Javier Gil: "Al rentismo los que más dinero le dan no son los ricos, sino los pobres"
El investigador disecciona en su nuevo libro la "trampa" del alquiler, el desembarco de los fondos buitre y la necesidad de un nuevo sindicalismo para frenar una crisis que amenaza los cimientos de la democracia.

La vivienda se ha convertido en el negocio del siglo. Es ya el mayor depósito de riqueza del planeta, superando con creces al de todas las empresas cotizadas, al de todo el oro o las reservas globales de petróleo. Ni Apple, ni Amazon, ni Tesla: la riqueza inmobiliaria mundial está por encima de todos estos gigantes.
No hay nada que genere más dinero y, a la vez, no hay nada que provoque más dolores de cabeza a los ciudadanos de a pie. En los últimos años hemos visto que, aunque los datos sean positivos, la desconexión entre la economía y la realidad que se vive en la calle es cada vez más abismal. “Vemos que el esfuerzo deja de tener sentido. Aunque trabajes o estudies no vas a salir de la precariedad y esto es lo que hace que salten por los aires los pactos sociales”, advierte Javier Gil, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y doctor en Sociología por la UNED.
Gil, una de las voces más lúcidas en el análisis del conflicto inmobiliario, publica ahora Generación Inquilina. Un nuevo paradigma de la vivienda para acabar con la desigualdad. A través de sus páginas, disecciona la financiarización del mercado, el papel de las políticas públicas y los discursos que sostienen este sistema. Pero el libro no es solo un diagnóstico; es un mapa de resistencia y un llamado a la acción para esa generación que se niega a vivir tutelada por la especulación.
¿Quiénes forman esa generación inquilina a la que apela el libro?
Recoge a todos los sectores de la población que no pueden comprarse una vivienda y recurren al alquiler. Nace en 2008, con el estallido de la crisis financiera, y se prolonga hasta la actualidad. Este grupo social gana cada vez más peso, impulsado por una desconexión cada vez mayor entre los salarios y los precios de la vivienda, fruto de una demanda especulativa. Mientras que los primeros afectados no han solventado su problema de acceso a la propiedad, las nuevas generaciones se han ido sumando a esta generación inquilina por el mismo motivo, por lo que hablamos de una generación transversal.
Estamos en una época en la que ya no importa tanto tener un buen trabajo, un buen sueldo o lo que suceda en el plano económico porque el elemento básico para iniciar un proyecto de vida, que es la vivienda, se ha vuelto prácticamente inaccesible. ¿Cómo hemos llegado hasta este punto?
La sociedad de propietarios formaba parte de nuestro ADN. Tener una vivienda en propiedad era sinónimo de ser clase media, ser ciudadano, tener una vida digna… Pero en 2008 esto se rompe y, a partir de ese año, surge una demanda especulativa que convierte el alquiler en un elemento central para la obtención de beneficios. Esto atrae una avalancha de capital especulativo que dispara los precios y expulsa a los inquilinos. Es esta dinámica la que consigue que los salarios de la población trabajadora dejen de ser suficientes para encontrar un sitio donde vivir.
La generación inquilina, de la que hablo en el libro, se constituye como un sujeto de explotación: cada vez dedica una parte mayor de su sueldo a pagar una renta, no consigue un lugar estable en el que vivir y ya no puede alcanzar el bienestar, porque falla algo fundamental: la vivienda. Por eso, una característica central de esta generación es que el esfuerzo deja de tener sentido. Aunque trabajes o estudies, no vas a salir de la precariedad, y esto lo que hace es que salten por los aires los pactos sociales de nuestras sociedades y que se pongan en juego nuestros valores y nuestras democracias.
La historia de los fondos buitre en España es relativamente reciente, pero ya controlan una buena parte del parque inmobiliario. A pesar de ello, siguen siendo los grandes desconocidos. ¿Cuánto tiempo llevan operando en nuestro país?
Son una consecuencia directa de la crisis de 2008 y aterrizan pocos años después. En ese momento España se enfrenta a un problema y es que los bancos acumulaban cada vez más activos tóxicos, viviendas de familias a las que estaban desahuciando porque no podían pagar la hipoteca. Para el banco esto suponía que si había dado un crédito de 300.000, ahora ese inmueble tenía un valor mucho más bajo. Esto sucedió masivamente y era una señal de que los bancos iban a quebrar masivamente.
