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Feminismo "Cuando dicen que hacen falta más mujeres cineastas me pongo mala: ¡si estamos aquí!"

La primera edición del Festival de Cine Mujeres Tras la Cámara, que se ha celebrado en Madrid, reúne una muestra plural de cine hecho por mujeres que rompe tabúes y deja claro que cualquier problemática está al alcance de estas profesionales.

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Imagen del cortometraje 'Sala de Espera', de Laura García Higueras.

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"Parece que las mujeres solo podemos hacer, como Sofia Coppola, películas de seducción, pero no de matanzas", sentenciaba Andrea Casaseca —directora, productora y guionista— en el coloquio que sucedía este jueves al I Festival de Cine Mujeres Tras la Cámara, y que se celebraba en Madrid.

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Sus organizadoras, Natalia Zapata y Arritokieta Ucelay, son dos estudiantes de último año de carrera que se lanzaron a organizarlo hartas de preguntarse dónde estaban las mujeres en el mundo del cine. "Como espectadoras estábamos decepcionadas con lo que nos están mostrando en pantalla, y como profesionales no entendíamos qué pasaba. Las aulas están llenas de chicas, pero luego ¿dónde se quedan?", cuentan estas dos jóvenes. "El cine es algo fundamental, y que solo esté hecho por hombres hace que el hombre y su visión sean lo universal", denuncian Zapata y Ucelay. "Las películas que hacen hombres las vemos todos y todas, pero parece que las otras sean solo para el público femenino", inciden las organizadoras, que reclaman que lo que se debe rebatir es eso, "que el cine hecho por mujeres no es solo para mujeres, y que nosotras hacemos cosas tan buenas como ellos”.

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"Pensábamos, 'o no hay mujeres, o no las están apoyando'. Y con este proyecto nos hemos dado cuenta de que era lo segundo"

Las posibilidades que ofrece el cine dirigido, guionizado y producido por mujeres cineastas son infinitas. Cecilia Montagut, directora y guionista de la asociación EmPoderArte, reivindica que “hay problemáticas que habitualmente no se tocan en películas hechas por hombres, como los cuidados o los problemas alimenticios, porque parece que las cosas que tienen que ver con nosotras a los hombres no les interesan mucho: la mujer que cuida, la mujer que sufre acoso o la mujer que padece anorexia o bulimia”. Pero no se trata solo de eso. De hecho, las cineastas pueden y saben hablar de cualquier cosa, tocar todos los temas, salir de una tradición artística que les ha expropiado la política, el formato documental, el cine negro... y que las ha intentado relegar a los temas del ámbito privado, a lo romántico o a problemáticas de lo personal desde la atomización del 'yo' de cada una.

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Sin embargo, la muestra presentada por la primera edición de este evento (que ha contado con la colaboración de CIMA y EmPoderArte), conformada por los cortos de cinco finalistas —todas ellas mujeres y todas ellas menores de 25 años—, no narra una sola historia de amor, de seducción o romanticismo. Y mantenía, en un local estrecho del barrio de Malasaña, con luces de corte intimista y sillones en los que hundirse casi a la altura del suelo, a todo el público con los cinco sentidos alerta, reinventando las percepciones del cine que durante décadas nos hemos acostumbrado a ver. “Es interesante ver cómo una película rehace los códigos de género, cómo llega y a un formato clásico de thriller se le da la vuelta”, expone Elena Oroz, investigadora, docente y crítica cinematográfica. “Todavía hay miedo a que una mujer dirija una película, a cómo vaya a ser su punto de vista”, critica a su vez Andrea Casaseca. También porque, como alude Montagut medio en serio medio en broma, “cuando las mujeres hacemos cine, además de contar cosas para visibilizarnos, será interesante ver cómo se verá a los hombres desde nuestra óptica, igual que nosotras hemos tenido que ser vistas desde la suya hasta ahora”. 

"El cine es algo fundamental, y que solo esté hecho por hombres hace que el hombre y su visión sean lo universal"

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Me pongo mala cuando dicen que hay que motivar que haya más mujeres directoras, ¡si estamos aquí!”, se desespera Casaseca, echándose a reír casi de impotencia, "he llegado a estar frente a la televisión viendo una gala en la que decían eso y terminado gritándole a viva voz a la pantalla: ¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí!“. Así, la cuestión se maquilla, se camufla: se hace ver que no hay mujeres que quieran hacer películas. El problema, sin embargo, es que no las dejan. "El hombre, una vez más, es el que pone la pasta, es el productor ejecutivo, y cuando contrata a un director, contrata a otro hombre”, continúa Casaseca. "El porcentaje de mujeres en la ‘industria del cine’, lo que entendemos por esa gran industria, es flagrante”, suma Oroz, pero en “festivales de cine independiente en España, en distribuidoras independientes, aunque parezca todo más ‘cool’: ese porcentaje sigue siendo mínimo”. “Entran en juego mecanismos de un machismo sutil”, desarrolla la docente, y añade que en el cine "puede haber una suerte de meritocracia, pero al final lo que funcionan son las redes, contactos, y se genera un círculo vicioso” en el que las mujeres se van quedando fuera. "Lo que hace falta son mujeres que pongan la pasta, productoras ejecutivas. Conozco a muchísimas directoras, pero no se apuesta por ellas", reconoce Casaseca.

