Samuel Luiz, el crimen de odio que nos recordó que el colectivo LGTBI+ sigue siendo muy vulnerable
Una serie donde se analiza de manera crítica diferentes casos de 'true crime' en España.

Cuando yo iba al instituto lo peor que te podían llamar si eras una chica era "puta", y si eras un chico "maricón". Porque el patriarcado no se molesta ni lo más mínimo en disimular lo que es ni tampoco en ocultar a lo que nos quiere reducir. Por eso es una prisión binarista opresora y tiránica. Y lo es para todo el mundo, incluso para aquellos que lo defienden porque, invariablemente, acabarán también siendo sus prisioneros, incluidos los hombres. Porque ese constructo social grotesco que llamamos "masculinidad" no deja de ser como la Criatura de Frankenstein, un recosido de cadáveres ideológicos pútridos, de restos desparejos atados entre sí, un monstruo que al final siempre se escapa del control de su creador.
Hace pocas semanas el secretario de Defensa de los EEUU, Pete Hegseth, anunció que pretendía obligar a los militares estadounidenses a someterse a análisis obligatorios de testosterona. Lo que en cristiano facha moderno quiere decir que quiere ver cómo de machotes son sus soldados -no ha dicho nada de las mujeres militares- porque ahora a la machosfera le ha dado por esta hormona como el paradigma y el marcador de lo que es un "hombre de verdad", un "hombre como tiene que ser". Al igual que los ideólogos de la masculinidad auténtica del siglo XVII, los Hegseth y los Andrew Tate de Versalles, defendían que un hombre de los pies a la cabeza tenía que lucir unos buenos taconazos y presumir de muslamen. Y aquí seguimos, atrapados en la misma pantalla de un videojuego aburrido, empeñados en estereotipar, reducir y demarcar qué y cómo tiene que ser un hombre, pero también en castigar todo comportamiento o muestra de disconformidad que ponga en riesgo esta estrecha, maltrecha y opresiva heteronormatividad.
De esta forma solo hay una cosa que un señor de estos "de los de toda la vida" -da igual la edad que tenga- odie más que a una mujer cis o a alguien del colectivo LGTBI+: a sí mismo. Porque es imposible que esté alguna vez a la altura de esa masculinidad que defiende, y por tanto pagará su frustración siendo violento, especialmente con aquellos que no viven atrapados en esa cárcel autoimpuesta. Tal y como hacía Samuel Luiz, el joven de 24 años que fue asesinado a golpes y patadas por una "jauría humana" -en palabras de la propia policía- la madrugada del 3 de julio del 2021, a las puertas de la discoteca El Andén, en A Coruña.
Samuel Luiz, que ya se había sacado un grado técnico en auxiliar de enfermería, estudiaba por las tardes para convertirse en protésico dental, colaboraba con la Cruz Roja, era un miembro activo de su iglesia, trabajaba en la residencia para la tercera edad Fundación Padre Rubinos, era el centro de la vida de su madre Lola y su padre Maxsoud, el amigo de Lina y además era gay. En plena pandemia, Samuel Luiz estuvo en primera fila, cuidando de los más vulnerables, de los olvidados: los ancianos de las residencias. Por gente como Luiz salíamos todos los anocheceres a las ventanas a aplaudir durante el confinamiento, cuando todavía nos decían, y algunos se creían, que íbamos a salir mejores.
El jueves 1 de julio del 2021, tras más de diez meses con la hostelería cerrada, se abren al fin las puertas de los bares y discotecas. Y al igual que hicimos ese día millones de españoles, Samuel sale esa noche a celebrar que volvíamos a tener algo parecido a la vida que había antes de la pandemia. La noche siguiente repetirá la experiencia junto a su amiga Lina y otro par de amigos. Sobre las tres menos diez de la madrugada, Samuel y Lina se encuentran a las puertas de El Andén haciendo una videollamada con la pareja de esta última. Es entonces cuando le dan la vuelta al teléfono para mostrarle lo animada que está la calle. Nada fuera de lo normal. Pero no fue eso lo que pensó Diego Montaña, que estaba con su novia Catherine Silva, Katy, y que creyó que Samuel, que ni siquiera era quien sostenía el móvil, los estaba grabando.
