Empieza el libro diciendo que nos aficionamos al tenis o al golf, pero al fútbol no nos aficionamos. El fútbol lo llevamos dentro. Forma parte de la estructura social. De la estructura popular. Él habla de la Inglaterra de los años 60. De lo que implicaba el fútbol para las clases más populares, para la clase obrera. Está maravillosamente escrito y describe, por ejemplo, las contradicciones creadas cuando jugadores como George Best empezaban a ganar dinero, y a ser considerados unos privilegiados, lo que es ridículo. Los futbolistas son sencillamente los artistas de un negocio en el que los negociantes, la codicia, se aprovechan de ellos y los inflacionan. Los jugadores reciben más dinero, pero eso no los convierte en privilegiados: están en la rueda de un negocio en el que ellos no mandan.
Puro fútbol, de Roberto Fontanarrosa (Ed. GeoPlaneta, 2023): Es una delicia. Lleva el humor y la ironía al fútbol. Contiene algunos de los cuentos más maravillosos de fútbol que he leído jamás.
El tenis como experiencia religiosa, de David Foster Wallace (Random House, 2016). Cuenta la obsesión de un escritor sobre el tenis analizando, desde todos los ángulos, varios US Open, Te descubre por qué los grandes escritores, los artistas, los genios, ven cosas que los demás no vemos.
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