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Explotación sexual Gallegas prostituidas en Buenos Aires: la cara oculta de la emigración

La capital argentina fue uno de los destinos de la trata de mujeres europeas a comienzos del siglo pasado, aunque la ausencia de documentación y fuentes directas han provocado que las víctimas españolas permanezcan en el olvido.

Una mujer es subastada para explotarla sexualmente. / ESTÃDAO
Una mujer es subastada para explotarla sexualmente. / ESTÃDAO.

Hay un reverso de la emigración gallega a Buenos Aires que todavía hoy permanece opaco: las mujeres prostituidas en la capital argentina. No existe suficiente documentación que ilustre de forma diáfana la explotación sexual a la que fueron sometidas, ni tampoco las malas artes de sus proxenetas, pero la prensa, la literatura, la música y algún testimonio puntual evidencian una realidad de la que también se hicieron eco los centros regionales —que advirtieron de los peligros de viajar a América y crearon entidades que velaban por su integridad— y las autoridades españolas, como se refleja en la propia legislación.

Pilar Cagiao Vila, profesora titular de Historia de América en la Universidade de Santiago de Compostela (USC), se muestra prudente a la hora de analizar la trata de mujeres con fines de explotación sexual, debido precisamente a la escasez de documentación y a la ausencia de fuentes directas, sobre todo de las víctimas. No obstante, sus investigaciones la han conducido a la existencia de "un proxenetismo de matriz galaica, aunque no se puede señalar a personas concretas", que se aprovechó de sus paisanas. "Los peligros que acechaban a las mujeres se dieron a lo largo de todo el proceso migratorio. Desde el mismo momento en que pisaban el barco, ya corrían ese peligro", explica a Público.

Más que de una red de explotación sexual, la experta en migraciones Europa-América prefiere hablar de una "estrategia en red", que también se lucró con las necesidades de los hombres que decidieron mejorar su vida zarpando hacia el nuevo mundo. "Había ganchos que actuaban en comandita con las compañías navieras para sacar tajada y cobraban comisiones por los billetes. No sería de extrañar que estos espabilados tuvieran conexiones con emigrantes que se habían marchado antes", apunta la autora de Muller e emigración (Xunta de Galicia).

Los agentes, a veces contratados por los países de adopción, recorrían los pueblos para convencer a los paisanos de que viajasen a América y, además de encarecer el precio del pasaje, se ofrecían para conseguirles documentación legal o falsificada. También podrían haber existido ganchos cuyo fin era captar a muchachas jóvenes, con falsas promesas laborales, aunque el éxodo de mujeres se produjo ya entrado el siglo XX, pues antes la emigración era sobre todo masculina. No solo de Galicia, sino de otros muchos países europeos, lo que provocaría una presencia mayoritaria de hombres que favorecería la proliferación de burdeles en Buenos Aires.

"No cabe duda de que hubo jóvenes prostituidas, pero los testimonios son muy indirectos y no existen fuentes documentales, pues no constan como gallegas, sino como españolas. No obstante, a partir de algunos relatos podríamos deducir que pudo haber gente que captase a chicas en Galicia. Aunque la literatura sea ficción, se inspira en la realidad del momento. En todo caso, no hay una constancia absoluta", deja claro Cagiao. Otro obstáculo para determinar el origen de las mujeres explotadas sería el propio término de gallega, que en América es sinónimo de española, lo que dificultaría aun más las investigaciones.

Los periodistas y escritores europeos que visitaron Buenos Aires en la época analizaron sobre todo la prostitución de francesas y polacas, por lo que hay que rebuscar en sus propias obras y en las de terceros la explotación a la que fueron sometidas las oriundas de Galicia. Además, como subraya la historiadora de la Universidade de Santiago, las organizaciones más populares tuvieron eco debido a que fueron procesadas judicialmente, como sucedió con la mafia judía de la Zwi Migdal. "Seguramente hubo proxenetas gallegos, como sucedió en Cuba, pero no hubo un juicio que registrase nombres y apellidos. Pese a ello, Horacio Vázquez-Rial implícitamente se aproxima al tema en esa dirección".