Y entonces la testosterona, el alcohol y la homofobia hicieron el resto. Porque un hombre nunca pide perdón, ni acepta que ha cometido un error, por lo que de nada sirvieron las explicaciones de Samuel y Lina, Diego Montaña tenía que demostrar que era muy hombre, que estaba dispuesto a defender a su chica y que ningún gay le iba a llevar la contraria. Y al grito de "maricón" se lanzó contra Samuel mientras Lina suplica que le dejara en paz y Katy la sujetaba para que su novio pudiera seguir pegando a Samuel. Todo quedará registrado en el audio de la videollamada. Es entonces cuando varios amigos de Diego Montaña se unen al agresor: Alejandro Freide, que tira al suelo a Samuel, Kaio Amaral, Alejandro Míguez y dos menores de edad que formaban parte de la pandilla.
Con la calle abarrotada de gente, al menos seis personas -algunos testigos hablan incluso de que hubo hasta ocho agresores- golpean de manera inmisericorde y cobarde a Samuel Luiz. La gente se agolpa alrededor de los matones, algunas personas incluso aprovechan la confusión para darle una patada a Samuel que no se puede levantar del suelo ni defenderse de los golpes. Y mientras los móviles graban. Y nadie hace nada para ayudarle, para intentar salvarle. Solo Ibrahima Diack y Magatte N´Diaye, dos migrantes senegaleses, tienen el valor físico y moral de interponerse entre la jauría y Samuel. Y lo hacen a pesar de estar en situación irregular y del peligro de convertirse, ellos también, en el objetivo de Montaña y sus amigos. Sin embargo, no se atreverán a llamar a la policía por miedo a ser detenidos. La gente que contempla impasible -e incluso graba- la agresión a Samuel, tampoco llamará a las autoridades, y eso que no tienen nada que temer, nada que perder.
Visiblemente aturdido, sangrando y desorientado, Samuel logra ponerse en pie e incluso percatarse de que ha perdido el móvil. Pero Montaña y su manada no se dan por satisfechos. Diack y N’Diaye tratan de poner a salvo a Samuel, se lo llevan casi a rastras mientras la jauría les persigue. En los ciento cincuenta metros que separan El Andén del número 2 de la avenida de Buenos Aires donde Samuel caerá desplomado, les irán dando patadas para después, con el joven ya inconsciente en el suelo, salir huyendo. Quince minutos ha durado la brutal agresión a Samuel Luiz. En plena calle, ante cientos de testigos impasibles. Porque íbamos a salir mejores.
A pesar de los intentos de los agresores por borrar todo rastro de su participación en el asesinato, vaciando el contenido de sus móviles y coordinando sus coartadas, la policía no tardará en detenerlos, gracias a las cámaras de seguridad y sobre todo a las medidas sanitarias que obligaban a apuntar el DNI de todos los clientes de hostelería. El 8 de enero de 2025, tras el veredicto de culpabilidad emitido por el jurado popular que, no obstante, absolvió a Catherine Silva, la jueza de la Audiencia Provincial condena a Montaña a 24 años de prisión, aplicándole el agravante de discriminación; no ocurre así con el resto de los asesinos, Freide, Amaral y Míguez, que fueron condenados a 20, 17 y 10 años respectivamente. Mientras que los dos adolescentes fueron condenados a tres años de internamiento en un centro de menores.
Las heridas que las derechas provocaron en la sociedad española durante la pandemia, y que siguen supurando hoy en día emponzoñándolo todo, se dejaron ver con claridad en la reacción ante el asesinato homófobo de Samuel Luiz. Mientras las administraciones, como suele ser habitual, negaban en un principio lo que era evidente, que nos encontrábamos ante un crimen de odio, una parte importante de la sociedad española saldrá a las calles y a las redes a exigir justicia para Samuel. Pero mientras se legislaba para proteger y blindar los derechos de la comunidad LGTBI+, los delitos de odio por razones de identidad y orientación sexual no dejaban de aumentar, alentados por los discursos de las fuerzas reaccionarias, que salieron a negar con vehemencia que el asesinato de Luiz fuera un crimen homófobo y que había sido una simple pelea de bar. Incluida la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que no desaprovecha ninguna ocasión para ser mezquina y meter a calzador su agenda ultra.
Han pasado tan solo cinco años del asesinato homófobo de Samuel Luiz, un crimen de odio que sacudió a una parte importante de la sociedad española y que nos recordó que el colectivo LGTBI+ sigue siendo un colectivo especialmente vulnerable. Y sin embargo otra parte de la sociedad de este país ha demostrado que no tiene el menor problema en votar a quienes retiran las banderas LGTBI+, niegan la homofobia y alimentan con su discurso, su odio y sus bulos a los Montaña del presente y del futuro.



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