Público
Público

Malpica Castelao, el viejo lobo de mar que lucha por los derechos de los pescadores

Xosé Barizo es el armador del barco más bello de Galicia. Un hombre hecho a sí mismo, que se enroló a los once años como marinero y padeció una vida de sacrificios. Comprometido y solidario, logró tener su propia tarrafa, a la que bautizó con el nombre del autor de la biblia del galleguismo. Desde entonces, a él también lo llaman Castelao, un apodo que lleva a gala.

Xosé Barizo Chouciño y su barco, el Novo Castelao, en el puerto de Malpica. / HENRIQUE MARIÑO
Xosé Barizo y su barco, el Novo Castelao, en el puerto de Malpica. / HENRIQUE MARIÑO

A Xosé Barizo lo bautizó un barco. "Me llaman Castelao, nadie me conoce por Xosé".

Castelao es el padre de la patria, autor de Sempre en Galiza, biblia del galleguismo y libro de cabecera de Xosé. También es el nombre de su tarrafa, que luce en la proa el autorretrato del intelectual y diputado del Partido Galeguista en las Cortes republicanas: sombrero, gafas y cigarro. El viñetista y pintor desaparece en la caricatura, pero esos tres objetos bastan para perfilar un icono.

- Xosé, ¿por qué le llamó así a su barco?

- ¡Pues no le iba a poner Blas Piñar!

Malpica de Bergantiños, 1942. El día de Reyes, a las diez de la mañana, Eulogia alumbra a su séptimo y penúltimo hijo. Su marido, Lourenzo, es marinero, como todos los hombres de la familia. Diez bocas famélicas en una casa de apenas veinte metros cuadrados. "Dormíamos en jergones de poma [hoja que envuelve la mazorca de maíz] en medio de pulgas y piojos, sin luz y con un váter de nada, flojo de todo".

- ¿Se aseaban en un barreño?

- Yo no me duché hasta los dieciséis años, cuando una de mis hermanas puso una ducha en su vivienda.

Justo un lustro después de hacerse a la mar: Xosé Barizo empezó a trabajar a los once años en la Herculina, una tarrafa donde se hacinaban veintiocho hombres. Hoy, en su barco, la cifra se ha reducido a diez, pues las grúas y otros mecanismos han menguado los brazos de las embarcaciones del cerco. "Yo era tan pequeño que no tenía fuerza para transportar el cántaro de agua", recuerda el Castelao de Malpica, una brava península de la Costa da Morte que resiste las acometidas del Atlántico pero que se ha visto salpicada por las políticas comunitarias, cuyas cuotas pesqueras ahogan la economía local, volcada en el mar.

Xosé Barizo y su barco, el Novo Castelao, en Malpica. / HENRIQUE MARIÑO

El crío ganó aquel 1953 la miseria de cuatro mil pesetas. "Las condiciones eran durísimas. Vestía ropa de hilo y, para impermeabilizarla, le echaba aceite, aunque te empapabas igualmente. Calzaba unos zuecos de madera, pero como la suela se agujereaba, mi madre les metía unos cartones a modo de plantillas para ir aguantando. En la cubierta hacíamos una hoguera para asar sardinas y jureles, aunque quienes no tenían borona [pan de maíz] debían comerlos sobre una tabla. Había un hambre tremendísima". La sardina de Xosé no mojaba el pan.

Alternó el cerco con los percebes, incrustados en las rocas de las islas Sisargas, a tres millas de la costa. Remaban él y sus hermanos, mientras su padre fumaba sentado. "No teníamos escuela, pero queríamos que descansara porque ya había trabajado lo suficiente para nosotros. Ahora, en cambio, hay chicos de veinte años que hacen remar a sus padres". Aprovechaban la luna nueva o llena para arribar al alba. Después de una hora de travesía, caminaban otra más hasta lo alto de la ínsula y luego descendían el pico de 107 metros para llegar a la punta Chanceira, donde las olas golpeaban con saña.

"Me ataban una cuerda a la cintura para sujetarme y bajaba a las rocas en calzoncillos y con zapatillas de esparto. Pasábamos tantas necesidades que a veces no había para pan ni vino. Y así, sin probar bocado y cargando los percebes, desandábamos el sendero y regresábamos a casa bogando, porque obviamente no había motores fueraborda. ¡Quince años tenía, mira qué vida!", rememora el viejo lobo de mar, quien se sabe de memoria el centenar de topónimos de la isla.