La realidad oculta de las mujeres que fueron captadas con falsas promesas para viajar a Argentina o las que, una vez allí, ejercieron la prostitución debido a sus necesidades económicas se refleja de alguna manera en la novela del escritor porteño Frontera Sur, donde Teresa es forzada a prostituirse tras ser engañada por su amante. "Interpretada en el cine por Maribel Verdú, su figura está inspirada en esa posibilidad, porque los comportamientos humanos se repiten en circunstancias similares", cree Cagiao, en referencia a que la trata se dio en todas las comunidades.

Así, Alberto Londres relata el desembarco de inmigrantes en El camino de Buenos Aires: "Italia, España, Polonia, Rusia, Alemania, ¿qué más? Siria y el País Vasco, día tras día, como si se tratara de llenar un terreno baldío por construir, arrojan allí su excedente de material humano". No solo de trabajadores, sino de mujeres que padecieron el acoso y la agresión sexual nada más dejar su tierra atrás. "Los peligros que las acechaban se dieron a lo largo de todo el proceso migratorio. Desde que subían al buque ya corrían el riesgo de ser violadas por otros viajeros o por la tripulación, que las podía privar de comida si no accedían a sus demandas sexuales", explica la historiadora, quien cita las palabras Elisa Soriano, médica de la Marina Civil que trabajó como inspectora en dos líneas de pasajeros.

"El barco resulta ser una gran escuela de corrupción. Todos sabemos que la gente de mar, marineros, fogoneros, etc., son individuos de moral más que dudosa [...]. No es extraño, pues, que la moral y virtud de muchas de ellas sufran notable quebranto durante la travesía [...]. En vano trata la legislación de emigración de prevenir y evitar esto, pues la separación absoluta de los sexos en un barco es algo teórico y prácticamente imposible, dado que la mayoría de los casos son pasajeros de tercera los ganchos encargados de arrastrarlas al precipicio...", escribe en La mujer y el niño en la emigración (Boletín de la Subdirección General de la Emigración) Soriano, quien asegura que en los años veinte las españolas fueron un objetivo claro de las redes.

"En mi viaje de retorno he tropezado con una mujer de edad indefinida (pasaba de los sesenta), la cual llevaba hechos, según afirma, más de dieciséis viajes de ida y vuelta a España. ¿Se explica este ir y venir de algún modo satisfactorio en una mujer de humildísima apariencia, viajando en tercera clase, sin vínculos familiares en la península? Sin querer la imaginación vuela al pensar que tal vez es la emisaria encargada para hacer la recolección para esta nueva esclavitud que es la trata de blancas". La inspectora médica sugiere que, además de en el origen y en el destino, la captación también se producía en los propios navíos.

Sus palabras fueron recogidas por Cagiao en Género y emigración: las mujeres inmigrantes gallegas en la Argentina, uno de los capítulos de La Galicia austral: la inmigración gallega en la Argentina, de Xosé Manoel Núñez Seixas. En el libro también reproduce el testimonio de Carmen Cornes, que emigró a los dieciséis años con otras tres niñas, una de ellas de doce años, de la mano de un conocido que ejerció de tutor: "Cuando llegamos a Río empezó a venir gente que nos decía que vente acá, vente acá. Llegaban a buscarnos al barco a las chicas más jóvenes. Y después me enteré de que había tratantes de blancas ahí". Otras, para burlar la normativa, usaban todo tipo de subterfugios, como falsos certificados matrimoniales.

La legislación española también hacía referencia, de forma velada, a la prostitución, puesto que prohibía viajar a las solteras menores de veinticinco años no acompañadas, quienes además debían justificar que serían recogidas en el país de destino por personas de solvencia moral para que evitar que cayesen en "corrupción de costumbres". Esa actitud "paternalista tradicional" no impidió que fijasen como objetivo la ciudad porteña, a juicio de Cagiao, quien cita el caso de una muchacha que fue violada a bordo, ingresó en un psiquiátrico y nunca se recuperó.

"Decidida la emigración, para muchas mujeres la incorporación a América será más dramática que la del hombre. Las penurias y sinsabores comenzaban en el momento del viaje", escribe la historiadora en el citado libro. "Pese a las restricciones, la Argentina parecía no tener otro rival en América en cuanto a la atracción representada para las mujeres. A excepción del período 1895-1898, y posteriormente 1928, las españolas eligieron este país como destino en una proporción mayor a los hombres [...]. Hacia 1895 se destacan por número las registradas en los niveles más bajos de la estructura ocupacional, como el servicio doméstico (sirvientas, mucamas), costureras, lavanderas, cocineras y planchadoras. Algo similar ocurre en el censo de 1914, fecha en la que las extranjeras adultas habían pasado respecto de 1869 del 25 al 37%".

