La verdad es –reflexiona Darius Rejali – que no nos escandalizamos por la violencia que se comete con sigilo. Y eso tiene implicaciones inquietantes”. Rejali es uno de los mayores expertos del mundo en las técnicas modernas de tortura e interrogación. Iraní de nacimiento, pero criado en Estados Unidos, se reconoce “hábil” para investigar “individuos y hechos oscuros” y no sufrir excesivos daños al intentarlo. Por eso, este profesor de política social de la Facultad de Reeds (Portland, EEUU) ha dedicado toda su carrera profesional a estudiar las causas y consecuencias de la tortura, y más particularmente, de la tortura moderna. Porque, según explica al otro lado de la línea telefónica, “aunque nos gusta creer que se trata de un simple rastro del pasado, la tortura y la modernización, en realidad, encajan a la perfección”.
Acaba de publicar el libro Tortura y democracia (Torture and Democracy, Princeton University Press ), de la que aún no hay edición en español. Se trata de un auténtico tratado de casi 900 páginas, “una espléndida genealogía de la tortura moderna”, según Kenneth Roth, director de la ONG Human Rights Watch . En esta obra, Rejali recomienda mirar “más cerca” cuando se atribuyen las técnicas modernas para torturar a Hitler o Stalin. En realidad, explica, las mayores y más crueles innovaciones en este campo son obra de las democracias.
“Me sorprendió mucho cuando comencé a investigar”, admite Rejali, que en 1994 ya publicó el libro Tortura y modernidad. El autor estaba investigando acerca de lo que él denomina “torturas limpias”, es decir, aquéllas que no dejan marcas. En su libro ofrece una macabra lista de las más comunes, clasificadas en grupos y caracterizadas según los países donde más se han utilizado: la electrotortura basada en el agua (asfixia, duchas y baños de agua extremadamente fría o caliente) es de origen francés, y la que utiliza máscaras de gas es eslava. Las torturas modernas del mundo anglosajón apuestan más bien por la generación de estrés en la víctima, con la aplicación de drogas, la privación de sueño, la obligación de mantener posturas (de pie, tumbado, de rodillas, crucificado) durante largos periodos de tiempo o la de aguantar durante horas ruidos insoportables.
Explica que, cuando comenzó a acumular datos sobre estas técnicas, lo que más le sorprendió es que “existía un patrón común muy incómodo: aparecieron primero en estados democráticos”. Las torturas que emplean agua fueron utilizadas por primera vez por los estadounidenses en la guerra que les enfrentó con los filipinos a principios del siglo XX. Las que emplean electricidad, por los franceses y de nuevo los estadounidenses, especialmente en la guerra de Vietnam. La última moda en la tortura policia, el taser (un arma de electrochoque) fue inventado en EEUU en 1969. Casi 300 personas han muerto desde 2001 en este país por su uso, según Amnistía Internacional.
Dictadores que intimidan
En cierto modo, es lógico que la “tortura limpia” se desarrolle en las democracias. “Los dictadores no tienen interés en aplicar la violencia que no deja marcas”, explica Rejali en su libro. “La intimidación requiere que [los dictadores] dejen sangrientas pruebas de su poder”. La conclusión evidente, e inquietante, es que la acción de las organizaciones que vigilan el cumplimiento de los derechos humanos no sólo no detiene la tortura, sino que lanza a quienes la practican a un I+D maquiavélico para encontrar técnicas que dejen cada vez menos marcas a sus víctimas. Pero el autor advierte: “La tortura en democracia no es ni remotamente tan mala como en un régimen autoritario, donde el número de afectados y la magnitud del horror empleado es increíble”.
Según la experiencia recogida en el libro, la tortura es uno de los métodos más ineficaces que existen para conseguir información. “Si lo que buscas es una confesión falsa, o que la víctima se comporte de manera obediente, sí es útil torturarla. Si lo que buscas es la verdad, entonces es el método más chapucero que existe”. Por ejemplo, la falta de sueño (una de las técnicas favoritas de los militares estadounidenses) “es una de las peores”, ya que la falta de sueño induce a la víctima a confundir la realidad con la versión de los hechos que le plantea el torturador. En un artículo reciente que ha publicado en The Washington Post, el investigador desmonta otros mitos relacionados con la tortura, como que todas las víctimas hablan cuando están sometidas a este tipo de técnicas (entre 1500 y 1750, los franceses torturaron legalmente a 785 personas, y sólo habló el 3%), que los expertos reconocen cuando alguien está mintiendo o que se puede entrenar a alguien para resistir la tortura.
