Publicado: 11.11.2014 07:00 |Actualizado: 11.11.2014 07:00

Diez años sin Arafat

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Cuando aceptó la resolución 242 del Consejo de Seguridad, en 1988, Yaser Arafat trató de dar un giro copernicano al conflicto, pero en Israel no encontró ningún interlocutor, de la misma manera que los palestinos no lo tienen ahora, una situación que se prolongó hasta el fin de su vida, el 11 de noviembre de 2004, hace hoy diez años, de manera que el conflicto siguió arraigándose y deteriorándose.

Es cierto que hubo un paréntesis de dos años que fue desde otoño de 1991, cuando la Conferencia de Madrid, hasta 1993, con los acuerdos de Oslo, pero fue un espejismo fugaz, solamente posible gracias al empeño personal del secretario de Estado James Baker y al apoyo que éste recibió del presidente George Bush padre, quienes por medio de una fuerte presión forzaron a Israel a sentarse en la mesa y negociar una suerte de acuerdo.

En cuanto la presión americana se extinguió, que fue enseguida, con el cambio de inquilino en la Casa Blanca, los israelíes perdieron todo incentivo para obrar seriamente, y ahora mismo nos encontramos en una situación muy parecida a la que existía antes de la Conferencia de Madrid, pero con la diferencia de que de tanto en tanto se simula negociar, siempre sin ningún objetivo genuino.

Lo que no fue posible con Arafat tampoco lo ha sido con su sucesor, el consumado pacifista Mahmud Abás, que lleva una década en el poder y que ha visto impávido cómo ha ido multiplicándose el número de colonos judíos en los territorios ocupados mes a mes sin que nada hiciera la comunidad internacional, es decir Estados Unidos y la Unión Europea.

"La generación de Arafat vivió en circunstancias muy complicadas y no pudo encontrar canales adecuados para expresar sus ideas. Con el tiempo eso logró superarse gracias a Fatah, el partido que fundó Arafat, que se adaptó para sobrevivir en circunstancias muy adversas con un mensaje muy simple", comenta un funcionario de Ramala.

Arafat fue un hombre de acción que no dudó en recurrir a la violencia para responder a una violencia todavía mayor que se derivaba de la ocupación militar y de la desposesión sistemática de los palestinos. Su sucesor, en cambio, nunca empuñó las armas. De hecho, Abás es lo más parecido a un burócrata que pueda hallarse entre las filas palestinas.

La diferencia entre los dos radica en que el primero, que había abandonado las armas en su momento, volvió a ellas cuando comprobó que las negociaciones eran en realidad un camelo con el que se pretendía ocultar la expansión colonial. Su sucesor es muy distinto y una década después de asumir el poder sigue observando con los brazos cruzados como los territorios palestinos son desmenuzados día a día por la ocupación.

"En realidad Arafat fue asesinado en julio de 2000, cuatro años antes de su muerte, cuando rechazó el Estado ficticio que le ofrecieron los israelíes", explica el funcionario palestino. A ese "asesinato" le siguieron varias semanas mórbidas en las que se tenía la sensación de encontrarse soñando a cámara lenta o ante una gran pantalla de cine donde todo se movía muy despacio, como si el objetivo estuviera en una nave espacial o debajo del agua, en una región sin gravedad.

Todo estalló de repente ese mismo año a finales de septiembre, coincidiendo con una visita de Ariel Sharon a la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén. Fue la espoleta que puso en marcha la segunda intifada. Seguramente la primera bala no la disparó Arafat pero el líder palestino no hizo nada para detener la rabia y la violencia que enseguida adquirieron proporciones desconocidas hasta entonces.

En enero de 2002, en plena segunda intifada, Israel interceptó un carguero con un alijo de armas que se dirigía a Gaza. Los israelíes acusaron directamente a Arafat de propagar la violencia. No está claro si era así, pero muy bien podía serlo. Arafat a esas alturas ya sabía de sobras que sus interlocutores no tenían la menor intención de retirarse de los territorios ocupados, así que pensó que la resistencia armada debía de volver.

Las circunstancias de su muerte siguen siendo un misterio. La teoría de la conspiración está muy viva entre los palestinos. El caso es que Arafat desapareció en noviembre de 2004 tras una rara y rápida enfermedad, y que fue substituido por Abás, un hombre del que Arafat no se fiaba y que sigue aferrado al poder sostenido por una comunidad internacional que lo mantiene vivo inyectando en Cisjordania grandes cantidades de papel moneda.

No es muy razonable formular hipótesis acerca de lo que habría ocurrido si Arafat no hubiera muerto. "Si Arafat viviese, Hamás no habría dado el golpe en Gaza, Fatah no habría perdido las elecciones y los palestinos no tendríamos tantos problemas internos", comenta el funcionario de Ramala.

"En cambio", sigue diciendo, "a nivel exterior la posición palestina es más fuerte que hace diez años y hemos conseguido que las Naciones Unidas nos reconozcan como Estado". Sin embargo, estos son logros muy modestos, una especie de victoria pírrica que no ha detenido la desmembración de Cisjordania y el ostracismo de Gaza.

Cisjordania es hoy una burbuja con grandes desigualdades. En Ramala, adonde va a parar la mayor parte del dinero europeo, hay una vida que a muchos les parece de ficción y que durará mientras sigan llegando los euros y mientras la policía de Abás -entrenada por la CIA y dirigida por Israel- tenga fuerzas para imponer la calma artificial que impera desde hace una década. En otros lugares de Cisjordania la vida cotidiana es mucho más difícil.

Arafat murió apoyando la segunda intifada y este legado, el de la resistencia a la ocupación, desapareció inmediatamente, al menos en lo que tiene que ver con Fatah, pero probablemente permanece subyacente en buena parte de la sociedad palestina y puede resurgir en cualquier momento si Israel y Occidente no corrigen la política de la última década.