Prometeo encadenado: los nuevos señores feudales de la nube
La acumulación de capital en las grandes compañías del capitalismo de la vigilancia, que promueve la explotación de los recursos naturales y de las personas, amenaza el contrato social y las democracias.

Lugo--Actualizado a
¿El próximo confinamiento mundial será para evitar el calentamiento climático irreversible? En el sueño siento que la respuesta a esa pregunta es "sí": sí, el próximo confinamiento mundial que vivamos será para evitar a la desesperada el calentamiento climático e irreversible de nuestro planeta. Así que en la visión onírica, estoy en mi habitación y miro a través de la ventana: gente corriendo por la calle, alarmada. Y escucho una sirena general que lo invade todo. Lugo apocalíptico. ¿Cómo es posible? Entonces, en el entresueño, comienzo a comprender mientras me restriego los ojos: suena la alarma de mi móvil varias veces hasta que me doy por vencido y me despierto. Me yergo, la desconecto y voy a la ducha. Ese gesto cotidiano aparentemente trivial en mi Android (el sistema operativo de Google para móviles que vio la luz por vez primera en 2008) pasa a ser propiedad de esta empresa que, de una lado, puede que lo utilice para mejorar el servicio de la aplicación, pero, de otro, servirá para engrosar el llamado "excedente de conducta": toda esa ristra de datos relativos a mi información personal, mis hábitos, mis gustos, y muchas otras cosas que constituyen nuestra huella digital y forman parte de nuestra identidad.
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Me visto y preparo el desayuno del niño, reparando en el botón del bluetooth de la trituradora donde eché la piña y el zumo de las naranjas, con el recuerdo inquietante de mi sueño. Pero es difícil eludir la tragedia climática, dada la tendencia del capitalismo a agotar los bienes comunes. La fusión de la oligarquía de las eléctricas con el "capital en la nube" podría provocar que perdamos nuestra capacidad como demos (comunidad, sociedad, especie) para elegir las prácticas energéticas que queremos que acompañen nuestra vida. Las generaciones jóvenes precisan entender que impedir el calentamiento del planeta implica combatir la amenaza actual. Contra lo que sugiere su nombre, la nube es una aglomeración de silicio, cables y metales pesados que se concentra en lugares muy concretos y consume enormes cantidades de energía contaminante. En 2020 se calculaba que este tipo de infraestructuras –propiedad de los señores feudales de la nube–, donde se almacenan los excedentes conductuales que desarrollan los algoritmos predictivos, eran ya responsables de la emisión del 4% de CO2 a la atmósfera. En este sentido, países como Japón advierten de que en 2030 la red energética superará su capacidad total de suministro eléctrico.
Mientras sube el café, reparo en el televisor y pienso en el dispositivo ChromeCast que Google sacó en 2013 y que, desde hace un par de años, cuelga de la parte trasera de la tele. Se conecta al Google Home, una aplicación que apareció en el mercado en 2018.
Mercado mundial de los hogares inteligentes
Se calcula que en ese año el volumen de negocio del mercado mundial de los hogares inteligentes (termostatos, hornos, neveras, televisiones, duchas o asistentes digitales del hogar) ascendió a unos 36.000 millones de dólares, y a alrededor de los 151.000 millones en 2023. Lo que Shoshana Zuboff, profesora de Harvard, define como "capitalismo de la vigilancia" en su monumental obra La era del capitalismo de la vigilancia, reclama por su cuenta y para sí la experiencia humana: toda aquella información nuestra que puede ser recogida por estos aparatos, entendiéndola como una materia prima gratuita que se puede traducir en datos de comportamiento que, a su vez, serán rentables posteriormente en lo que Zuboff denomina "mercados de futuros conductuales".
Esta es la esencia del capital de mando algorítmico basado en la nube. Buena parte de esta nueva labor se efectúa bajo el paraguas del trato personalizado, que es una manera de camuflar una serie de agresivas operaciones de extracción que explotan las profundidades íntimas de la vida cotidiana como si de una mina se tratara.
Bajo el paraguas del trato personalizado, camuflan operaciones de extracción que explotan las profundidades íntimas de la vida cotidiana.