Perfil del verdugo
Rejali está especialmente interesado en el papel del torturador. Ha realizado dos grandes estudios en Grecia y Brasil, y otros diez más pequeños en diversos países de Latinoemérica. Y la conclusión es la misma: “Es la gente más corriente del mundo”. “La razón –continúa– es bastante obvia, ya que las organizaciones no quieren sádicos, que no obedecen las reglas. Los torturadores son elegidos por su lealtad y su obediencia”. Suelen ser jóvenes, y hombres, “porque las organizaciones militares o policiales son patriarcales: los mejores trabajos son para ellos”. Rejali reconoce, en todo caso, que aún hay que investigar qué impacto tendrá en las técnicas de tortura la progresiva incorporación de la mujer en las cúpulas militares y policiales. Lo que está claro para el experto es que se trata de “personas normales, y por eso, no es una sorpresa que, cuando torturan, sufren exactamente los mismos problemas que cualquier persona normal tendría: desórdenes relacionados con el estrés postraumático, alcoholismo… La tortura”, concluye, “no es sólo mala para la víctima; es terrible para el torturador y su familia”.
Tras decenas de años de investigar el lado más oscuro de los interrogatorios policiales y militares, Rejali es, en todo caso, optimista. “Que la tortura termine depende de los líderes. Deben ser firmes y conscientes de que consentirla crea un estado dentro de otro estado y que destroza la profesionalidad de sus fuerzas de seguridad”. El experto responde rápidamente cuando se le pregunta si ha tenido problemas con algún gobierno. “No”, pero añade, riendo: “Todavía”.
“Es una pregunta excelente. Nunca me la habían hecho antes”. Darius Rejali reflexiona sobre los métodos que utiliza para protegerse a sí mismo de las consecuencias que puede tener trabajar cada día con informaciones e imágenes que muestran el trabajo preciso y frío de los torturadores y el sufrimiento de los torturados. “La gente que investiga sobre este tema”, reconoce Rejali, “suele desarrollar cierta tendencia a la misantropía, ya que considera a los seres humanos estúpidos o malignos. Pero yo no me arrepiento de estudiar la tortura”, asegura, “porque aprecio, quizá más que nadie, los beneficios de la paz”. El investigador explica que logra esa paz tocando el acordeón, saliendo de copas con sus amigos, jugando al backgammon o haciendo surf.
Habrá que definir el concepto de normalidad. También el concepto de tortura ( física y psíquica ) la psíquica que al final causa lesiones físicas. Creo que si existieran hombres normales, las torturas no existirían. Vivimos en una sociedad de torturadores y todo el mundo lo permite.
Tiene razón, ademas debe ser un auténtico experto. Nacido en Irán y educado en EEUU. Una autoridad en la materia. Por eso se llaman democracias las que la practican. Porque torturan sin que parezca que torturan. Y eso sin contar con las represalias sociales, como dejar sin trabajo o hacer la vida imposible a las personas que se distinguen por sus ideas o sus actos "díscolos" con el sistema, como practican los dirigentes del Opus de las grandes empresas de este país. Una moderna y democrática "caza de brujas"...
Supongo, si se puede, que este señor, por muy investigador que se diga, no posea la verdad; en todo caso será su verdad, pués cuando habla sobre la "normalidad del berdugo", no creo su verdad; para dolor propio, viví con alguien que se lo tomó con una profesionalidad espeluznante; ¡era mi padre! y fue una persona "normal"; amaba a su familia, le encantaban los niños, misa diaria, y si ocasión hubiera tenido -tuvo pocas-, no se habría quedado a la zaga; estaba convencido que había que hacerlo, y cuanto mejor, más mérito. ¡Ah! Era español
Hace tiempo que salió por Amnesty International la lista de paises que fabricaban instrumentos de tortura para exportación. Entre esos paises -denunciado varias veces en algunos foros sin ningún eco investigativo en quienes viven de la "información"- se encuentra nada menos que la nación más sometida y torturada del universo de las nueces y los cupos: "El Pais de los Vascones", bereberes, antiguos habitantes del norte de África que, por miedo, desertaron del ejército de Aníbal cuando iba a cruzar los Alpes contra Roma.
Si un tipejo hiciera un daño irreparable a mi familia, me gustaría verme las caras con él en una habitación donde "no existiese el estado de derecho". Pero la obligación del Estado de Derecho debe ser existir en todas las habitaciones, y no ser siempre comprensiva y complaciente con las víctimas: los terroristas de hoy fueron también víctimas en el pasado...
La tortura es incompatible con la pretensión democrática de los países que las propician, que las consienten. Ahí están los informes anuales de Amnistía Internacional. Los Estados que así actúan se vacían de legitimidad. Es así de simple, así de incuestionable. El daño preventivo al otro es intolerable y, sin embargo, se generaliza una actitud moral y política en la que ya no parece tener vigencia aquello de que los fines no justifican los medios. Y sin embargo, no los justifican.
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