A esto, además, se le suma que cuando una mujer cineasta consigue trascender el propio techo de cristal que se genera en este área, "tienes que estar lidiando con el cuestionamiento constante respecto a las decisiones que tomas como profesional, porque hay ciertos códigos”, narra Montagut.

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Y así, en medio de esta marabunta de adversidades, el I Festival de Mujeres Tras la Cámara, decide aportar su granito de arena, dar un espacio a las jóvenes profesional a las que sistemáticamente se ha venido excluyendo de las capas que hace falta ir escalando para hacer películas y no morir en el intento. 

"Teníamos miedo de que no se presentasen muchos cortos, porque habíamos puesto una franja de edad muy limitada, de 18 a 25 años, y tenían que ser mujeres directoras, guonistas o productoras", recuerdan las organizadoras del evento. "Veíamos otros festivales y decíamos 'lo que nosotras estamos buscando no existe, ¿dónde están esas mujeres?' Pero resulta que sí que había. Conseguimos bastantes cortometrajes, todos de una calidad muy buena", se congratulan orgullosas. "En la sección juvenil de la mayoría de los festivales, sin embargo, había cortos hechos por hombres, dirigidos, guionizados, producidos por hombres", así que, pensaban, "o no hay mujeres, o es que no las están apoyando. Y con este proyecto nos hemos dado cuenta de que era lo segundo".

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Pero al final, el resultado de este proyecto —a primera vista casi suicida por los flujos de exclusión patriarcal— es espectacular. Los cinco cortometrajes proyectados no tienen nada que ver entre sí, ponen sobre la mesa que las mujeres son diversas y que el universo de su cinematografía tiene los límites tendiendo a infinito

"Me dijeron que no tratase un asunto político y bélico" 

“Mi cortometraje HeritageHerencia— es un trabajo de fin de carrera con el que pensé que sería una buena idea reflejar la realidad de mi país, la guerra que está aconteciendo entre el norte y el sur, transmitiendo un mensaje de paz", cuenta Fatoumata Tioye Coulibaly (24 años), venida desde Mali con motivo del festival. "Elegí a una familia, en la que la madre representa a Mali, y los diez hijos son las diez ciudades que componen el país, y se trataba de encontrar una solución al problema que se planteaba en esta familia, la unión", prosigue la autora de una pieza que demuestra cómo las mujeres también saben hacer películas sobre la guerra, y cómo además son capaces de ofrecer alternativas de forma, de semiótica, de fórmulas narrativas. "No conozco a muchas mujeres cineastas en Mali, yo conozco solo cinco", confiesa. "Los profesores, cuando les conté lo que quería hacer, me intentaron desanimar, diciéndome que era mejor que me limitara a un tema simple. Que hablase simplemente de la historia de una familia tradicional de Mali y dejara de lado todo el asunto político y bélico, pero decidí no hacerles caso y seguir adelante con el proyecto". Tioye reconoce que ha "arriesgado mucho haciendo este corto", ya que representa a los yihadistas, "que los que han invadido el norte de Mali". "Es la realidad y es lo que quiero reflejar, me da igual el riesgo que corra”, concluye Tioye sin que le tiemble la voz.

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Mujer, blanca y turista en La Habana Vieja

Rebeca Sasse acaba de cumplir 26 años y estudió en la Escuela de Cine de la Habana. Allí se dio cuenta de cómo cada día desfilaban por el embarcadero de la capital cubana centenares de turistas procedentes de cruceros de todas partes del mundo a perderse en una ciudad que no estaban dispuestos a conocer, solo a consumir para su ocio. Entonces, decidió hacer un documental —Yo quería hacer una película sobre el turismo— que mostrase “cómo en La Habana Vieja funcionan las interacciones entre turistas y cubanos, cómo estos turistas que llegan de repente están completamente fuera de contexto". Sin embargo, cuenta que "de repente vi cómo no me dejaban hacer la película que yo pretendía, porque había un montón de hombres que se metían en medio del objetivo, cubanos y extranjeros". "Decidí, simplemente, dejar la cámara encendida en todo momento para que mi experiencia se plasmara", narra Sasse, y puntualiza que aún a pesar de esto y de que mucha gente perciba que se trata de un documental sobre el acoso, su audiovisual va mucho más allá. "Yo misma soy un fuera de contexto en la ciudad, soy leída como una turista más", explica. "El acoso lo puedo sufrir igual en La Habana que en Madrid, así que la película más bien habla de cómo se construyen las capas, las relaciones con el turismo, cómo se comporta conmigo el entorno en base a que allí yo también soy una anomalía". Además, reflexiona que "hablamos de mujeres, pero hay millones de capas de privilegio y de opresión: está el género, pero también está el color de piel. Al final yo soy una mujer blanca, y no es lo mismo que ser una mujer racializada, trans o un hombre gay". "Hay que empezar a mirar el cine como algo interseccional”, reivindica, y expone que si no fuese una mujer blanca, la película habría sido totalmente distinta: "Es un diálogo entre miradas, cómo se contrapone mi mirada con la del mundo que me ve a mí".