El día de la pandemia, la bolsa de Londres subió un 2,3%. Y fueron precisamente la pandemia y la avalancha de dinero público que ésta desencadenó las que marcaron el comienzo de la Era del Capital en la Nube, que aceleró definitivamente un proceso iniciado entre 2002 y 2005. Éste viene definido por captar la atención, fabricar deseos y modelar conductas, impulsar el trabajo proletario (en la nube), favorecer la mano de obra gratuita y masiva (la "servidumbre" de la nube; nosotras mismas contribuyendo con nuestra actividad en las diferentes plataformas, redes y aplicaciones) y crear espacios de transacción digital privatizados ("feudos" digitales, como por ejemplo amazon.com). Adwords, la aplicación que Google lanzó en 2002, descubrió que pagamos más por la mañana que por la tarde; más en la oficina que en casa; y profundizó nos nuestros historiales de compras, gustos televisivos, quién de nosotros es proclive a comprar cosas en la red a las dos de la mañana...
Durante el desayuno le entregamos a mi hijo un ejemplar de cómic de Miguelanxo Prado que le cogimos el día anterior en el Culturgal, con un bonito dibujo del autor con dedicatoria incluida. "Le falta el sello de un buen ex libris", pienso. Entonces recuerdo el que siempre llevo conmigo a los eventos literarios por si tocara firmar, y que llevé también al Culturgal: un regalo hermoso de la Editorial Xerais en 2017 por formar parte del jurado de novela, con el dibujo del mar, un pez y el sol.
"¿Me dejas jugar un poco al Brawl Stars antes de ir al partido, papi?", pregunta mi hijo, refiriéndose a un juego que descargó en mi móvil y en el que puede jugar en línea continuamente cuando anda con algún amigo del instituto, a falta de un móvil propio. Niego con la cabeza y vuelve al libro. Entonces abro Facebook y me salta, como si nada, un anuncio de vídeo de una marca de ex libris aparentemente iguales al mío pero que nunca había visto.
Patentes de Google
La sorpresa que nos invade ante este tipo de situaciones es parte del problema, pero en una patente inscrita por Google en 2003 ya se describían técnicas que harían que cada vez que un usuario consultara algo en su motor de búsqueda, el sistema le presentaría simultáneamente una configuración específica de un anuncio particular, en una fracción de tiempo ínfima. Los datos que Google es capaz de extraer de nosotros en la actualidad (también con el uso de micrófonos y cámaras de los móviles a través de complicadas configuraciones que difícilmente puede controlar ningún usuario) hacen que haya un avance vertiginoso en la predicción de nuestros comportamientos futuros, lo que explica hechos de esta naturaleza, aparentemente mágicos: excedente conductual, ciencia de los datos, infraestructura material, potencia computacional, sistemas algorítmicos y plataformas automatizadas. Todo traducido en miles de millones de subastas al mejor apostante.
Pero no somos "clientes" del capitalismo de la vigilancia. Y a pesar de que el proverbio habitual diga que "cuando el producto es gratis, el producto eres tú", tampoco es esa la manera correcta de verlo. Somos las fuentes del excedente del que se alimenta el capitalismo de la vigilancia. Desposeídas de parte de lo que nos constituye. Los verdaderos clientes del capitalismo de la vigilancia son las empresas que comercian en los mercados que éste ha organizado en base a nuestros comportamientos futuros.
Las cinco empresas principales del capitalismo de la vigilancia o del capital en la nube –Apple, Google, Amazon, Microsoft y Facebook– derribaron los dos pilares del capitalismo. Así, donde antes había mercados y beneficios, ahora hay plataformas de comercio digitales –feudos y renta–. La renta de la nube; el pago para acceder al feudo.
El mercado y los beneficios siguen siendo omnipresentes, pero fueron expulsados a las márgenes del sistema. La diferencia entre la renta y el beneficio es sutil y cualitativa. Mientras este es voluble y vulnerable a la competencia, la renta es el acceso privilegiado a bienes cuya oferta es rígida y restringida. No se pueden generar más recursos de este tipo. Al igual que el capitalismo desbancó al feudalismo, sustituyendo la tierra por el capital como factor de producción dominante, en el actual contexto el capitalismo fue desplazado por una mutación del capital gracias a ese "capital en la nube". Mientras Google, Alibaba, Facebook, TikTok, Tencent y Twitter disfrutaban de su feudo en la nube, Elon Musk no tenía esa puerta de entrada de una aplicación para todo. Esta circunstancia es la que motiva en gran parte movimientos aparentemente díscolos de personajes como él y su polémica adquisición de Twitter con la posterior transformación en X.