Y ahí es cuando intervino el Estado, apoyado por el Banco Central Europeo, para rescatar al conjunto del sector financiero a costa de la población. Se modificó una lista bastante larga de leyes, como explico en el libro, para que estos fondos compraran todas las viviendas en manos de los bancos. Entró muchísimo dinero, la inversión extranjera fue espectacular. En apenas seis años entró un 135% más de dinero que en todo el período que va desde los años 90 a 2008. Todo esto, por un lado, soluciona la crisis bancaria, pero, por otro, impulsó el ciclo especulativo actual.
Así que, la llegada de los fondos buitre se produce gracias a la política, no al mercado. El Gobierno intervino en la economía para transformar la legislación y dar privilegios fiscales a estas entidades a costa de recortar los derechos de los inquilinos. En definitiva, lo que estamos viviendo no es fruto de una evolución del mercado; ni es el resultado de la falta de pisos, como se quiere hacer creer, es la consecuencia de un tipo de intervención política concreta.
Cuando se habla de la falta de vivienda pública se pone siempre el ejemplo de Viena o Berlín. En este caso, usted también señala varios países de Europa que han sabido frenar esta espiral especulativa, como Dinamarca o Alemania. ¿Qué medidas son las que están funcionando para hacer frente a la crisis de los alquileres?
Lo primero que habría que hacer es regular los usos de las viviendas para que no puedan destinarse al turismo, al alquiler temporal o por habitaciones. Lo segundo, controlar los precios por ley, como ya hacen la mitad de los países de Europa.
El tercer punto sería apostar por los alquileres indefinidos. En un contexto de burbuja, necesitas constantemente expulsar a los inquilinos para buscar a otros que te paguen más. Es una dinámica parasitaria. No hay más demanda, son los mismos inquilinos y las mismas casas. Alemania y Francia ya han prohibido esta práctica y, si un inquilino paga y no da problemas, no se le puede echar.
Otra cuestión que tendría que plantearse es la regularización del suelo, porque no podemos dejar que se lo queden los especuladores por mucho que sean los que más pueden pagar. Hay que poner límites a la demanda especulativa y a la compra no residencial, como hacen Países Bajos, Canadá y otros muchos lugares.
En este sentido, también es clave la compra preferente de las propiedades por parte del Estado, una medida que han puesto en práctica puntualmente algunas comunidades autónomas. Por ejemplo, ahora mismo Blackstone, que es el mayor propietario de España, va a sacar a la venta miles de casas que compró en 2013 y se las venderá a otros fondos buitre. Pues el Estado podría intervenir en esas operaciones, ejerciendo su derecho de compra preferente. Se amplía el parque público de vivienda y se protege a la gente de nuevos especuladores.
Creo que una cosa que tiene que cambiar es el concepto de vivienda pública como algo para los sectores más vulnerables. El Estado tiene la capacidad de impulsar cooperativas y proyectos al estilo sueco o austriaco, donde todos los ciudadanos se sienten orgullosos de vivir en una de estas casas, al igual que un español se siente orgulloso de su sanidad. También creo que se debe sancionar fiscalmente la multipropiedad, para que deje de optarse por este vehículo de inversión. El objetivo es sanear el mercado y democratizarlo para que quien opere obtenga una rentabilidad más proporcionada. No se trata de eliminar el beneficio, sino de que sea más razonable.
En definitiva, el Estado debe intervenir como un actor más del mercado inmobiliario y debe intervenir para dar privilegios fiscales a quienes construyan vivienda asequible y no a los fondos, socimis, etc. Todo esto iría en línea con el camino del resto de la Unión Europea, pero lo cierto es que España ha hecho durante años lo contrario al resto del continente.
Nos encontramos a una parte de la población que está esperando a heredar para salir del bucle del alquiler o empezar a obtener rentas. De hecho, están brotando figuras como la del inmobró que alientan a los chavales a buscar “la libertad financiera”. ¿Por qué han conseguido tanto altavoz estos personajes? ¿Esta imagen del pequeño trabajador que consigue vivir de las rentas es realista?
Ahora mismo hay mucho dinero en juego en el mercado inmobiliario y, por eso, se generan nuevos imaginarios que lo que buscan es alinear los intereses de las mayorías sociales y las generaciones que vienen con los de las élites rentistas. El interés no es otro que romper cualquier posibilidad de lazo de solidaridad o de desobediencia y cuestionamiento de las estructuras políticas y económicas que sostienen el rentismo para evitar movilizaciones como la que vivimos el año pasado.
