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Transporte por energía solar, ríos resucitados y otras formas de salvar la Amazonia

La preservación de la región amazónica se nutre de la autogestión a través de proyectos colaborativos entre comunidades locales y organizaciones no gubernamentales.

25/09/19- La pesca es una de las principales ocupaciones para la población de la región de Bailique, en el estado brasileño de Amapá, en la desembocadura del río Amazonas. DIEGO BARAVELLI/ GREENPEACE
La pesca es una de las principales ocupaciones para la población de la región de Bailique, en el estado brasileño de Amapá, en la desembocadura del río Amazonas. DIEGO BARAVELLI/ GREENPEACE

La división de los escaños de la Cámara de Diputados o del Senado Federal es lo de menos cuando únicamente dispones de cuatro horas de electricidad por día. Sucede en el archipiélago de Bailique, estado de Amapá (Brasil), en la mismísima desembocadura del río Amazonas, y no es algo puntual, sino una problemática común en muchos rincones de la selva.

La Amazonia tiene sus propias prioridades, por eso pequeñas comunidades locales y organizaciones no gubernamentales siguen sumando planes y proyectos para protegerla de las heridas que la atraviesan cada vez más. Los esfuerzos consisten en tomar el sentido contrario al elegido en los últimos años por los gobiernos de la región.

"Desde las seis de la tarde hasta las diez de la noche" son las cuatro horas al día de electricidad en Bailique, cuenta Zeca, uno de los productores de la zona, en conversación con Público. Con el rato de corriente suministrada por el gobierno estatal de Amapá pueden cocinar, encender las luces para cenar y ver un poco la televisión, pero la mayoría de la población vive de la producción de açaí –la pulpa de este fruto amazónico es uno de los alimentos más populares de Brasil– y de la pesca, así que necesitan energía eléctrica para mantener en funcionamiento, por ejemplo, unos frigoríficos que les garanticen el frío, urgente aliado.

En el archipiélago de Bailique disponen de cuatro horas de electricidad al día

Zeca y el resto de productores de Bailique –viven aproximadamente 10.000 habitantes en el medio centenar de comunidades que se distribuyen entre las ocho islas del archipiélago– alcanzaron el año pasado un acuerdo con Greenpeace Brasil para la instalación de placas fotovoltaicas que produjeran energía solar. "Los equipamientos todavía son bastante caro" reconoce Zeca, "pero es viable, las familias están invirtiendo". Ahora, con los frigoríficos en marcha gracias al sol, el horizonte de los vecinos del archipiélago toma otra dimensión que sirve, a su vez, de lección a los que mandan. "El poder público hoy abre las puertas para cualquier inversión de carácter industrial, principalmente del agronegocio, sin ningún compromiso con el ser humano", se lamenta el productor amapaense. "Entran y acaban con todo. Después de un tiempo, cuando ya han ganado todo el dinero que tenían que ganar, se marchan, y la población se queda en la miseria".

En Bailique quieren probar a ese poder público que son capaces de trabajar en harmonía con la naturaleza y además desarrollando económicamente a la comarca. El estado o el Gobierno Federal debería ser el que les suministrara la electricidad a tiempo completo, pero si el estado y el Gobierno Federal se han olvidado de ellos, están abocados a la autogestión.

Especies vegetales listas para una producción sostenible

Dos mil trescientos kilómetros hacia el sur, en la zona oriental de Bolivia, una evaluación de servicios ecosistémicos desarrollada por la Fundación Amigos de la Naturaleza en diez comunidades pertenecientes a una pequeña área protegida ha revelado datos inauditos en los tiempos que corren. "Hemos identificado", relata Marlene Quintanilla –directora de investigación y gestión del conocimiento de la organización–, "que allí aprovechan hasta 114 especies de plantas alimenticias; 75 especies de plantas con valor medicinal; 44 especies que aportan a la construcción y a la manufactura, y 11 especies que pueden ser usadas como fuente de energía para las comunidades indígenas".