No faltaría mucho para que se convirtiese en el precoz patrón del Alerta. Había alcanzado la mayoría de edad y calcula que debió de ser el más joven de Malpica. Entonces tocó cumplir con la patria y, tras hacer la mili en Ferrol, trabajó como largador, cuyo cometido consistía en echar las redes de madrugada cuando localizaba los bancos de sardina, jurel, caballa, bocarte y aguja. Tras desempeñar varios cometidos durante su bregada juventud, a los veinticuatro años fue armador. Al fin una tarrafa de su propiedad, la 2ª Emma, que compró de segunda mano y que reemplazó tiempo después por la San José.

Gente brava y solidaria

"En nuestra infancia predominaba el hambre y los niños se rifaban los carozos de las manzanas. Malpica dependía exclusivamente del mar, mientras que las aldeas del interior, como Seaia o Santiso, vivían de la labranza. Durante el invierno, el panadero vendía el pan al fiado, porque aquí no había nada. Si acaso, mal tiempo. Y mal tiempo es sinónimo de hambre", explica Xelucho Abella, gran conocedor de la historia local.

Esa dureza marcó el carácter de sus gentes, aunque el escritor y profesor destaca otro rasgo: la solidaridad. "Cuando una familia tenía problemas económicos o un enfermo en casa, los vecinos los ayudaban. Y esa solidaridad es inherente a Xosé Barizo Chouciño, un hombre especial, hecho a sí mismo y que discurrió mucho por su cuenta".

Otra característica sería el matriarcado, de ahí que no extraña que también lo llamen Xosé de Eulogia, o sea, su madre. "Los hombres en Malpica son de las mujeres. Algo normal, porque ellas cuidaban de los niños, llevaban las riendas de la casa y hacían de todo, mientras que ellos traían el pescado a tierra. Hablamos, pues, de una sociedad matriarcal", comenta su amiga Dora Souto, quien lo califica como una persona "dadivosa, altruista y generosa".

Sentada en la terraza del bar O Cornecho, desde la que se divisan las Sisargas, argumenta el motivo por el que Castelao ejerce un poder de atracción sobre literatos, historiadores e intelectuales: "Ven en él la memoria viviente de Malpica, de Galicia y del mar".

Dársena de Malpica, en 1982. / ARCHIVO XURXO ALFEIRÁN

Xosé Neira Vilas trabó una amistad que se prolongó hasta el final de su vida después de que lo llevase a la isla de los percebeiros para ver el faro. "Él fue hablando cuando íbamos hacia arriba y, tras alcanzar la cima y comenzar el descenso, me dije ahora me toca a mí y empecé a hablar yo", recuerda el veterano marinero, quien en el futuro acogería en su casa al autor de Memorias dun neno labrego y a su esposa, la escritora cubana Anisia Miranda. El libro plasma los recuerdos de un niño campesino que padece necesidades y lucha contra las injusticias: "Yo soy Balbino. Un rapaz de aldea. Como quien dice, un nadie. Y, además, pobre".

Él era Xosé. Un chaval de puerto de mar. Como quien dice, un nadie. Y, además, tan pobre como Balbino. Tanto, que se llevaba un sopapo si aparecía en casa con un pulpo. Porque eran tan humildes que carecían de leña para calentar una olla y hervir el cefalópodo. La madera crecía tierra adentro y en el pueblo solo había océano. "Sin butano, teníamos que usar cepos o piñas que apañabas en el monte. Los pulpos te comían los pies en la ribera y en el puerto, pero para cocinarlos gastabas un saco de piñas, por lo que evitábamos cogerlos para que mi padre no nos diese unos azotes", recuerda Barizo.

Qué paradoja: había alimento, pero la escasez de combustible vaciaba el estómago. "Faltaba piedra y sobraba oro", ironiza su amigo Milucho Suárez, uno de los fundadores de la Cruz Roja en Malpica, donde Xosé ejerció de jefe de base. "Fue un mecenas, un revolucionario y un innovador", asegura el esposo de Dora, quien contó con su ayuda cuando se presentó a las elecciones municipales de 1979 como candidato de Unidade Galega, una coalición nacionalista de izquierdas que lograría auparse a la Alcaldía.

Su casa, su barco y hasta el apodo de Xosé Barizo son un homenaje a Castelao. / HENRIQUE MARIÑO

"Aunque fue poco a la escuela, siempre ha tenido inquietudes y es una persona muy culta, además de un maestro del mar", añade Milucho. "Por eso, atrae a personalidades, pero al mismo tiempo le gusta rodearse de gente que sabe más que él y no deja aprender, porque quiere seguir atesorando conocimientos".

