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Memoria histórica María Domínguez, la primera alcaldesa republicana

Fue la primera mujer que tuvo el poder del Ayuntamiento de Gallur, en Zaragoza, en la Segunda República. Maltratada por su primer marido, desde siempre mostró su conciencia feminista y su lucha por una sociedad más justa. A poco tiempo de estallar la guerra civil, fue fusilada un día como hoy de 1936

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Portada de 'Crónica' de 1932 donde se habla de María Domínguez, la primera alcaldesa republicana

“Mis padres eran unos pobres jornaleros del campo que no sabían leer ni escribir. Naturalmente, a mí también, en cuanto pude, me pusieron a trabajar. Iba a espigar, a vendimiar, arrancar trigo y cebada, a recoger olivas, a lo que salía. En los ratos libres deletreaba todos los impresos que caían en mis manos, romances de ciego, libros, cuentos de la escuela y cosas así. Me gustaba mucho. A mi madre en cambio, la enfadaba”. Así hablaba la propia María Domínguez Remón de su infancia, en el periódico “Ahora”, tras ser nombrada alcaldesa de Gallur, la primera mujer con ese cargo en la Segunda República. Para llegar hasta allí había dejado atrás un pasado doloroso, tras ser maltratada, y una infancia marcada por la pobreza. Autodidacta, como explicaba en esta reflexión, la educación fue una defensa continua.

María Domínguez tiene sus raíces en una familia humilde, en Pozuelo de Aragón. Pronto aprendió a trabajar en el campo y ayudar en las tareas de casa, pero su espíritu por aprender era superior. Por entonces, el gran logro era que una mujer joven, de un pueblo del interior de Aragón, aprendiese a leer y escribir.
A la vez también crecía la María Domínguez mujer, que recordaba mensajes de su madre como este: “Mira hija, por la calle se va siempre con la vista baja. A los hombres no se los mira”. Ella obedecía y le pusieron como mote “María, la tonta”. Dominada por el machismo de la época, sus padres concertaron un matrimonio con el que sería su futuro marido, cuando ella apenas contaba con 18 años. Nunca olvidó que aquel matrimonio fue contra su voluntad y que constituyó una desgracia.

Foto del diario 'Ahora' de María Domínguez, la primera alcaldesa republicana

Los malos tratos no tardaron en llegar. “Mi marido no trabajaba, bebía, me trataba mal. A los siete años de casada, un buen día salí de mi casa con lo puesto. Dos reales teníamos de capital conyugal aquella mañana, y los dejé. Fui a ver a una amiga, conseguí que me prestara algún dinero, y a pie por el monte, me fui del pueblo. A pie caminé hasta Navarra, hasta la Estación de Cortes. Allí tomé el tren para Barcelona”, explicaba ella misma para el periódico Ahora. Aquello no fue, por entonces, un punto aparte.

Nada más llegar a Barcelona, su marido ya había interpuesto una denuncia. Una mañana cuando salió de la casa de un familiar de su pueblo, un hombre preguntó a María si en aquella calle vivía una joven forastera. Ella respondió, con sinceridad, que acababa de llegar. “El hombre se me quedó mirando sonriendo. Luego dio media vuelta y se fue. Mientras andaba volvía la cabeza hacia mí y se le veía que seguía sonriendo. Era un agente de policía. Había ido a ver si era cierto, como por lo visto había dicho en su denuncia mi marido, que yo me había escapado con un hombre para hacer mala vida. Pero se debió de convencer de que no era más que una pobre muchacha y así se lo dijo su jefe. Entonces vino otro agente a declarar que tenían encargo de detenerme, pero como estaban seguros de que era una chica honrada y de que llevaba razón al separarme de mi marido, no me iban a perseguir”, recordaba ella misma.

Pudo respirar un poco de su vida pasada, empezar a escribir y a trabajar lejos del pueblo... hasta que un día su padre acudió a la casa y la convenció para volver con su marido, del que le aseguraba que sería mejor en esta ocasión. “Me trató peor que antes -recordaba ella, en la prensa-. Por mi parte, ya no era la pobre moza de otros tiempos, dispuesta a sufrirlo todo. A los siete días de convivencia rompí de nuevo con él, y me fui a Zaragoza a casa de unos parientes, y luego otra vez a Barcelona. Durante algún tiempo mi marido me persiguió. Cuando yo aparecía por el pueblo, me espiaba y me amenazaba. Me coloque de criada en Pozuelo, y en algún lugar de los alrededores, y anduvo detrás de mí, pretendiendo que renováramos la vida matrimonial. Convencido, sin duda, de que yo estaba resuelta a no hacerle caso, se unió a otra mujer y me dejó tranquila”, explicaba.

A partir de ahí, tras soportar los malos tratos, renace una nueva María Domínguez que decidirá ya por sí misma su vida por completo. Con los ahorros de trabajar como sirvienta, se compró una máquina para coser medias, trabajo que le daba para comer y la alejaba de las tareas del campo. Así pudo retomar lo que siempre le gustaba: leer y escribir. Reconocía que, por entonces, leía todo lo que caía en sus manos, desde folletines a dramas, periódicos viejos o vidas de santos. Escribía sin parar, con cierta rabia interior porque, como confesaba en una de sus entrevistas, “me parecía que era injusto que una pobre mujer que no le había hecho daño a nadie lo pasara tan mal como lo pasaba yo. Y decía eso en prosa y en verso, como buenamente podía”.