La pulpa del açaí, fruto amazónico, es uno de los alimentos más populares de Brasil. DIEGO BARAVELLI/ GREENPEACE

Se trata de la Unidad de Conservación del Patrimonio Natural (UCPN) de Tucabaca, en el departamento de Santa Cruz. Su aprovisionamiento de recursos abre todo un abanico de opciones. Y aún restan "muchas otras especies de plantas por identificar", recalca la investigadora boliviana. Demasiado verdadero para el artificial siglo XXI, donde "los ciudadanos hemos perdido la conexión con el mundo natural, usamos los productos que encontramos en los supermercados".

Ahora Marlene Quintanilla y su equipo, desde la Fundación Amigos de la Naturaleza, se plantean cuál es la mejor manera de gestionar esta inmensa cantidad de recursos. "Estamos en una etapa todavía de investigación e identificación del potencial", explica. "Nos falta estudios para saber la densidad poblacional de las especies: si son para seguridad alimentaria local o si son suficientes en volumen como para animarnos a proponer su comercialización". Algunas de estas comunidades ya cuentan con un ramillete de productos a la venta, como aceite de copaibo, aceite de pesoé, almendra chiquitana o diversas resinas.

La importancia medioambiental de estas reservas, esa que no consiguen valorar en su justa medida los gobiernos de los países amazónicos, está cada vez mejor cuantificada. La revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) publicó a finales de enero un artículo que confirma que el 58% de todo el stock de carbono que almacena la Amazonia está siendo resguardado por los territorios indígenas y las áreas protegidas. "Estos territorios son nuestra respuesta para afrontar el cambio climático", asegura Quintanilla para este reportaje. "La adaptación al cambio climático en Suramérica depende de los territorios indígenas".

Ríos con vida en la Amazonia peruana y en la ecuatoriana

La recuperación de la vida de los ríos de la cuenca amazónica es otra de las líneas que se están siguiendo para sanar el maltrato que sufre la selva. Un modelo perfecto es el ejecutado en otro de los extremos de la Amazonia, esta vez en la zona andina. El Instituto del Bien Común (Perú) implementa con éxito el proyecto ProPachitea, para que los peces vuelvan a llenar las aguas de dos castigados cauces, el del río Pachitea y el del río Pichis. Ambos han resucitado. La tarea integra "el conocimiento indígena local con la investigación científica", y nace "como respuesta a la ausencia de instituciones, normas y acuerdos entre los distintos sectores sociales para regular la pesca y proteger los ecosistemas acuáticos de la cuenca", detallan en la croquis técnico. No había por allí nada parecido a una confederación hidrográfica, y se han visto obligados a crearla ellos mismos. Entre otros detalles, han profundizado en la investigación biológica, han cuidado la reforestación de las riberas y han promovido "actividades productivas sostenibles acuícolas, como la piscicultura".

De la alianza entre la Asociación Latinoamericana para el Desarrollo Alternativo (ALDEA) y la Nacionalidad Achuar del Ecuador (NAE) surgió hace más de un lustro un boceto utópico que ha acabado convirtiéndose en el primer sistema de transporte fluvial por energía solar creado en la Amazonia. Actualmente interconecta nueve comunidades indígenas del pueblo Achuar a lo largo de 67 kilómetros a través de los ríos Pastaza y Capahuari. El siguiente paso es que el sistema de transporte comunitario pueda replicarse en otros ríos de la región.

Frente a las nuevas leyes que facilitan la minería en áreas de preservación ecológica, frente a la deforestación voraz, el agronegocio ilimitado y la ocupación no planificada del suelo, proyectos como los mencionados se antojan indispensables, a corto, medio y largo plazo. Y creíbles, porque perdurarán en el tiempo mientras los gobiernos, de izquierda o de derecha, van pasando mirando hacia otro lado.