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Sociedad El año más difícil y silencioso para las personas sordas

El uso de la mascarilla ha dificultado desde el principio de la pandemia la comunicación de las personas sordas. Piden una mayor sensibilidad por parte de la Administración.

Berta Frigola y Albert R. Casellas, en el paseo Lluís Companys de Barcelona, haciendo los signos de los conceptos lengua de signos y diario, respectivamente.
Berta Frigola y Albert R. Casellas, en el paseo Lluís Companys de Barcelona, haciendo los signos de los conceptos lengua de signos y diario, respectivamente. Montse Giralt

La pandemia ha visibilizado las necesidades del colectivo con la discapacidad más invisible: el de las personas sordas. La obligación de la mascarilla les impide algo tan básico como leer los labios, de ahí la urgencia de modelos transparentes, homologados y asequibles también económicamente. Una barrera más –seguramente la más evidente– a la que se enfrentan desde hace un año. Hay muchas otras. Pero, antes, un dato: el instituto estadístico Idescat certifica que en Catalunya hay más de 32.000 personas con discapacidad auditiva.

La covid ha agravado sus problemas y provocado situaciones que, si antes eran un reto, ahora son misión imposible: desde hacer cualquier gestión administrativa hasta el simple día a día, que de simple no tiene nada. Y ha dejado en evidencia la falta de accesibilidad a la información sobre el virus y a los teléfonos de emergencia cuando más lo necesitaban (el grado de aislamiento se multiplicó en el confinamiento). Y no solo esto: la asistencia psicológica y la atención a personas mayores que habilitaron las administraciones eran telemáticas y no disponían de protocolos para personas sordas.

El presidente de la Federació de Persones Sordes de Catalunya (Fesoca), Albert R. Casellas, recuerda que "las barreras de comunicación se vieron doblemente afectadas, sobre todo los servicios médicos, los centros de atención primaria y ¡urgencias!". "No podíamos ir acompañados por un intérprete de lengua de signos –añade–. El contacto era nulo; imposible. Como comunidad sorda, no contábamos. Y aún quedó más demostrada la vulnerabilidad de nuestros derechos fundamentales".

Berta Frigola, especialista y docente de lengua de signos catalana y asesora en obras de teatro inclusivas, incorpora la distancia física como problema añadido y recuerda los inconvenientes del teletrabajo: "Muchas entidades han hecho que la comunicación sea telefónica, lo que dificulta el día a día. Y cuando hemos necesitado a un intérprete para ir al médico, algunas zonas estaban restringidas a un solo paciente; llevar intérprete era y es imposible. Es una pena que la mayoría de profesionales de estos ámbitos no sepa la lengua de signos".

"Topamos con barreras para hacer llamadas, solicitar citas médicas; en la Administración, en el ámbito laboral...", explica García

Así lo percibe también Carlos García. La sordera se la causó una meningitis al poco de nacer, y su pasión por la lengua de signos le llevó a crear la fundación Illescat, ahora disuelta porque nadie ha cogido su relevo en la presidencia. "Topamos con barreras para hacer llamadas, solicitar citas médicas; en la Administración, en el ámbito laboral...", explica, y agrega: "Muchos no conocen bien a nuestro colectivo. Y por eso, durante 20 años, en Illescat investigábamos la lengua de signos y creábamos y proporcionábamos materiales didácticos".

Para él, "la principal reclamación pasa por cubrir los servicios de interpretación en el ámbito educativo y sanitario". Su mujer, Inma Codorniu, también sorda, asiente: "Es una cuestión de política lingüística que las administraciones deben cumplir. No en vano tanto la lengua de signos española como la catalana se reconocieron como lenguas oficiales". La misma Fesoca, que aglutina a 28 asociaciones catalanas, lleva tiempo criticando en sus redes sociales que el Ayuntamiento de Barcelona no haga accesibles sus comparecencias. "Es vergonzoso –califica Casellas– que una ciudad referente, vista como modelo por otros países en lo que se refiere a la adaptación de la discapacidad física, no se haya puesto las pilas con nuestro colectivo".

