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Oussa, el polizón del puerto que nunca cogerá el ferry

Tenía 17 años y vivía en Melilla. Mendigaba en la calle junto a otros menores fugados del centro de acogida. “Buscar la vida, amigo”; ese era su día a día y así fue como tropezó con la muerte.

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(Izquierda) Oussa Fassi en en imagen antigua. (Derecha) Los buzos sacan el cadáver de Fassi del las aguas del puerto de Melilla.

melilla, Actualizado:

MADRID.- Conocí a Oussa Fassi ─así se llamaba en Facebook, tal y como escribió en mi antebrazo hace pocos meses─ en la puerta del CETI de Melilla. Me dijo que tenía 17 años; y le creí. Su preocupación por el corte de pelo, estilo mohicano, así lo atestiguaba. Era marroquí, de Fez; aunque llevaba varios años en España. Mejor dicho, en Melilla, esa burbuja del tiempo que aún persiste en el norte de África, donde el modernismo catalán convive con las casas estilo colonial y con las barriadas de pobres musulmanes donde germina el yihadismo de entre la miseria que sólo se palia con la venta de drogas y algún que otro robo.

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La primera vez que vi a Oussa, deambulando entre subsaharianos y refugiados sirios y kurdos, con una sonrisa de oreja a oreja, entendí que era mayor que yo. Me miró a los ojos, bajó la vista hasta mi cámara réflex e intuyó lo propio: un periodista español o, en cualquier caso, europeo anda por aquí buscando una buena fotografía.

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"Eh amigo, un euro por un retrato", me dijo. Le consté que ésa no era mi forma de trabajar. Meneó la cabeza pero no se marchó. Le tendí la mano y me la estrechó. Estaba sucia y era áspera; consecuencia de trepar cada día una valla de hierro oxidado que el Gobierno de Melilla ha colocado para impedir inútilmente que los "menores no acompañados" ─eufemismo de la neolengua para definir a los chavales inmigrantes que deambulan mendigando por las calles─ no puedan llegar a lo que diariamente es su dormitorio, las rocas del puerto. En el caso de Oussa sí ha servido. Un resbalón en su salto a casa, al parecer, hizo que diera con sus huesos en las rocas y, después, en el agua.

"Vivo en la calle, de aquí para allá. Buscar la vida, amigo". Fue así como se encontró con la muerte

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"Soy Oussa", me dijo. "¿España?", preguntó. Le contesté que sí, que estaba allí haciendo un reportaje de la valla fronteriza tan de moda en los medios cuando cientos de negros que no le importan a nadie hacen que se tambalee. Le pregunté qué hacía allí y donde vivía, y su respuesta vino acompañada de un rostro inexpresivo, secuela del pegamento que inhala con sus colegas para matar el tiempo: "Vivo en la calle, de aquí para allá. Buscar la vida, amigo". Fue así como encontró la muerte.

Oussa Fassi en la puerta del CETI de Melilla, en mazo de 2015. -JAIRO VARGAS


Ante mi negativa a pagarle un posado que otros compran sin tapujos me pidió mi teléfono. "A quién quieres llamar", pregunté. "Sara. La quiero mucho. Es china". No me fiaba del todo. ¿Cómo iba a dejarle mi smartphone a un inmigrante marroquí, curtido en la supervivencia y rodeado de una pandilla de niños, mayores a la fuerza, que te miran mientras comentan con sus colegas vete tú a saber qué forma de liársela a un españolito?. "Dame el número y yo la llamo", propongo. Ousa se curva hacia sus pies, abre el velcro de su deportiva izquierda y saca un pedacito de papel en el que figura un número. Llamo pero nadie responde. "No contesta, tío", le digo. Se encoge de hombros y masculla algo así como "es buena gente, es mi hermana". Minutos después suena el teléfono. Era Sara que devolvía la llamada. Contesto diciendo que un amigo suyo me ha pedido el teléfono para hablar con ella, que espere mientras lo busco. "¡Oussa! ¡Es Sara!", grito.

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Le pregunto cómo ha llegado hasta Melilla, cómo ha cruzado la frontera. La respuesta es más fácil de lo que imaginaba: "Corriendo rápido". Así cruzó el paso fronterizo de Beni Ensar. Si se corre lo suficiente en el momento apropiado, ni la Policía marroquí ni la española reaccionan a tiempo. La Policía no le gusta nada. Odia a la marroquí porque escarmienta a hostias a los niños que, como él, no tienen nada; sin detenciones ni multas. Y detesta a la española porque pega menos, pero no le tiembla el pulso para meterlos en una furgoneta con destino a dependencias de los agentes alauitas, ignorando la legislación internacional que obliga a los Estados a dar asilo a los menores no acompañados. Podría no creerle, pero en cuatro días en Melilla vi esa operación por triplicado. El Ministerio del Interior nunca lo reconocerá, pero en la ciudad autónoma es el pan de cada día.

Oussa Fasi (derecha) junto a cuatro amigos en la puerta del CETI de Melilla.- JAIRO VARGAS

A veces, los agentes se escudan en que los menores se escapan del centro de acogida. En Melilla hay dos; pero el de carácter público está saturado. Se llama el Fuerte de la Purísima, pero Oussa lo abrevia. "De la Purísima me escapé", reconoce el joven. Prefería vivir en la calle que un centro saturado que acoge a 220 menores y tiene capacidad para tan solo 180. Además no hablaba bien de su director ni de otro señor que no era nadie pero parecía mandar mucho de puertas adentro. A veces había golpes, palizas y hasta se han denunciado abusos sexuales. "La Purísima muy mal, prefiero la calle", dice con las manos metidas en el bolsillo de su chándal Nike.

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Oussa prefería vivir en la calle que en un centro de acogida saturado en el que se han denunciado malos tratos y abusos

En Melilla sobrevivía, pero Oussa quería vivir. Tanto empeño puso que al final murió en el intento. Su plan, como el de muchos otros, era colarse en un ferry, ser un polizón que desembarca en Málaga y, de ahí, seguir adelante hasta tener un trabajo. "¿No tienes familia en Marruecos?", pregunto. "Marruecos muy pobre, allí no familia", contesta. Su castellano le impide explicar si es huérfano, si su familia era tan miserable como para no guardar en su zapatilla el número de teléfono de su casa o si simplemente se escapó. Allí hay de todo.

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