Radio Liberty, la inquietante criatura que la CIA engendró en España para derribar la URSS
En la Guerra Fría, EEUU instaló en un pequeño pueblo de la Costa Brava una emisora tras un acuerdo con Franco para sortear el Telón de Acero y parasitar a Europa del Este con mensajes anticomunistas.

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Podríamos empezar esta historia con Mijaíl Gorbachov, aislado durante el golpe de Estado de agosto de 1991, con una hoz de Damocles pendiendo sobre el islote rojo de su cráneo, y mientras tanto, escuchando una emisora de radio proscrita, una señal del enemigo en la que podía seguir los acontecimientos que zarandeaban a su país, esto es: los tanques y los soldados enviados a la calle por la facción dura del Partido Comunista de la URSS para derribarlo a él y a toda su obra de gobierno; la población revolviéndose contra los militares… Esa emisora era Radio Liberty, una estructura pagada por la CIA para sortear el Telón de Acero y parasitar a Europa del Este con mensajes anticomunistas. Aquel día la señal alcanzaba los oídos del presidente después de atravesar más de 3.500 kilómetros: la distancia que separa Moscú de Pals, un pequeño pueblo de la Costa Brava.
Sin embargo, en lugar de eso, vamos a seguir durante unos minutos a una pandilla de niños de esa misma época, principios de los 90. Tienen entre 10 y 12 años: Júlia, Tali, María, Lluís, Marta, Quim... Viven en distintas zonas de Barcelona: Cornellà, Granollers, Horta, Sant Andreu. Pero, en verano, desde muy pequeños, viajan a Pals. Es un lugar sugerente: allí son más libres que en la ciudad, allí se disipa la tutela de los padres, merodean sin vigilancia y aprenden a construir una pequeña sociedad con unas normas que, por primera vez, no les inventa nadie; una sociedad que cultiva sus propios misterios y leyendas.
Hay que imaginarlos, ávidos y fascinados, como a los protagonistas de Stranger Things. En Pals, como en Hawkins, también suceden cosas inexplicables. Se las cuentan entre ellos. Al descolgar el teléfono fijo o el interfono de la calle, a veces, se escuchan voces en ruso. Suenan como los malos de las películas de espías. Todos saben de la existencia de algo llamado Guerra Fría: una cosa fantasmal, difícil de entender e intangible que, si se calentaba, podía acabar con el mundo. Todos saben que la playa de Pals es un lugar importante en esa conflagración. La playa es el espacio de la diversión, de los baños y los juegos. A la vez, es el centro del enigma. La lengua de arena que desemboca en la orilla nace de una pequeña línea de pinos: en medio de esa erupción de agujas verde se yerguen las antenas de Radio Liberty, de 87 a 165 metros de altura. Corren historias sobre ella: han circulado desde que se levantó todo aquello en 1959, tras un acuerdo entre Franco y el Gobierno estadounidense. Lo que se ha dicho siempre es que no es solo una estación de radio, sino que cobija lanzaderas de misiles; o que a los trabajadores que se jubilan les borran la memoria con una inyección. Este grupo de niños improvisa expediciones para investigar, recorren la valla en busca de una entrada secreta. Un día encuentran una pequeña construcción con una puerta. Hoy asumen que era la caseta del guarda, pero entonces lo veían claro: por allí se accedía a la ciudad subterránea de la que habían oído hablar.
Toni Bernabé, de 63 años, trabajó allí doce años como técnico, a él no solo no le borraron la memoria, sino que ha convertido su recuerdo sobre Radio Liberty en uno de los pilares de su vida. Lleva casi un cuarto de siglo cebando un museo online sobre la estación: una web arcaica, congelada en el tiempo, hecha —por desconocimiento— a la altura de su nostalgia. Su primer recuerdo de la emisora se remonta a finales de los años sesenta: “Yo tenía siete u ocho años. Iba a casa de mi tío que vivía en Masos de Pals y veía unas antenas impresionantes. No sabía lo que era, solo pensaba que quería trabajar allí cuando fuera mayor”. Lo consiguió en 1989. Para entonces, llevaba años dedicándose a arreglar máquinas tragaperras y, de pronto, lo contrataban para el mantenimiento técnico de las cuerdas vocales de esa máquina tragaperras global que es el sistema estadounidense.