Estos personajes, como Llados o los inmobrós, no surgen de la nada. Vemos que cada vez triunfan y se expanden más sus mensajes, y que están muy bien financiados. Les dicen a los chavales eso de "déjate de tonterías, tú lo que tienes que hacer es hacerte rentista, que a mí me va genial". Les hablan de rent to rent o de sacarle 2.000 euros mensuales a un alquiler por habitaciones y todas estas fórmulas con las que supuestamente te vas a hacer rico. Pero es una ilusión. El rentismo es un juego de suma cero y lo que unos ganan, otros lo pierden. Hay, evidentemente, un pequeño grupo que se beneficia de la precariedad de los inquilinos, pero es una minoría.
Dice en el libro que el gran casero de España son los fondos buitre y que, además, son muy malos caseros, porque tienden a hacer reformas vagas o no arreglar los desperfectos, entre otras prácticas. ¿Hace unas décadas hubiera sido imaginable pensar en que tanta gente adulta iba a estar compartiendo piso o que los salones de las casas de nuestros abuelos se iban a convertir en más habitaciones que alquilar?
Al rentismo lo que más dinero le dan no son los ricos, sino los pobres, porque cuando tú coges un piso y lo troceas por departamentos le puedes sacar mucho más rendimiento. Este tipo de hacinamiento ya es la norma, pero detrás vienen otras formas de precarización aún más extremas: transformar trasteros, los hoteles cápsula (pensados para turistas, pero a los que ya recurren quienes no encuentran otra salida)... Son cosas que hace cinco o diez años serían una distopía, completamente inasumibles, pero se están naturalizando.
Hay que entender que son formas de supervivencia de la población y que, si se extienden estas formas de habitar la ciudad es exclusivamente porque hay unos pocos que están acumulando muchas propiedades a costa del resto. Como decíamos, el mercado ahora mismo sí que está regulando, lo que pasa es que está regulado para favorecer la especulación.
¿Qué capacidad tiene el inquilino para enfrentarse a estos grandes fondos? ¿Qué papel juegan en esta batalla los sindicatos de inquilinas y todos los movimientos a favor del derecho a la vivienda?
Yo lo que planteo es que, ahora mismo, en términos sociohistóricos, estamos en unas fases bastante incipientes de una nueva forma de sindicalismo. Por eso, cuando hablo de activismo hago constantemente analogías con el mundo laboral, con el capitalismo industrial y con el nacimiento de los sindicatos en las fábricas y en las empresas.
Actualmente, en términos legislativos, en este país, aunque nos hablen de seguridad jurídica, los inquilinos tienen muchos menos derechos que en el resto de Europa y, además, estos derechos son insuficientes. Por lo tanto, lo único que le queda a los inquilinos, en muchas ocasiones, es desobedecer leyes injustas. Digamos que se ha llegado a un momento en el que la desobediencia civil en el ámbito del alquiler no sólo es legítima, sino que es necesaria, y esta desobediencia, va a ir a más.
Esto va a hacer que las estructuras sindicales en el ámbito del alquiler también vayan a más y que se genere una nueva fuerza social que pueda, de alguna forma, impugnar las estructuras políticas del rentismo para buscar otro tipo de regulación y otra forma de organizar el mercado inmobiliario. Este cambio se está notando ya, porque todo esto ya está en disputa. La población identifica la vivienda como el principal problema del país y está percibiendo que hay que hacer algo, que la situación se ha ido de las manos.
Su desarrollo profesional está íntimamente ligado al activismo a favor de una vivienda digna y ha formado parte de los Sindicatos de Inquilinas de Madrid y Catalunya desde su fundación. ¿Cómo ha influido está trayectoria en su forma de entender la vivienda desde el punto de vista académico y qué hay de esta experiencia social en su nuevo libro?
Creo que la crisis de vivienda nos está afectando a todos y que cada día vemos a un montón de personas que están sufriendo. A familiares, amigos, nosotros mismos… La experiencia de estar en el sindicato multiplica esto por decenas. Te lleva a encontrarse con historias muy duras y también vas viendo cómo cambia un país y los conflictos en torno a esta cohesión.
Además, también ves cómo reaccionan los distintos actores, por ejemplo, el Gobierno, y te ayuda a entender por qué es tan difícil cambiar algunas leyes o cómo se fabrica el relato mediático. Cómo los intereses de una minoría se convierten en un discurso de mayorías. Este libro me ha permitido conocer de primera mano un montón de estas experiencias y de todos estos procesos.
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