“Somos nosotras, las hijas del pueblo, las únicas que tenemos derecho a levantar la voz, porque somos las más perjudicadas en estos atentados a las libertades femeninas"

Aquella sensación de impotencia la trasladó en una carta al antiguo diario El País. Su director se conmovió con aquel texto. Ver aquel artículo publicado fue el impulso definitivo que necesitaba aquella lejana niña del campo, autodidacta, que ya era una mujer que se había hecho así misma. Con aquella fuerza empezó a colaborar con El Ideal de Aragón, lo que le acercó a un entorno republicano.

Su conciencia feminista y de compromiso social brota en sus primeros textos. “Somos nosotras, las hijas del pueblo, las únicas que tenemos derecho a levantar la voz, porque somos las más perjudicadas en estos atentados a las libertades femeninas. Las grandes damas aristocráticas no pueden sentir estos mismos anhelos, porque ellas disfrutan de todos los privilegios. Qué saben ellas de privaciones y amarguras”, escribía en uno de sus artículos.

Entre tanto, dejó de coser medias tras recibir una propuesta de un amigo profesor en Almandoz, en el valle de Baztán. La oferta era que ella misma impartiera clases en la escuela de un caserío, en Mendiola. Había leído, por entonces, a muchos autores, pero reconocía que en otros aspectos podía no tener la formación que se requería. Entonces llegó a un trato con su amigo, el maestro. A las siete de la mañana abría la escuela y la cerraba a las diez. Caminaba una hora hasta Almandoz, donde su amigo profesor le explicaba la lección de la tarde. Una vez aprendida, hacía otra hora de camino hasta regresar a la escuela, la abría a la una de la tarde y la cerraba a las tres. De nuevo hacía otra vez el camino hasta Almandoz para que su amigo le explicase la lección de la mañana. Así, cada día, sumaba unas once horas de trabajo.

Y, a la vez que impartía clases, María estudiaba para lograr el ingreso en la Escuela Normal de Pamplona. Pero un día enfermó gravemente. El médico indicó que el clima de las montañas afectaba a su salud y recomendó que regresara, de nuevo, a Zaragoza. Así lo hizo, lo que derrumbó aquella nueva vida para volver a coser medias.

Por entonces, tampoco podía asistir ya a las clases de la Escuela, así que se matriculó en horario nocturno (porque por la mañana trabajaba) en la Escuela de Artes y Oficios para seguir aprendiendo como maestra. En aquella dinámica, la enfermedad vuelve. Una gripe la mantiene en cama durante un año y medio. Con apenas dos pesetas en su bolsillo, puede seguir hacia delante con la ayuda de sus amigos del periódico y una compañera camarada, que la ayudó con el coste de las medicinas. Se salvó de aquella tremenda gripe, pero en el aire quedó su deseo de ser profesora. Así que regresó a casa con sus padres, a coser medias y a recoger trigo o cebada del campo. Volvió al mismo punto de partida que había dejado años atrás.

El tiempo pasó. En 1922 muere aquel marido del que no podía separarse. Ya viuda, años después, se casa de nuevo con un hombre al que quiere, y se traslada con él a Gallur. Junto a él, participó en la constitución de la UGT. Por aquel entonces, tuvo la oportunidad de volver a escribir, de nuevo, en el semanario socialista Vida Nueva. En aquella ocasión sus textos siempre iban dirigidos a la capacidad del movimiento obrero, sus derechos y necesidades. En aquel seminario, sobre un sindicato católico, firmaba con vehemencia: “El pueblo de Gallur no necesita caridad, sino justicia y trabajo. No es justicia ni caridad dar una limosna para que vaya muriendo poco a poco la familia, si no buscar los medios para que no falte trabajo, para que pueda con dignidad y sin humillaciones, ganar el sustento preciso”.

Fue fusilada por los golpistas en las tapias del cementerio de Fuendejalón

En 1932, ocurre una crisis en el Ayuntamiento de Gallur y el Gobernador civil crea una Gestora Municipal con ella como presidenta. Es así como María Domínguez llega a convertirse en la primera alcaldesa. Estaría poco tiempo, hasta 1933, cuando decidió retirarse para dedicarse a escribir y a la docencia. Pero todo el mundo recordaba aquel mandato, donde ella fue la encargada de gestionar las 156.613 pesetas del presupuesto municipal. Siempre tuvo claro dónde destinar la mayor parte: “primero que nada hacer un edificio para escuelas”. Cuando dejó su cargo, entre su etapa dedicada a la escritura, se publicó su libro “Opiniones de Mujeres”, donde defendía la ley del divorcio y la igualdad.

Con el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, María huye con su marido a casa de su hermana en el pueblo donde nació, para encontrar refugio. Días después fue detenida. El siete de septiembre de 1936, aquella mujer que defendía un país más avanzado y justo, pero que se sentía dolor por tan mala suerte en su vida, fue fusilada por los golpistas en las tapias del cementerio de Fuendejalón. El franquismo ya se cuidó de que sus logros, sus deseos y su nombre quedaran en el olvido.

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