No constan aquí las que podrían haber ejercido la prostitución, aunque las medidas adoptadas por algunas entidades evidencian que habrían tratado de evitarlo. Así, la Sociedad Pro-Galicia fue fundada en 1908 con el fin de construir un hospedaje para personas sin trabajo. Cagiao razona que la intención de crear un departamento exclusivo para mujeres "podría resultar indicativo de un cierto afán proteccionista sobre las gallegas recién llegadas". Con el fin de atender "a las jóvenes que llegaban solas, quienes —por falta de apoyo y experiencia— corrían el peligro de caer en la prostitución", se creó en 1912 el Patronato Español de Buenos Aires, que también cuidaba de los huérfanos e hijos de inmigrantes. Las chicas eran recogidas en el puerto y después educadas por religiosas hasta que se casaban o encontraban un trabajo.

Esos temores fueron reseñados en la prensa de la época, como refleja la ardua labor de documentación de Pilar Cagiao, quien reproduce una columna publicada ese año en El Eco de Galicia que advierte de los peligros a los que se enfrentan "nuestras paisanas", que sirven "en casas de pu­dientes familias para preservarse de un naufragio inevitable de su honestidad acechada en calles y plazas por gavilanes sin corazón ni conciencia que espían esta ocasión de paupérrima necesidad para clavar en las castas palomas sus despiadadas uñas y despedazarlas con el pico de su sensualidad insaciable". En 1923, Ramón Castro Lópe escribía en El Noroeste que en el Hospital de Maternidad había unas setenta mujeres, "siendo gallegas la mayoría de esas desgraciadas".

Cagiao comenta a Público que, más allá de las dosis de paternalismo o de la consideración de la mujer como un elemento subalterno, la fundación de estas instituciones respondía "evidentemente a la voluntad de evitar que fuesen reclutadas en el propio puerto". Recuerda además la ambigüedad existente respecto a la prostitución, que hasta 1936 fue una actividad legal en Argentina, si bien la trata era considerada un delito. En los burdeles había españolas, según consta en el censo, que no especifica si eran gallegas. Tampoco queda claro quiénes eran los reclutadores, pues no hay rastro de sus actividades, aunque la historiadora cree que algunos podrían ser paisanos.

Siempre apelando a la prudencia, debido a la inexistencia de pruebas documentales, entiende que algunas pudieron ser engañadas con falsas promesas laborales, dado que esa artimaña siempre ha sido usada por diversas redes. En el caso de las gallegas, no extrañaría que les ofreciesen ser mucamas. De hecho, la Sociedad Protectora de la Joven Sirvienta o las Hijas de María Inmaculada instruían a las inmigrantes como empleadas en el servicio doméstico, un oficio que proliferó entre ellas debido a su escasa formación. En ese ámbito también sufrirían abusos, que merecerían un capítulo al margen de la prostitución, a la que la historiadora de la Universidade de Santiago dedica un apartado en Género y emigración: las mujeres inmigrantes gallegas en la Argentina. A continuación, se reproducen algunos extractos por su interés.

'Inmigración y prostitución', por Pilar Cagiao

La relación entre prostitución e inmigración fue bastante directa. La falta de mujeres inmigrantes desde los comienzos del fenómeno masivo acentuó los problemas sexuales de la gran mayoría masculina. Por otro lado, en un acelerado proceso de urbanización donde aún no se habían desarrollado suficientes industrias capaces de proporcionar un nivel de empleo totalmente satisfactorio, se provocaron serios problemas sociales y de marginalidad que tuvieron fiel reflejo en la vivienda, con la proliferación de conventillos en los que convivían inmigrantes europeos y procedentes del interior en condiciones sumamente precarias, así como en la aparición de barriadas pobres y situaciones de miseria de las más variada índole. Este panorama, además de dar lugar a otro tipo de consecuencias, y por causa del desajuste entre población masculina y femenina, favoreció el aumento de la prostitución a través de redes organizadas para traer mujeres europeas al país.

