Craso, el gran especulador inmobiliario de Roma
La historia convirtió a Marco Licinio Craso en uno de los símbolos de la avaricia. Su fortuna, sin embargo, no nació en los campos de batalla, sino de un mercado inmobiliario que hizo de la especulación una de las mayores fuentes de poder de la Roma republicana.

Mikel Herrán
Que el poder político y el económico han tendido a ir de la mano a estas alturas sorprenderá a pocos. Menos sorprenderá que, antes de que la Revolución industrial lo cambiase todo, el principal activo fuese la posesión de tierra. Desde la aristocracia romana hasta los señores feudales, las páginas de la historia están llenas de rentistas. Ahora, parece, los fondos buitres aspiran al honor de revivir esa imagen del gran señor.
Por supuesto el acceso desigual a un recurso tan esencial como era la tierra estaba justificado de una u otra manera. Ya fuera el derecho divino, la salvación ultraterrena o la protección por parte de una casta miliar, incluso una tradición tan larga necesitaba de una razón de ser que previniese que aquellos que no tuvieran nada se alzasen contra quienes tenían todo. El sistema funciona, o se dice que funciona, con unas reglas abusivas, sí, pero marcadas que dan una sensación de seguridad. Pero incluso en el más estable de los edificios aparecen grietas.
En la Antigua Roma, Marco Licinio Craso fue una de estas grietas. Tal vez más conocido por ser el más olvidable del primer triunvirato, que compartió con Julio César y Pompeyo, o por la leyenda en torno a su muerte. Capturado por los partos, Craso fue obligado a tragar oro fundido como castigo a su codicia, o eso nos cuenta el historiador romano Dion Casio unos siglos más tarde. La realidad no fue tan poética, ni habría inspirado a George R.R. Martin. Pero su muerte imaginada pasó a la posteridad como reflejo de una venganza, de lo que podría acaecer a quienes buscan acumular sin ningún tipo de miramiento. Fue esta codicia la que había llevado a Craso a iniciar una guerra innecesaria, a romper la paz con el imperio parto y a lanzarse hacia el interior de Mesopotamia. Tras su muerte, el delicado equilibrio de poder del triunvirato se iría al garete y César se alzaría como con el control de la república como dictador perpetuo. Lo que siguió ya lo sabemos.
Sin embargo, mucho antes de estas búsquedas de gloria fuera de las fronteras, la primera víctima de la avaricia de Craso, y por la que se ganó dicha infamia, fue contra el propio pueblo de Roma.
En una república que ya había tenido varias afrentas a sus instituciones, Craso había conseguido afianzar su carrera política no solo gracias a sus dotes como orador, sino al uso de nuevas estrategias para convertirse en el hombre más rico de Roma. Allá donde otros miembros de la clase patricia romana derivaban su orgullo como grandes terratenientes en el campo, un ya no tan joven Craso puso su vista en las rentas urbanas. Para construir su pequeño imperio inmobiliario, el político romano no dudó en hacer uso de la fuerza y la extensión. A sus órdenes, Craso había organizado una brigada de bomberos formada por 500 esclavos que, cuando se declaraba un incendio en la ciudad se presentaban en el lugar del siniestro y ofrecían comprar el terreno a un precio ínfimo, y sólo cuando los dueños aceptaban la oferta, procedían a apagar las llamas. Sobre sus ruinas, la brigada construía una insula nueva, con un precio aún más elevado. El fuego como negocio corrupto tampoco es nuevo.
Incendio a incendio, solar a solar y desgracia a desgracia, Craso se hizo dueño de media Roma. No fue el único que vio el negocio. Roma crecía, y con ella la masa urbana que necesitaba dónde vivir en edificios cada vez más destartalados, dando pie a una pequeña clase de domini isulae. Señores de las ínsulas o grandes tenedores. El mismo Cicerón ensalzaba la explotación de alquileres en urbes como un negocio más próspero y seguro, presumiendo de recibir unos 80.000 sestercios de rentas anuales sólo del alquiler de insulae, casi tanto como percibía de sus fincas agrarias. Por ponerlo en perspectiva, la paga de un legionario estaba estandarizada a unos 900 sestercios al año.
Cuando en el instituto a uno le enseñan un dibujo de la casa romana, le están engañando. Normalmente ahí se presenta la domus, la villa urbana de los más pudientes. Sin embargo, eran las insulae, los edificios de apartamentos, los que aglomeraban a la gran mayoría. El proletariado urbano se agrupaba en dichas insulae con míseras condiciones, mientras que una pequeña clase de comerciantes y dueños de negocios (el ordo equester) sin aspirar a una domus, buscaba mejores equipamientos.
Este terreno se volvió uno fértil para quienes querían un dinero fácil y seguro, con alquileres desorbitados. El propio Cicerón, enriquecido como estaba por este modelo de negocio, tuvo que intervenir cuando el afectado fue su amigo, el pretor Celio Rufo, que pagaba 10.000 sestercios al año por un apartamento en el Palatino, y a quien el dueño de la finca quiso extorsionar, denunciando que en realidad debía unos exorbitados 30.000 al año. Celio Rufo no era un cualquiera. Como pretor, había intentado pasar una ley para perdonar las deudas de impago del alquiler, ley que fue detenida por un Senado lleno de propietarios, que recurrieron a todo tipo de tácticas para denunciar que Celio sólo quería pasar esa ley para perdonar sus propias deudas. Cuando el Senado intentó arrestar a Celio, el pueblo de Roma estalló en revuelta, siendo la primera vez que atacaban a su ejército dentro de la propia ciudad. Tras un enfrentamiento sangriento, Celio huyó de la ciudad para reunir un ejército con el que plantar cara a César y sus aliados.
Detrás de estas luchas de bandos políticos había todo un complejo entramado de alianzas, de rencores, deudas y de nombres que han pasado a la historia. La república cayó, empezó el imperio, y el Senado de propietarios pasó a convertirse en una autoridad secundaria ante el emperador. La herida de la república romana sólo consiguió hacerse aún más profunda ante un pueblo endeudado con una clase política que velaba por sus propios intereses, y que acabó comprometiendo su propio sistema político para seguir manteniendo el orden económico.


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