Barizo no pudo estudiar, pero a los veinticinco años empezó a devorar los libros de bachillerato de su cuñada. "Me gustaba mucho leer, pero ahora necesito gafas y cedí mucho", confiesa el admirador del Castelao rianxeiro, Alfonso Daniel en la pila bautismal. "Fue un defensor de la clase obrera y trabajadora, no quería que hubiese caciques ni explotados y dedicó su vida a luchar por esta tierra". No sorprende que bautizase su tarrafa con el nombre del autor de Sempre en Galiza. Tampoco que un día se plantase en su casa de Rianxo, donde lo recibió sorprendida su hermana Teresa, ya anciana.

- Buenas, nos gustaría ver la casa de Castelao —preguntó Xosé.

- Ahora no puedo. Tengo que ir a rezar el rosario —respondió Teresa.

- Mire, señora, yo vengo desde Malpica y le puse a mi barco el hombre de su hermano...

- ¡Subid, subid!

"Entramos en su habitación, donde había muchas medallas y una cama muy estrechita. Pero como Teresa tenía mucha prisa, solo nos enseñó el cuarto de Castelao, fallecido en Buenos Aires en 1950. Aun así, debió de perderse la mitad del rosario, porque cuando sonó la campana de la iglesia estaba saliendo por la puerta", rememora sonriente Xosé, quien logró que el viaje no fuese en balde.

Atadoras reparan las redes en el puerto de Malpica en los años sesenta. / ARCHIVO XURXO ALFEIRÁN

La tenacidad le viene de familia. Su madre fue atadora, una sacrificada tarea: reparar en el muelle las redes que se han roto bajo unas condiciones inclementes, llueva, nieve o caliente el sol. "Pasó mucho frío y muchas veces llegó a casa congelada. Mis cuatro hermanas heredaron el oficio y todavía hoy las mujeres siguen trabajando así, con ropa de agua y apenas protegidas por un paragüas".

Del esplendor al ocaso

A Malpica el mar le dio la vida. En su día, fue un puerto ballenero, como atestiguan el primer y el último documento sobre la caza de la ballena, que datan de 1530 y 1672. "Comenzaron los franceses, pero los malpicanos tomaron las riendas en el siglo XVII", explica Xurxo Alfeirán, submarinista de la historia local y secretario del Fogar dos Pensionistas. Otras fuentes atribuyen el origen de la pesca del cetáceo a los vascos y a los cántabros, aunque lo cierto es que de aquella flota ya no queda ni el recuerdo.

Barizo sí tiene presente épocas más recientes de esplendor, como los años sesenta y setenta, cuando se contaban casi medio centenar de tarrafas y más de mil hombres en el mar. Tras atracar en el muelle, las mujeres carretaban en sus cabezas cestas y cajas de veinticinco kilos hasta los camiones. "Venían desde Cantabria y Euskadi a comprar parrochas. Había un ambiente tremendísimo e, incluso décadas atrás, fue un caso insólito, porque veías a más gente de noche que de día. El puerto era un mundo de almas".

Aquel trasiego cesó y actualmente subsisten una decena de tarrafas. La lonja ya no es tan bulliciosa, pues algunos barcos descargan en el puerto de A Coruña. La actividad menguó a comienzos de siglo, después de años de restricciones de la Unión Europea. Y los jóvenes ya no ven el mar como una salida —antaño destino— laboral. Castelao se queja de los reducidos límites de captura de algunas especies, cuando según él hay pescado na pila, o sea, en cantidad.

Xosé Barizo y su barco, el Novo Castelao, en Malpica. / HENRIQUE MARIÑO

"La sardina no coge en el mar. Sin embargo, no podemos pescarla por el cupo. La conselleira, en vez de defender a los marineros, va a hundirnos. Atravesamos una situación muy grave, porque el cerco vive del jurel, el bocarte, la sardina y la caballa, cuyo tope también resulta insuficiente. Es el momento de alzar la voz, pero el problema reside en que los políticos no tienen ni idea del mundo del mar y no miran por la pesca". Xosé asegura que las cuotas impuestas ponen en peligro la supervivencia del sector, cuando podría obtener beneficios sin esquilmar la caballa ni la sardina.