Las conexiones para la recluta se establecían incluso antes de la llegada de las inmigrantes, a las que si era necesario se falsificaban documentos utilizan­do gran variedad de triquiñuelas, desde inscripciones falsas por parte de los funcionarios de inmigración que registraban a las mujeres recién llegadas bajo el epígrafe de cualquier otra profesión, hasta los denominados "matri­monios rituales", con el fin de facilitar la trata.

En la ciudad de Buenos Aires la prostitución estuvo legalmente reglamentada desde 1875, lo que no evitó la aparición de una actividad paralela de tipo clandestino ejercida en su mayoría por extranjeras. Por su parte, en el Censo General de Pobla­ción, Edificación, Comercio e Industria de la ciudad de Buenos Aires de 1887, que fue publicado dos años más tarde, se señalaba: "Los boletines del censo no revelan más que 629 prostitutas públicas que viven disciplinadas en burdeles. El número real es mayor. Muchas de la prostitución clandes­tina, superior a la pública, se declaran modistas".

(Género y emigración: las mujeres inmigrantes gallegas en la Argentina)

El auge de la trata se produjo en las décadas de 1910, año del Centenario Argentino, y de 1920. El escritor José Costa Figueiras recomendó a las gallegas que no emigrasen para no caer en la prostitución. Luis Seoane, en el poema Outro canto ós emigrantes, muestra su desprecio a los "alcaiotes, burdeleiros, terceiros, / propietarios de hoteles a tanto por hora", para los que "el sexo es oro". Según señala Cagiao en el citado libro, cuando el poeta e intelectual habla de "hombres de orden" se refiere a "aquellos gallegos, que por supuesto los hubo, que se dedicaron al fomento de la prostitución de muchas gallegas recién arribadas al país en relación con redes de trata de blancas organizadas bajo el aspecto legal de oficinas privadas de colocaciones en las que se solicitaban sirvientas, gobernantas, preceptoras, cantantes, modelos o coristas".

Seoane hace referencia en el poema al tango Galleguita, de Alfredo Navarrine y Horacio Pettorossi, interpretado por Carlos Gardel. La investigadora argentina Irene López lo analiza en el artículo Morochas, milongueras y percantas, publicado en la revista de estudios literarios Espéculo, de la Universidad Complutense de Madrid. "Un dato interesante es que un gran porcentaje de la población de inmigrantes estaba constituida por hombres. El desarrollo del negocio de la prostitución y del cabaré se verá impulsado por esta situación y también por el hecho de que muchas de las mujeres que trabajaban en el rubro eran también inmigrantes, como queda registrado en tangos como Galleguita".

Galleguita, la divina,
la que a la playa argentina
llegó una tarde de abril,
sin más prendas ni tesoros
que tus negros ojos moros
y tu cuerpito gentil;
siendo buena eras honrada,
pero no te valió nada
que otras cayeron igual;
eras linda galleguita
y tras la primera cita
fuiste a parar al Pigall.

Sola y en tierras extrañas,
tu caída fue tan breve
que, como bola de nieve,
tu virtud se disipó…

Tu obsesión era la idea
de juntar mucha platita
para tu pobre viejita
que allá en la aldea quedó.

El Royal Pigall fue un cabaré situado en la avenida Corrientes de Buenos Aires. Irene López escribe que Galleguita trata la figura de quien debe prostituirse por necesidades económicas, "un principio de justificación del por qué de esta vida": una mujer sola que ahorra dinero para dárselo a su madre. "Tenemos acá también la delimitación de un pasado decente y un presente de soledad y tristeza como producto de la caída. Se da cuenta además de la inmigración y la prostitución ejercida por jóvenes inmigrantes, que muchas veces venían engañadas a esta tierra de promesas. Y si no venían engañadas, igualmente la necesidad en que muchas de ellas se encontraban en su situación de inmigrantes las llevaba por ese camino".

Fabio Suárez García considera que el tango es "un claro ejemplo de la canción-trama". En su tesis ¡Che gallego!: Relaciones transatlánticas entre Galicia y Argentina en el siglo XX (University of South Florida) sostiene que no es un caso aislado. "La protagonista, una emigrante gallega, decide partir de su tierra para mejorar económicamente, pero al llegar a Argentina es engañada y obligada a ejercer la prostitución. Esta es la historia de muchas mujeres gallegas, que viajaron desde Galicia hasta Argentina con unas esperanzas e ilusiones que nunca llegarían a cumplirse". Antonio Pérez­ Prado, en Los gallegos y Buenos Aires, matiza que quizá no fuera de Galicia "sino beneficiaria del título por generalización vulgar"; es decir, española.