"¿Puedo ver un poco los dibujos antes de irnos?", pregunta mi hijo de nuevo, al terminar el desayuno. Miro la televisión y le digo que sí. Pienso en la Televisión de Galicia. Apenas la veo, excepto el ZigZag. Abro X en mi móvil después de recoger la mesa, requerido por las notificaciones constantes desde que no lo uso y me di de alta en Bluesky. Así que entro en el perfil de Roberto Vilar. Me sigue desde hace años, pero yo no lo sigo a él. Entonces comienzan a desfilar reels de el Land Rober Tonight Show en esa feria que es la línea temporal. No les presto mucha atención, mientras pienso en cuándo dejé de ver la televisión, hace ya muchos años.
Redes sociales, pensamientos y argumentos complejos
Como las redes sociales, una gran parte de la televisión supone lo contrario del proceso necesario para elaborar un pensamiento profundo o comprender un argumento complejo. El timeline de Facebook, Twitter o Youtube ofrece contenidos inconexos, una catarata de información impredecible: la manifestación de Altri y los goles de Ronaldo; una receta de cocina y memes racistas; Tellado haciendo el ridículo en el atril del Congreso y un salto de un indonesio desde un acantilado al mar; mentira y fantasía, la fiesta de A Fonsagrada y el supuesto montaje de la llegada a la luna de los yanquis... Pero se acomoda a la naturaleza del "imperativo de extracción" del excedente conductual: cuanto mayor es el número de trozos de realidad y más inconexos son, más nos enganchan. Es lo que en la industria del juego se llama "event frequency" o "frecuencia de estímulo". Así, dejo el móvil, frustrado, pensando si somos adictos a la política, a la actualidad, a los goles de un fútbol que hoy ya no existe... Pero no: a lo que somos adictos es a la secuencia rítmica y fragmentada de las redes sociales.
Cogemos los abrigos y salimos de casa al tiempo que le doy vueltas a esta cuestión. Bajamos al portal y allí un repartidor de Amazon timbra en otro piso. Amazon se ocupa de los fabricantes de productos físicos (las empresas tradicionales del llamado "capital terrestre"), mientras otras como Uber, Lyft, GrubHub, DoorDash e Instacart se centran en el "precariado" (conductores, repartidores, limpiadoras…), al que cobran una comisión fija de sus ingresos, una renta. Subimos en el coche camino del partido y el teléfono se conecta al sistema de música. El niño me pide consultar el campo en la aplicación de la Federación Gallega de Fútbol. Louzán. ¿Es del tecnofeudalismo? ¿O es de Ribadumia? Enciendo la radio pero enseguida tengo que apagarla para no jurar en alto al escuchar a "nuestro hombre en Madrid".
Somos las fuentes del excedente del que se alimenta el capitalismo de la vigilancia. Los verdaderos clientes son las empresas que comercian en base a nuestros comportamientos futuros
Marta Peirano, la autora de El enemigo conoce el sistema (Debate, 2019), señala que son dos los elementos fundamentales que intervienen en la escalada de polarización que viene de la mano de la proliferación de los llamados tabloides, pero también en los inflamados debates políticos en las redes sociales: el sesgo de confirmación y el efecto de falso consenso.
Información que confirma lo que queremos creer
El primero es la tendencia que tenemos a favorecer la información que confirma lo que queremos creer y descarta lo que la contradice (le escuché a uno afamado constructor lucense, en su habitual matiné con los peces gordos del gremio en el restaurante España: "¡Europa no nos lo cobra! ¡Pero nos va a venir de vuelta! ¡Y lo dijeron, lo dijeron! ¡Lo dijeron aquí! ¡Y aquí lo tienes!", decía, mostrando triunfal el móvil como se esgrimiera la Tizona del Cid).
El segundo es que acostumbramos a sobreestimar la popularidad de nuestros puntos de vista. Recuerdo cuando pensé en las elecciones gallegas de 2020 que la izquierda podía tumbar a Feijóo. Estaba muy convencido. ¡Además, contaba con el aval del Twitter! Y la inteligencia de las máquinas —el algoritmo— explota esto, la llamada polarización, fruto de un modelo publicitario muy concreto. Un porcentaje importante de los 2.300 millones de personas que leen Twitter y Facebook lo hacen como si fueran medios de comunicación (en amplias regiones del planeta hay una tarifa reducida por la que la gente puede conectarse únicamente a Facebook o TikTok siendo ese su acceso a la red). No lo leen como si fuera un contenido diseñado a medida por empresas expertas en la publicidad basada en modelos predictivos y campañas políticas.
