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Esteve Mata, el rey de los tacos de billar que triunfa en Corea del Sur

Sujetará el taco de billar hasta el día en que se muera, aunque no le haría falta decirlo. El campeón Esteve Mata es el único artesano de tacos de carambola en España que tiene presencia en torneos internacionales, y los hace en una hípica de Centelles, en la comarca catalana de Osona.

Esteve Mata en su taller de Centelles (Osona), donde desde 2014 elabora tacos de billar.
Esteve Mata en su taller de Centelles (Osona), donde desde 2014 elabora tacos de billar. Carles Palacio

Cuando tenía ocho años su tío le regaló un taco de billar. Ahí empezó todo, en su primera comunión. "Mi tío jugaba al billar y mi padre, de joven, también era aficionado. De hecho, mi padre llegó tarde a su boda porque se fue a jugar con mis tíos", relata el jugador Esteve Mata, de 44 años, en su pequeño taller, emplazado en la planta baja de una antigua hípica de Centelles. Desde hace siete años, produce una serie limitada de tacos de billar, reservados a bolsillos holgados, que actualmente comercializa en Corea del Sur. Inviktcues es el nombre de su marca, ensamblaje de la palabra victorioso en latín y tacos en inglés. "El hecho de fabricar tacos me mantiene vinculado veinticuatro horas, siete días a la semana, al billar. De jugar viven quince a nivel mundial", sentencia, sin gravedad, el campeón de carambola. Él sigue compitiendo siempre que puede, aunque ya cosecha un respetable palmarés. No quiere ni sabe vivir de otra forma.

En su taller no se ve ni un solo taco listo para el juego. Decenas de mazas cuelgan del techo. La sala está atestada de las máquinas que Esteve ha ido adquiriendo y adaptando a su cometido, y que abarcan la mayor parte de la producción de cinco modelos de tacos. Algunos ya llevan sus ornamentos incrustados, de combinaciones geométricas, aunque muchos están sin pulir ni rectificar, eso vendrá luego. Otros, la gran mayoría, son solo madera.

—Un buen taco depende mucho de la calidad de las maderas, que al final se reflejan en la canalización del impacto contra la bola.

En su taller no se ve ni un solo taco listo para el juego. Decenas de mazas cuelgan del techo

Para los profanos en la materia, el taco se compone de tres partes principales: la maza, la flecha y la punta. El proceso de creación es pausado. Aquí trabajan "en diferentes periodos de tiempo y cortes para evitar torsiones en la madera", puntualiza el jugador, quien añade: "No lleva elementos metálicos, solamente en la parte de la unión entre la maza y la flecha". Explica que produce alrededor de veinte unidades al mes, poco más de doscientas al año, con ayuda de su pareja y de otro trabajador. Olivo y ébano son algunas de las maderas que utiliza. Maple para la flecha. "Ahora se está poniendo de moda la fibra de carbono, pero veremos si los billaristas querrán jugar con fibra, porque no se siente lo mismo que con la madera", advierte. No barniza los tacos.

—Probamos el barniz, pero no tenemos la capacidad para aplicar perfectamente las capas que necesita el material que tocamos, y además dentro de unos años perdería brillo por el sudor, así que lo que hacemos es darle cianoacrilato. Me lo enseñó un chico de Madrid que se dedica a reparar tacos, y es la bomba. Aquí no es demasiado conocido; en EEUU, sí, lo utilizan jugadores que tienen un par de maquinitas en su casa y, cuando no juegan, igual hacen siete u ocho tacos para sacarse un dinero extra.

Las creaciones de Inviktcues ya se miden con fabricantes como la italiana Longoni o la estadounidense Predator en los torneos más transitados del mundo

Lejos de estas cifras, las creaciones de Inviktcues ya se miden con fabricantes como la italiana Longoni o la estadounidense Predator en los torneos más transitados del mundo, y han sido empuñadas por jugadores como Javier Palazón y Antonio Montes, o el campeón coreano Dong Koong Kang. Sus precios van de los 2.750 a los 4.800 euros por pieza, dependiendo de la estructura y del diseño. Ahora planean hacer un taco algo más asequible, "con una estructura más simple", para colmar la demanda en Europa. "Es un producto muy exclusivo. Empecé vendiendo aquí, pero el mercado en España es muy pequeño. Yo soy un enamorado de los tacos de billar, mi capricho era comprarme un par de tacos al año, igual que otros se van de vacaciones. Aquí hay gente que está acostumbrada a comprarse una bicicleta de diez mil euros pero no lo está a invertir en un taco de billar", comenta el campeón.

—¿Por qué Corea del Sur?

—Porque son muy viciosos.

Ríe y se explica.

—Les gusta mucho el juego, les gusta apostar, y hay mucha afición. Se vuelven locos por el billar porque da pie a eso. En estos momentos, ellos tienen más jugadores que todo el resto del mundo. Hay casi veinte millones de practicantes, no de jugadores federados. Vas por una calle y puedes ver tranquilamente ocho clubes, ver un edificio en el que hay tres clubes, uno en cada planta. Por lo tanto, hay mucha gente dispuesta a gastar y con nivel adquisitivo.