La universidad del mar

Los primeros en "respetar el mar", subraya, fueron los propios marineros de Malpica y otros puertos cercanos cuando en los ochenta fijaron un tope para el jurel y la sardina. "No hace falta ir a Noruega para que nos enseñen a no arrasarlo, cuando además la tarrafa es el arte más limpio que hay, pero tampoco tolero que un científico de Toledo me diga que escasean los peces cuando yo he estado en la universidad del mar toda la vida y bien sé lo que hay. Así no compensa trabajar y, si no nos permiten faenar, se va a arruinar mucha gente, porque aquí todo el mundo está empeñado".

Walter Pardo Añón, alcalde de Malpica, corrobora que la pesca está sometida a unas cuotas insuficientes para poder vivir dignamente del oficio. "Por ello, tiene mucho mérito que las nuevas generaciones se hayan hipotecado para echarse a la mar". Entre ellos, los hijos de Xosé, quienes en 2016 botaron pese a la crisis el Novo Castelao, una tarrafa de veintiún metros de eslora y seis de manga construida con poliéster reforzado en fibra de vidrio. Vino a sustituir al viejo Castelao de madera que surcó la Costa da Morte durante más de tres décadas.

Francisco y Manuel Barizo —los actuales patrones— fueron testigos junto a su padre del asombro que causó su traslado en camión desde los Astilleros Fibramar, situados en Serantes, hasta el puerto de Laxe. "Después de un año y medio de trabajos, fue un espectáculo muy vistoso, porque el barco ocupó los dos carriles de la carretera e iba a la altura de los edificios. Circulaba tan despacio, a quince kilómetros por hora, que seguimos su ruta caminando", explica Javier Carracedo, gerente de la empresa, quien para no llevarse por delante el tendido eléctrico construyó por separado el casco y el puente, que fueron montados ya en el agua.

Marineros y percebeiros, en 1908. / MALPICA EN FOTOS - ARCHIVO XURXO ALFEIRÁN

"Es el barco perfecto: grande, cómodo y bonito", cree Walter Pardo, quien logró que Xosé se presentase por primera vez, a los 77 años, en una lista electoral. El alcalde socialista le pidió ayuda en las últimas elecciones municipales y él no dudó en arrimar el hombro, figurando como primer suplente. "Lo convencí porque es una persona que vive el mar y es consciente de que hay que pelear por nuestros hijos y nietos en un pueblo que ha perdido casi tres mil habitantes en los últimos tiempos. Fue revolucionario y socialista, siempre luchando por la igualdad y la educación y la sanidad pública, para que todos tengan oportunidades".

Pardo lo define como una persona que no descansa, siempre currando y dando guerra, incluso jubilado: "Él no da los buenos días, dice ¡hay que trabajar! Pasó sufrimientos en su infancia, por lo que sabe de dónde vino para saber a dónde va, del mismo modo que aquellas calamidades le hacen valorar lo que tiene ahora. Y, aunque quiere pasar desapercibido, siempre será recordado como un activista social y cultural. Más que un historiador, forma parte de la historia".

Antes había hecho campaña en la sombra para Unidade Galega, aunque nunca llegó a militar en ningún partido de la fugaz coalición progresista, que luego prestaría el nombre a la formación liderada por Camilo Nogueira. Tuvo una buena relación con uno de sus líderes, Domingos Merino, elegido alcalde de A Coruña en las elecciones de 1979, aunque a Xosé no le gusta presumir de amistades ni echarse flores. "Odio fanfarronear. Tú escribe que hay que defender la pesca gallega en el Congreso y en Bruselas".

Xosé Barizo Chouciño, en el puerto de Malpica. / HENRIQUE MARIÑO

- No podrá negar que el año pasado recibió un homenaje de la Fundación Eduardo Pondal.

- Pues no sé por qué…

- Xelucho Abella le dedicó estas palabras: "Hombre de izquierdas, solidario y humilde, siempre preocupado por los problemas sociales, nunca se olvidó de sus orígenes".

- Él fue candidato en las primeras elecciones municipales de la democracia por Unidade Galega. Como no tenía coche, lo llevaba a los mítines. A la salida de las misas que se celebraban en las parroquias, se ponía a predicar como Jesucristo y lograba reunir a todo el mundo. Era un fenómeno.

- ¿Por qué apoyó a esa coalición?

- Tiré hacia allí porque era gente humilde, sencilla, progresista e inteligente. Siempre luché por las libertades y quería un mundo mejor, sin explotadores ni explotados, sin caciques ni oprimidos. Sin embargo, no fui en las listas porque nunca me gustó la popularidad. Que vaya otro, yo prefiero estar por detrás ayudando.

