'Frankenstein' siempre revive: por qué sigue gustando en 200 años después
El popular monstruo fue creado por la escritora británica Mary Shelley en 1818, ahora regresa a nuestra televisión de la mano de Netflix y Guillermo del Toro.

Zaragoza--Actualizado a
Los clásicos son clásicos por algo. Son obras imperecederas, que resisten el paso del tiempo gracias a una vigencia que las convierte en eternas. Es el caso de Frankenstein (o el moderno Prometeo), la obra escrita en 1818 por la novelista inglesa Mary Shelley y que es uno de los pilares sobre los que se sustenta el género del terror. La historia es por todos conocida: un estudiante universitario llamado Viktor Frankenstein decide dar vida a un monstruo de apariencia tenebrosa y que carece de nombre. Horripilado por su creación, le abandona dejándole a su suerte.
Es la génesis del mito de Frankenstein. Una criatura ahora convertida en icono pop, pero que su figura ha dado pie a numerosos debates sobre la naturaleza humana, la maldad o la culpa. La obra es revisitada continuamente, solo para generar nuevas lecturas acerca de su simbolismo y la complejidad de sus personajes. Nunca ha dejado de estar en boga, por ello a nadie sorprendió que todo un experto en monstruos como Guillermo del Toro se obsesionase con ella de niño. Ahora ha podido volcar todas sus inquietudes en su última película: Frankenstein (2025), disponible en Netflix.
El subtexto de 'Frankenstein'
Como decíamos, Frankenstein ha sido objeto de muchas lecturas e interpretaciones a lo largo del tiempo. Sin embargo, casi todas ellas coinciden en un subtexto claro en la intención de Shelley. Más allá de la historia de horror y de los asesinatos cometidos por el monstruo, se encuentra la historia de un ser que fue repudiado por la sociedad debido a su apariencia y origen.
Es por ello que, en muchas ocasiones, se plantea quién es el verdadero monstruo de la historia. Si el doctor Frankenstein, quien se desentiende de su criatura condenándola a la más absoluta soledad, o el propio monstruo, quien si bien termina realizando varias atrocidades tras el rechazo de la sociedad, una vez tuvo buenas intenciones. Un dilema de tintes existenciales, además, ya que el monstruo no pidió ser creado, pero una vez vivo jamás encontró el amor; un vacío existencial rara vez vista en una criatura abisal.
La metáfora de crear vida
Claro que la obra original va más allá. Se sabe que Shelley, cuando la escribió, acababa de sufrir un aborto del que iba a ser su segundo hijo, después de haber perdido previamente a su primogénita. También que su madre, la filósofa y pionera del feminismo Mary Wollstonecraft, había fallecido poco después de haber dado a luz. Era, por lo tanto, un momento muy oscuro de su joven vida, pues apenas tenía 18 años.

Evidentemente, estas experiencias vitales están muy presentes en su obra más célebre: en el deseo de poder dar vida a su madre e hijos muertos, pero también en la reflexión oscura que hace sobre los hijos no deseados o la negligencia en la paternidad de Viktor Frankenstein. De hecho, el propio Del Toro confesó en una entrevista con Fotogramas que esta es una de las lecturas que más le interesaron del mito a la hora de hacer su película. “Es una película que quería hacer sobre mi padre y yo cuando era muy joven, de lo que se siente al ser hijo. Y cómo, con el tiempo, el hijo se convierte en padre y repite muchos de los errores”, contó. A lo que añadió: “Para mí lo principal, ahorita que tengo ya 60 años y estoy entrando en la etapa de la memoria: el perdón. La capacidad de no olvidar, pero perdonar… también a ti mismo”.
Una obra feminista
No faltan las voces que hablan de Frankenstein como una obra de clara inspiración feminista, reflejo de la personalidad de su autora. Que en 1818 una mujer fuese novelista como Shelley era una anomalía, algo rechazado por la sociedad. De hecho, inicialmente Shelley no firmó su libro, por lo que la mayoría asumió que había sido escrito por su marido.
Además, como decíamos, la escritora británica era hija de Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer y una de las voces feministas más destacadas de su época. Si bien Shelley nunca la conoció, siempre vivió bajo su sombra. Intentando replicar sus logros. Frankenstein no es un postulado ideológico, pero su punto de partida es la creación de vida sin participación femenina. De hecho, en toda la obra no hay madres, pues Viktor Frankenstein pierde a la suya al principio de la obra y su figura no vuelve a tener presencia más. Es decir, por medio de la ciencia, la autora describe una suerte de parto masculino.
Por ello, la perspectiva feminista interpreta en la obra de Mary Shelley su visión de un mundo sin la figura materna y como el resultado es un monstruo, fruto de la negación de un referente femenino en su vida. Paralelamente, todas las mujeres presentes en la novela tienen un papel meramente figurativo, en lo que sería una representación del papel que la sociedad de la época reservaba a las mujeres.

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