Una inmensa mayoría ni siquiera sabe que Facebook puede publicar noticias falsas sin temer una demanda, cosa que un periódico, no. En el mismo libro, leo que dos investigadores de la Universidad de Warwick, en Reino Unido, estudiaron 3.335 ataques contra refugiados en Alemania, analizando todas las variables posibles. Encontraron que la única significativa era Facebook: los inmigrantes sufren más ataques violentos en las ciudades donde hay más usuarias/os de Facebook. Y esto es parte de un ecosistema mediático fraudulento.
El "monstruo amable", enunciado en 2012 por Raffaele Simone, crece impulsado por el nuevo rostro de lo que Yanis Varoufakis —exministro griego de Economía del gobierno de Tsipras que fue a lidiar con los halcones de la troika europea antes de dimitir en 2015— bautiza en su último libro como "tecnofeudalismo". La intolerancia es la compensación emocional de este nuevo sistema económico por las frustraciones y ansiedades que experimentamos en relación con la identidad y la atención. Mientras, los algoritmos optimizan las rentas en la nube. Varoufakis habla también del "Minotauro": el proceso que en el período comprendido entre los años 70 y el 2008 desembocaría finalmente en la crisis financiera mundial. En la década de los 80, los derivados financieros cobraron en última instancia formas complejísimas que ni sus creadores fueron capaces de comprender, cuando habían sido ellos quienes habían ideado los propios algoritmos que los regían.
Una inmensa mayoría de la gente ni siquiera sabe que Facebook puede publicar noticias falsas sin temer una demanda, cosa que un periódico no
En el trayecto de vuelta del partido, el niño hace una pregunta importante, de nuevo con el libro de Miguelanxo Prado entre las manos. "¿Vamos a ir a la manifestación de Altri?". Respondo que sí, observando su libro, y pienso en Durkheim, en los destructivos efectos de la desigualdad social sobre la división social del trabajo, y en lo más peligroso de todo: la asimetría de poder extrema que hace imposible el conflicto en sí porque niega el derecho mismo a combatir.
Vidas comunicadas en la red
Esto tiene lugar sobre lo que Zuboff llama el "problema de los dos textos": en el primer texto están a la vista nuestros blogs, nuestros vídeos, nuestra música, nuestros comentarios, nuestros "me gusta" e interesantes intervenciones, la confusión de nuestras vidas comunicada en la red. Pero todo lo que incluimos en el primer texto se convierte en excedente y material que llena las páginas del segundo, que nadie ve excepto quien maneja el cotarro. Y no tiene nada que ver con una democratización de la información para una sociedad mejor. Lo que el ordenador pone en peligro es la autonomía humana; garantizar la libertad de la que se nutre la democracia requiere de un uso social acertado de la información, también de ciertas dosis de ocultación de lo que somos. ¿Quién sabe? ¿Quién decide? ¿Quién decide quién decide? Sin saber lo que enfrentamos, es difícil organizarse.
Frente a la amenaza de la desregulación que favorece la aceleración del sistema actual, con su injerencia en el funcionamiento de las sociedades democráticas; su asimetría aberrante; la contaminación del debate público y la polarización; la voluntad de influir y monetizar todos los campos de la experiencia humana destruyendo los vínculos que nos constituyen como ser sociales; la incidencia en el calentamiento global o en la carrera armamentística, es difícil no sentir vértigo y frustración. Sobre todo al mirar tu hijo con un libro en la mano, como si éste aún fuera un arma cargada de esperanza. Sartre dijo que la libertad no es sino la existencia de nuestra voluntad. Que no es suficiente con querer. Hace falta querer querer. Este es el acto que garantiza nuestra condición de ser autónomos, el corazón definitivo de la civilización. Las palabras trabajan. La voz nace de un peligro. Queremos pensar, con el pensador griego, que Prometeo le robó aa Zeus el fuego en nombre de la Humanidad. Y que lo hizo con la esperanza de que iluminara nuestras vidas sin quemar la tierra.
Entretanto, mi hijo abre el libro y dibuja en su imaginación la promesa de la utopía.





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