- En cambio, terminó cediendo y en los comicios de 2019 se presentó por el PSOE.

- Cuando me lo propusieron, les dije que me dejasen en paz, porque ya soy muy viejo. Pero ellos insistieron: "Al menos sal en la foto...".

- Xosé, no José.

- Por supuesto. Yo soy de izquierdas y nacionalista, aunque no separatista. Fíjate en el nombre que le puse a mi barco.

- Castelao. Y ya va por el segundo...

- Yo he leído de todo, pero el mejor libro es Sempre en Galiza, porque en él dice verdades como catedrales. Es una joya. Parece mentira que pudiese escribir así hace ochenta años. Está claro que Castelao era un adelantado a su tiempo.

- ¿A qué atribuye la atracción que ejerce sobre tantos escritores e intelectuales?

- Yo trato con todo el mundo. Simplemente les hablo del mar y de lo que sufrimos aquí.

- Incluido el hambre que pasó.

- ¿Hambre? Yo he estado sin desayunar, sin almorzar y sin cenar. Comíamos jureles con patatas o caldeirada de jureles salados. Cuando mi madre cocinaba un guiso, le echaba ramas de laurel para que pareciesen trozos de carne. Un día pasábamos sin comer y al siguiente, si íbamos a los percebes, con el dinero comprábamos un kilo de carne para diez personas. Imagínate un cuartillo de leche para toda la familia. Y aquí estoy, con el hambre que pasé... ¡Ay, mi madre!

Descarga de pescado a mediados de los años cincuenta. / ARCHIVO XURXO ALFEIRÁN

"Su lucha por Malpica y por el mar ha sido constante. Siempre está dispuesto a ayudar y aprovecha las visitas para predicar su amor por el pueblo y para ponerlo en valor ante los foráneos", comenta Paco de Tano, poeta y presidente da Asociación Cultural Caldeirón, mientras sirve una caña en el bar O Cornecho, donde Xosé no perdona la cita casi diaria.

"Es un hombre con mucha iniciativa, echado para delante, que se ha ganado la vida a pulso, no a costa del lomo de sus trabajadores", añade Xurxo Alfeirán, quien busca el adjetivo preciso, aunque no logra una traducción exacta en castellano. "Como decimos aquí, es muy correntón. O sea, dinámico, sociable, abierto, sincero y real. Está en todo".

Xosé le echa una mano en el Fogar dos Pensionistas, donde ejerce como vicepresidente. "Bien dirigido, es el perfecto trabajador y buscador de mejoras con el que se puede uno embarcar en la vida", añade Alfeirán, quien muestra una fotografía en la que se ve al marinero jubilado atando unas redes en su almacén del puerto, donde guarda la utilería del barco. "Ya ves, a punto de cumplir ochenta años y continúa trabajando. Así está de mozo, porque sigue ilusionado por la vida". 

Desde la playa de Malpica se ven a lo lejos las islas Sisargas. / HENRIQUE MARIÑO

Barizo, que recibe dentro de su caseta en el puerto, asegura que sabe hacer de todo. Entre otras muchas facetas, reclamar los derechos de los pescadores. En 2015, él y su esposa, Gloria Suárez, amarraron su barco para acampar durante tres meses junto a otros armadores del cerco ante la sede de la Xunta. Su objetivo, exigir el aumento de cupos y un nuevo modelo de reparto de cuotas. Aunque consideraron un parche la propuesta de la Consellería do Mar, la flota no podía seguir más tiempo en puerto. Los propietarios y trabajadores de más de un centenar de embarcaciones tenían que comer.

"Antes había colaborado conmigo muchísimo en la política, recabando apoyos por aquí y por allá. Hizo una gran campaña y fue un hombre muy destacado en Unidade Galega, aunque nunca fue militante", reconoce Xelucho Abella. "Sin embargo, él colaboraba sin figurar, una de sus grandes cualidades. Es un hombre admirable que nunca tuvo afán de protagonismo". Quien tiene como libro de cabecera Sempre en Galiza, escrito por el alma del Partido Galeguista, es alguien "muy especial", concluye el profesor jubilado, convencido de que esa curiosidad innata le ha llevado a forjar amistades con el mundo de la cultura. "Su encanto reside en que es un hombre muy sociable, inquieto y con un don de gentes singular".