"Por la literatura nacional desfilan asimismo otras gallegas y galleguitas", recuerda María Rosa Lojo en La Argentina gallega: más allá de los estereotipos. "Inocentes prostitutas, casi niñas y con delicado aspecto de muñecas, víctimas de las circunstancias o de algún seductor o pariente inescrupuloso que se ha aprovechado de su pobreza", escribe la ensayista, quien alude a la novela Nacha Regules, publicada por Manuel Gálvez en 1919.

Uruguay, lugar de paso

Desde Uruguay, una escala en la ruta de trata, Santiago Turnes le escribe una carta a su esposa, donde le advierte de los peligros: "Procurarás venir con buena compañía y respétate como quien eres, pues abordo hay mucha pillería [...] Con el que te quiera hacer picardía no te acompañes, que tú ya sabrás lo que te tendrá mejor cuenta porque ya no eres una niña". Pilar Cagiao reproduce la misiva en Acerca de las mujeres gallegas en el Uruguay: voces y papeles de un siglo de inmigración, donde señala que la prostitución aumentó en las primeras décadas del siglo XX, con problemas similares a los del país vecino: "De hecho, en 1908, secundando una iniciativa promovida desde Buenos Aires al calor de las ciertas campañas higienistas y del evidente aumento de mujeres en los flujos, el Centro Gallego de Montevideo promovió la difusión de un manifiesto en contra de la trata de blancas".

La historiadora explica a Público que si una entidad regional tomaba cartas en el asunto era porque "le tocaba de cerca y conocía casos", aunque insiste en que el "gran mercado y negocio de la prostitución" estaba en Argentina y, concretamente, en su metrópoli. "El problema era el mismo en las dos orillas del Río de la Plata, pero mucho mayor en la ciudad porteña, porque era más grande y había más hombres. Uruguay era un lugar de paso, lo que demuestra la ilegalidad de la trata. Por eso no iban del puerto de Montevideo al de Buenos Aires, sino que transitaban por vericuetos hasta que cruzaban las aguas. La Zwi Migdal, por ejemplo, captaba a jóvenes en Polonia y Hungría y las trasladaba a Montevideo, donde eran sometidas a un proceso de selección. Luego atravesaban la frontera de Paysandú hasta la localidad argentina de Colón, desde donde partían a Buenos Aires, un recorrido también usado por las mafias francesas, según Alberto Londres.

La mafia judía recurría a la figura del falso novio para engañar a algunas muchachas, un método de captación que tampoco puede confirmarse en el caso gallego. "Desconozco si existió, porque no me he encontrado con ningún caso, pero en la prostitución siempre han funcionado los mismos mecanismos en todas las colectividades. Si ocurría con las polacas y francesas, también podría darse con las españolas y gallegas", aventura Cagiao, quien recuerda que esta experiencia "tan dolorosa" fue omitida por las víctimas. "No es fácil reconocer que han pasado por eso, pues son situaciones que nadie quiere recordar, sobre todo en unos años donde era tan censurable".

Testimonios orales

Algunos relatos orales testimonian esa realidad, como la de un emigrante citado por Cagiao que recaló en Buenos Aires en 1927: "Cobran su dinero, que es normal por dar sus servicios [...]. Una muchacha que era española, gallega, de Vilagarcía de Arousa y que trabajaba de prostituta me contó de todos los problemas de contagio de enfermedades [...]. En eso había de todas las nacionalidades, españolas muchísimas que se habían puesto así a ganar dinero [....]. La muchacha de Vilagarcía me dijo: Nosotras tenemos una vida muy desgraciada, porque mire cuántos hombres han pasado por mí esta noche [...]. Eran las once de la noche y ya habían pasado doce hombres…, tenía dieciocho años más o menos [...]. Cuando yo le dije que era de Vilalba se puso a conversar conmigo [...], y así es la vida del mundo".