Cuando su madre supo que lo habían contratado en la estación de Pals, quiso animarlo: “Uy”, le dijo, “pero no vayas abajo del edificio, que dicen que una vez bajó uno y no volvió a salir nunca más de allí”. “Estaba asustadísima la mujer”. El primer día, se adentró en el recinto con normalidad. Estaba impresionado, entusiasmado, hasta que un compañero le propuso descender al subsuelo. Bernabé era un tipo, en principio, impermeable a este tipo de leyendas, pero aun así titubeó, se asustó un poco. Le dijo al compañero que le había llegado aquel rumor. El colega lo miró: “Ven para abajo”. Y Toni se adentró en el estómago de la bestia, la verdad de esa ciudad subterránea que —pocos años después, mientras Toni reparaba equipos— perseguirían los niños de Stranger Things desde el otro lado de la verja. Solo había un laboratorio y un taller mecánico; poco más. Bernabé, no obstante, sí cree una de las historias que se oían sobre Radio Liberty: “Se utilizaba la infraestructura para transmitir mensajes ocultos a los contactos rusos en Europa del Este y Rusia, a los espías. En los 60, 70, 80 no había muchas más opciones, la única forma de comunicarse a la distancia era la radio”.
El artículo La cara oculta de Pals, publicado por la Revista Baix Empordà en 2020, van más allá: “Cada párrafo, cada verso tenía que ser milimétricamente estructurado y revisado, para que aquellos que escucharan las emisiones y las tuvieran que descifrar mediante una guía de códigos de asalto no tuvieran ningún problema. Esto también explicaría por qué Radio Liberty nunca podía dejar de emitir. Un parón en su programación equivalía a un mensaje incompleto, un mensaje incompleto equivalía a una orden que no se llevaría a cabo por falta de información”.
Los contenidos emitidos no se grababan en Pals, la programación se planificaba y elaboraba desde la sede de Múnich y se revisaba en Estados Unidos. Después de ese proceso, el material se enviaba a Pals. Emitían en 16 lenguas. Para acometer esa función, llegaron a trabajar en las instalaciones unas 200 personas. Los programas pretendían exhibir las bondades del capitalismo, desde la política a la cultura y el consumo. Era un ejercicio de seducción, y Pals se revelaba como el vehículo perfecto. Reunía una buena posición geográfica, poca masa forestal y un Mediterráneo que hacía de pantalla y ayudaba a potenciar las ondas.
Con la caída del Telón de Acero, la sede de Radio Liberty en Pals fue perdiendo su utilidad hasta que cerró en el año 2001. Toni Bernabé lo supo de un día para otro. Una tarde salió del trabajo y a la mañana siguiente todo había terminado. Concluyeron así, como afirma, “los mejores 12 años" de su vida. Cuenta Bernabé que quedó un puñado de trabajadores para destruir documentos y mantener vivos los equipos durante un tiempo hasta que todo se fuera desmantelando. El espacio quedó expuesto a todo el mundo, y la maleza y el vandalismo fueron devorando al temido monstruo que, después de tanto misterio, quedó reducido a algo tan digno de compasión como una ballena varada en la playa, descomponiéndose.
Las antenas pervivieron apuntando hacia arriba como las costillas de la criatura hasta el año 2006, cuando el Gobierno decidió demolerlas. Ocurrió el 22 de marzo. Llovía. Aun así, una muchedumbre se arracimó ante un cordón de seguridad. A Toni Bernabé lo llamaron para entrevistarlo: “Dije que en directo no, que yo no quería verlo. Quedamos un rato antes, hice la entrevista y me fui. No quería estar ahí cuando cayeran: era como ver morir a alguien que quieres”. Así que Toni marchó y, minutos después, los testigos vieron cómo, durante unos minutos, un helicóptero sobrevolaba el lugar (una mosca husmeando en los últimos restos de carroña). Al alejarse, todo acabó: explosiones, las torres rotas sobre el terreno.
Hoy, Toni Bernabé regresa pocas veces al lugar, únicamente cuando alguien le pide una visita guiada. Él solo no quiere ir, le horroriza el estado de las instalaciones. Las ruinas son la metáfora anticipada de la extinción de una idea de orden mundial y geopolítica en que España y Europa jugaban un papel clave en los planes de la mayor superpotencia del mundo. Hoy Europa intenta aprender a depender de sí misma. Hoy los edificios están comidos por la basura, los escombros y los grafitis. Las paredes parecen el interior de la cabeza de un demente: han pintado hoces y martillos, alguna esvástica, declaraciones de amor, penes mal dibujados como en un cuaderno de primaria. Hay litronas esparcidas por el suelo, chustas de porro, bidones con brasas apagadas, un sofá, el esqueleto de una moto. Todo junto a los restos de la gloria: cables, almacenes, material electrónico y un mapa de Europa donde se marcan los lugares de destino de la señal sonora: el viejo plan de conquista mental.
Hace poco, se vio regresando al lugar a algunos de los integrantes de aquella pandilla que creyó encontrar la puerta de entrada a una ciudad subterránea. Ahora tienen más de 40 años. Sus hijos pequeños corrían por el espacio. Algunos buscaban zombis y se reían. Aina, una de las más pequeñas, tomó una tiza y —en medio de aquellos vestigios de un mundo que, por momentos, nos colocó al borde de la extinción nuclear— escribió la cosa más tierna imaginable: CAPI, el nombre de su peluche.


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