Xosé Barizo, con tres nietos y una nieta, no para. Tanto descubre una placa durante homenaje a Alfonso Daniel Rodríguez Castelao en la calle que lleva su nombre como se implica en el Fogar dos Pensionistas. "A punto de cumplir ochenta años, desde la asociación siempre está consiguiendo mejoras. Es, sin duda, un hombre con un mérito grandísimo", afirma Xurxo Alfeirán, quien ha reconstruido la historia del pueblo en la colección Malpica en Fotos, algunas de las cuales ilustran este texto.

"Castelao no hace reír, hace pensar, meditar, sentir…", escribía en 19012 Luis Antón del Olmet en el semanario El Barbero Municipal, editado en Rianxo. Su tocayo, también, aunque para que cale su mensaje frunce el ceño y acompaña el verbo con aspavientos, sobre todo cuando defiende su tierra y su mar. "Es muy hablador y no tiene pelos en la lengua. Curiosamente, en la distancia corta carece de sentido del ridículo, aunque luego es incapaz de hablar en público por timidez", confiesa Xurxo Alfeirán.

Xosé Barizo, junto al retrato que le dedicó Siro López. / HENRIQUE MARIÑO

- Xosé, usted salía a faenar cuando se ponía el sol y regresaba al amanecer. Concretamente, entre las siete y las ocho de la mañana, la misma hora a la que se despierta actualmente.

- Yo soy un hombre de mar. Por eso, nada más levantarme me fijo si aquel barco pescó sardinas o jureles y en qué bajo lo hizo, así sé adónde hay que ir a faenar. No estoy en los papeles ni en el ordenador, porque mi vida está lanzada al océano. Tampoco soy un administrativo o un gestor, sino un marinero.

- Así pasa la mañana.

- También ayudo a las atadoras y hago redes, trueiros [salabres] y pancillas [cabos]. En el mar hay un mundo que aprender.

- Además, siempre le ha gustado viajar.

- Nunca fui a lado ninguno. Soy uno de los supervivientes que se quedaron aquí y no emigraron a Suiza, a Alemania, a Inglaterra… Eso sí, he viajado mucho: de Cuba a Egipto, de Francia a Tailandia…

- ¿Y si no hubiese sido marinero?

- Yo nací en esto, aunque quizás me gustaría haber sido abogado para defender a los pobres, sean obreros o marineros. Aunque, si ahora volviese a tener quince años, volvería al mar, pese a que nadie mire por él… ¡Con los puestos de trabajo que da!

- Y los barcos gallegos comprando cuota en el golfo de Cádiz para poder pescar…

- No tiene ningún sentido. Si no hay pescado, pues que se prohíba pescar. Pero si hay sardina na pila, deberíamos poder faenar con mayores topes, alternando las especies para no esquilmarlas. Es como si vas a la aceituna y te dicen que no puedes cogerla: ¡pero si está ahí y se va a pudrir! Sin embargo, ¿cuándo han hablado de los marineros en el debate sobre el estado de la nación​ Suárez, Felipe, Aznar, Zapatero o Rajoy? Y eso que Galicia y España son una potencia pesquera de la Unión Europea, cuyos dirigentes tampoco se enteran. La conselleira debería dar un golpe en la mesa, pero los políticos están ciegos y solo tienen buena labia para hablar en el Parlamento. No hay quién nos represente.

- ¿Ve alguna solución a la vista?

- Que se hable de ello. ¿Por qué Ferreras y laSexta nunca tocan el mar? Y quién dice él, dice otros. Políticamente, Galicia debería tener una representación propia más amplia en Madrid y en Bruselas para defender los intereses de la pesca. Fíjate cuántos diputados catalanes y vascos hay, mientras que nosotros...

- En Malpica viven y mueren del mar, aunque ha respetado a su familia directa, pues nunca sufrió un naufragio

- Nunca tuve miedo. Alguna vez me vi un poco apretado, pero siempre anduve con mucha precaución. Y ahora lo que más me preocupa e interesa es que los políticos luchen por el mar. Mira a tu alrededor y fíjate, porque todas las casas de Malpica están hechas de ese mar.

La tarrafa Novo Castelao, en el puerto de Malpica. / HENRIQUE MARIÑO

Xosé pasea por el puerto de Malpica y posa ante su barco. Luego vuelve a encerrarse en su caseta para dejar claro que no quiere que se hable de él, sino de la pesca. En la penumbra reluce su pelo blanco, como el banco de fosforescentes sardinas que divisaba a una milla en la noche oscura.

- Mar de ardora.

- Ahora, en cambio, el mar ya no arde como antes.

Más noticias de Política y Sociedad