Patricio Simonetto, en Los rufianes de Buenos Aires: Prácticas de proxenetismo global en la Argentina, 1924-1936, recoge que el ruso Israel Laperie —expulsado de Brasil por ejercer actividades ilícitas— ejerció de proxeneta nada más llegar en 1924 a Argentina, aunque también terminaría siendo deportado "por la explotación sexual de Magdalena, una española de 31 años, a la que se le adicionó el delito de corrupción y lesiones varias". El artículo, publicado en Varia Historia, editada por la Universidade Federal de Minas Gerais, señala la existencia de más mafias que la Zwi Migdal. "Mientras los discursos públicos exaltaron el carácter eslavo y judío de los rufianes, los registros de expulsión de extranjeros presentan un escenario heterogéneo de relaciones primarias y secundarias de colaboración mediadas por lazos intrafamiliares e interétnicos. Además de los acusados polacos se encontraron también un importante número de franceses, italianos, uruguayos, europeos del este y españoles".

Simonetto describe un paso diferente de los emigrantes desde Montevideo hasta Buenos Aires: "En Salto, un bote nocturno podía cruzarlos evitando controles. A su vez, aquellos con documentación argentina podían eludir cualquier a los agentes de migración. Una muchacha le dijo a [el investigador privado Paul] Kinsie que venir acá desde Buenos Aires es fácil [...]. En vez de ir a Buenos Aires en un bote de noche, las chicas toman el tren desde esta ciudad hacia Salto, luego cruzan el Río Uruguay a Concordia y cuando ya estás en Argentina podés ir a donde quieras". En el texto, la metrópoli es retratada por las narraciones como la "capital del vicio". Así, en el Boletín del Patronato Real para la represión de la Trata de Blancas de España se indicaba que "los hombres tienen demasiado dinero sobre el vicio y no hay opinión pública sobre la moral".

En la investigación Cuestiones españolas en la celebración del Centenario argentino de 1910, Pilar Cagiao insiste en que "la prostitución había alcanzado niveles sin parangón en el Buenos Aires del Centenario, convertida en un importante centro del tráfico de blancas proveniente de Europa con organizaciones para su explotación que no tenían comparación con las de otros países". La historiadora cita al escritor uruguayo Carlos Mendive en Acerca de las mujeres gallegas en el Uruguay: voces y papeles de un siglo de inmigración para señalar que "el estereotipo de las prostitutas fomentado por la inmigración y difundido en el imaginario colectivo alcanzó también a las gallegas", como refleja la "burda anécdota" del periodista de El Día sobre dos gallegas cuyo barco atracó en el puerto de Montevideo.

"Ramona se fue al interior y al tiempo se casó con un estanciero. Manuela, por el contrario, se empleó en una panadería del Paso Molino. Con el tiempo llegó a ser su propietaria", escribe Mendive. "Una tarde se encontraron en una fiesta de una institución gallega. Las dos comenzaron a charlar animadamente; en un momento de su conversación, Manuela le dice a Ramona: — Pensar, que vinimos las dos juntas…, con una mano delante y otra atrás… A lo que Ramona contestó: — Querida Manuela, lo que hice apenas salí a la Aduana fue sacarme la mano de delante…".

Finalmente, respecto a los explotadores, apenas se conocen nombres propios del hampa. No obstante, el periodista de La Voz de Galicia Martín Fernández dio con un libro descatalogado de Gustavo Germán, jefe de la sección policial del diario Crítica de Buenos Aires, donde perfila al gánster Julio Valea, al que entrevistó. Si bien había nacido en el municipio asturiano de Castropol, en la ría de Ribadeo, era conocido con el Gallego Julio, huido de España para librarse del servicio militar y propietario de burdeles en La Boca y Barracas. Cuando se adentró en Avellaneda, donde Juan Nicolás Ruggiero controlaba la prostitución y el juego, comenzó una lucha entre bandas. Si Ruggierito era la mano derecha del influyente político Alberto Barceló, Julio también buscó el amparo de las autoridades y la policía, aunque luego intentaría establecer un pacto con su rival para que cesasen los tiroteos. Gustavo Germán relata en Crónicas del hampa porteña. 55 años entre policías y delincuentes que ambos mafiosos terminarían asesinados a balazos.

Las penalidades de las gallegas, en cambio, no constan de forma tan explícita en textos, registros ni documentos, si bien estas estas líneas —que beben del inestimable trabajo de Pilar Cagiao, referenciado en multitud de análisis posteriores— tratan de arrojar luz sobre unas víctimas que cayeron en el olvido.

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