Àngels Videla, presidenta de la Associació Catalana per a la Promoció de Persones Sordes (Acapps), recuerda que "muchos se apoyan en el uso de prótesis auditivas, audífonos o implantes cocleares para comunicarse". Una tecnología que representa un gasto desorbitado para la familia de una persona sorda. "En el caso de los audífonos, la ampliación de la cobertura pública llega solo hasta los 26 años. ¡Las prótesis auditivas son las únicas con límite de edad!".

El presidente de Fesoca explica que él no ha podido usar ninguno de estos complementos auditivos. "Además, una persona sorda, por mucho que lleve implantes o audífonos, siempre será sorda. Las nuevas tecnologías están para facilitarnos la vida. Pero lo importante es ser feliz con lo que somos". María García, ama de casa y con problemas graves de audición desde los 10 años, coincide con Casellas. "Me siento orgullosa de ser sorda y me gusta tomarme con humor anécdotas como cuando la dependienta del súper huyó despavorida al bajarme la mascarilla y pedirle que ella también lo hiciera. Necesitaba que me entendiera para encontrar el papel higiénico. No me envió a cagar, pero casi. Luego me enteré de que llevaba días agotado", ríe.

Videla no se olvida del hándicap de las mascarillas porque, además de impedir la lectura labial, amortiguan el sonido. Sin olvidar las mamparas protectoras. "El no poderse comunicar les ha supuesto pérdida de autonomía, angustia y aislamiento, así como problemas laborales" –constata–. Hemos atendido a personas que tratan con clientes o que trabajan en atención al público a las que, en el mejor de los casos, las han cambiado de lugar o les han puesto un bucle magnético (un sistema que crea un campo de audiofrecuencia para mejorar la escucha). Y, en el peor, las han despedido por no poder desempeñar sus funciones con normalidad. Y lo hemos visibilizado en la campaña #VullLlegirElsLlavis, para promover el uso de mascarillas transparentes en todos los ámbitos: el laboral, la educación, las Administraciones, los comercios... "¡Nos tenemos que comunicar en todas partes!", recuerda Videla.

"Se debería incluir la lengua de signos en todos los ámbitos, por ejemplo, en los medios de comunicación", señala Frigola

Las nuevas tecnologías aplicadas, como apps que transforman audios en texto o el sistema de subtitulado automático, "han abierto muchas puertas", admite Casellas. "La era digital ha evolucionado muy rápido desde la época prepandémica hasta ahora. Nos ha costado mucho que las Administraciones valoraran la importancia de la plataforma SVIsual de videointerpretación a distancia. Por suerte, la covid ha acelerado su uso", agrega.

La educación en la comunidad sorda se ha visto "gravemente afectada", subraya Videla. "En el confinamiento sufrieron las videoconferencias, que no contaban con subtitulación, los grupos no eran reducidos y tenían muchos problemas con el ruido", relata. "Con el retorno a las aulas, topamos con el uso de la mascarilla en el aula para alumnos a partir de los seis años. Y, con ello, que no pudieran leer los labios de sus profesores, de sus compañeros".

Casellas reivindica la lengua de signos en los colegios. "Necesitamos que se dignifique y se valore su uso. Es nuestra lengua materna y natural. Y merece respeto, empezando por las aulas y las familias, y siguiendo por las relaciones sociales. En Catalunya se ha reducido a tres el número de escuelas de integración para las personas sordas". Frigola añade que "el problema es más grave cuando faltan recursos y los niños no tienen ordenadores o internet en casa". E insiste: "Se debería incluir la lengua de signos en todos los ámbitos, por ejemplo, en los medios de comunicación, para visibilizar más nuestra comunidad. Si la lengua de signos estuviese presente en todos los ámbitos, la palabra discapacidad no existiría para las personas sordas".

Derechos incumplidos

La Federación Mundial de Personas Sordas (WFD) lamenta el incumplimiento de los derechos educativos del alumnado sordo durante la pandemia del coronavirus. Critica que la infancia y la juventud sorda carezca de acceso a una educación bilingüe de calidad en lengua de signos y que sus familias no cuenten con el apoyo necesario para aprenderla. Y, para evitar situaciones de privatización lingüística, reclama profesorado cualificado que domine la lengua de signos, así como materiales didácticos visuales, accesibles y subtitulados.

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