Los cánones estéticos son un instrumento de control

“Elegí hablar de los trastornos de la conducta alimentaria porque, por suerte o por desgracia, es algo que conocía muy de cerca. No estaba muy de acuerdo con la manera en que se suele tratar, porque, de hecho, no se trata: es un tema tabú". Así presenta Laura García Higueras (24 años) su ópera primera, Sala de Espera, que se alzaba este jueves con el premio otorgado por el público. "Sé que no es un trastorno que afecte solo a mujeres, pero decidí centrar mi historia en un universo femenino porque sentía que me iba a resultar más fácil, y porque me apetecía ver en pantalla a cuatro mujeres estupendas, muy diferentes, para tratar el trastorno más allá de la imagen tópica que se tiene", expone García Higueras, "esa concepción de la enfermedad hace que no se valore la envergadura que tiene". "Quería seleccionar todos los perfiles y encerrarlos en un espacio, para simbolizar cómo la enfermedad te enclaustra, la ansiedad que te produce", cuenta. Además, la creadora hace un llamamiento a entender que se trata de "un problema del que no se habla porque la sociedad te dice que tienes que adaptarte a sus cánones, como si siendo más delgada fueses mejor profesional, más lista, más guapa o mejor persona. Lo que se está haciendo es perpetuarlo, y es una manera de tenernos controladas", denuncia. Además, un personaje que toma especial relevancia en Sala de Espera es la madre de una de las pacientes. "Quería hacer un homenaje a la madre, que más que los padres, acaban viéndose afectadas. La persona que se encarga de los cuidados, la que te hace la comida, la que te acompaña al médico, la que te va a llevar de compras… es sobre la que al final más recae la enfermedad".

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"Me dicen que solo hablo de mujeres"

“Mi cortometraje trata sobre la dependencia del ser humano a estar con alguien, el miedo que tenemos a estar solos o al cambio, que hace que acabes conformándote", describe Patricia Mejías (24 años) su pieza, Aurora. "Lo planteo en dos mujeres, de edad totalmente diferente y educadas socialmente de una manera muy distinta, que cuando se encuentran se dan cuenta de que ambas se parecen mucho, que están en una relación que no quieren, en una vida que no quieren, y que lo hacen por miedo", continúa. "Elijo a dos mujeres porque me sale escribir desde ellas, siempre me lo dice todo el mundo: 'solo hablas de mujeres'", se ríe Mejías, aunque a los hombres que hablan de hombres no se les suele recalcar lo mismo. "Si los protagonistas hubieran sido dos hombres, el corto habría sido diferente. Gran parte del equipo técnico eran hombres y no entendían muchas cosas u opinaban de manera distinta sobre el enfoque que le estaba dando", continúa la cineasta. Además, explica que no es únicamente una cuestión de dirección, sino que se traslada a todo el proceso creativo: "La cosa cambia si el punto de vista lo pone una mujer o un hombre, si personificas en una u otro, si la cámara la pone una u otro también. Lo que se cuenta no es lo mismo y lo que percibe el espectador tampoco lo es”.

La reinvención del thriller

Mireia Noguera (26) se ha hecho con el premio otorgado por el jurado —compuesto por las directoras y guionistas de CIMA Patricia de Luna, Sara Bamba e Irene Cardona— gracias a su cortometraje Centrifugado. El audiovisual es una reinvención de su género: presenta a una señora entrada en años que pide, en una lavandería, a un joven que la ayude a subir la ropa hasta su casa. Entonces, la mujer retiene al chico y este pugna por lograr salir. Es una historia de suspense en la que los roles aparecen invertidos: la señora mayor, aparentemente indefensa, se transforma en quien detenta el poder, mientras el hombre joven, que podría librarse de la captura a través de la fuerza, se ve sometido a ella. En un momento de la pieza, de repente, la historia da una vuelta y se descubre la verdad. Se transforma de thriller en una narración sobre los cuidados: una madre desesperada que intenta cuidar de su hijo, que no recuerda nada y no sabe quién es. "Un día imaginé que yo tenía alzheimer y no era capaz de reconocer nada, me habían secuestrado y era tan escalofriante que me di cuenta de que el género estaba claro", cuenta Noguera. "El personaje de la madre, que para mí significa amor incondicional, hace que la situación sea dura, porque ella también podría ingresar a su hijo en un centro y quizá ambos estarían mejor", explica la cineasta. "Decide, aun así, seguir arriesgando su vida y estar con su hijo", concluye sobre su personaje. 

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