Tanto las mazas como las flechas pasan por un proceso de producción y ensamblaje dilatado para evitar fallos.
Tanto las mazas como las flechas pasan por un proceso de producción y ensamblaje dilatado para evitar fallos. Carles Palacio

En España, por contra, el billar ha ido decayendo, quedando en el recuerdo de las tardes de pachangueo entre colegas en algún bar, pero no es una práctica masiva, y quizás nunca lo fue. No hablemos ya del deporte de élite, aunque en Catalunya quedan alrededor de una cincuentena de clubs. "El billar se ve como algo muy elitista. Es raro que ahora mismo un niño quiera entrar en un club a jugar. Además, cuesta encontrar un club que tenga una estructura diseñada para los niños", remacha el jugador.

No fue su caso. Comenzó a jugar en el club de Centelles, el mismo en el que tiraban bolas su padre y su tío, a cinco minutos de su casa. Pronto la Federación Catalana de Billar intuyó sus aptitudes, habló con su familia, y Esteve pasó a tener de maestro a Miquel Espona, un referente. "Me daba clases todas las tardes", señala. Combinó el billar con el fútbol hasta los quince años. La balanza se decantó rápido. Los triunfos no tardaron en llegar. Entonces sí, el billar se convirtió en evangelio. Siempre quiso más.

—Empecé a ganar campeonatos de Catalunya y de España, y hubo un momento en el que había jugado muchas cosas a juegos clásicos y decidí jugar a tres bandas. Cuando yo comencé, lo normal era jugar a libre, pero hubo gente que vio que jugando a tres bandas se igualaba niveles, y desde hace diez años la tónica es esa. En un club, en el día a día, un jugador de primera categoría no puede jugar con uno de sexta porque el de sexta no tira. En las tres bandas todos hacen muchos tiros. Además es más dinámica, no hay que entrenar tanto solo para después competir. Al final, yo entrenaba cinco o seis horas al día todo el año, y en verano hasta diez horas, para jugar doce fines de semana.

—¿Ahora cuánto compites?

—Unos cuarenta y siete fines de semana al año. A mí el cuerpo me pide jugar. He probado a jugar al billar americano y no se me da mal. Si tuviera tiempo lo haría, porque también hay más competición.

"Empecé a ganar campeonatos de Catalunya y de España, y hubo un momento que había jugado muchas cosas a juegos clásicos y decidí jugar a tres bandas", cuenta Esteve Mata

Sin embargo, de jugar no se vive. Esteve daba clases de billar y ganaba bien, pero pronto vio que sus alumnos comenzaban a hacerse mayores, que la rueda no seguiría rodando. "En España no hay la cultura de recibir clases de billar. De hecho, te diría que aquí, quizás, hay veinte jugadores con menos de veinticinco años. El promedio del jugador está en más de sesenta", anota. La respuesta al "¿y luego qué?" llegó durante una Copa del Mundo de tres bandas en Oporto, Portugal.

—Había un jugador japonés que vendía sus tacos en las Copas del Mundo a otros jugadores y a la gente del público. Por aquel entonces, yo vendía material a través de una firma italiana que me patrocinaba, pero eso no daba para vivir, y entonces se me ocurrió fabricar mis propios tacos. Había una gente en Sant Cugat, Tacos Castelló, con los que hablé para ver si me podían fabricar tacos de mi propia marca. Pero me cogió el gusanillo de hacerlo yo. Además, los hermanos de Tacos Castelló se iban a jubilar, y en España no había nadie más que fabricase.

El primer año de envite empresarial se lo pasó tirando madera. "No salía lo que yo quería", puntualiza. Era una ruina. "Mi padre era ebanista, pero nunca había tratado un taco de billar. A mí me apasiona la madera por mi padre y también los tacos, desde siempre los observaba e intentaba interpretarlos, tenía intrigas, me preguntaba cómo los debían de hacer o qué maderas serían, pero yo no sabía arrancar un torno cuando comencé. Tuve que preguntarle a un amigo que esto cómo iba", ríe. Luego todo fue cuestión de echarle ganas.

Con la ayuda de una linterna, Esteve comprueba la uniformidad de una de las mazas.
Con la ayuda de una linterna, Esteve comprueba la uniformidad de una de las mazas. Carles Palacio

Abre un cajón y saca una maza a punto de ser acabada, tan solo le falta los pulimentos para subirle el brillo. Hace lo propio con otra de la competencia. "Este era mío, es un buen taco, me costó 3.000 euros", apunta. Las deposita las dos sobre un paño de billar, e ilumina el costado con la linterna. "Aquí es donde comprobamos que no pase la luz". Porque cuanto menos luz se ve por debajo del taco, más rectilíneo y pulido es "y hay más puntos de bola confiables". O dicho de otra forma, menos te la juegas.

Apenas pasa la luz. Su maza parece superar la prueba de fuego. No debe de quedar mucho para que llegue a las manos de algún billarista consagrado en la otra punta del mundo, desde los entresijos de esta hípica de Centelles.

—¿Y ahora que ya haces tacos qué más piensas hacer?

—Seguir jugando al billar hasta que me muera.

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