Publicado: 22.04.2012 08:30 |Actualizado: 22.04.2012 08:30

El elefante que desnudó al rey

La cacería de Bostsuana abre con fuerza el debate sobre el futuro de la Corona. Los expertos consideran que el viaje y el perdón real suponen un punto de inflexión que estimulará los cambios en la máxima instituci&oacute

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A todo perdón le sucede la penitencia. Es lo que ordena la tradición cristiana, así que es razonable esperar que a una familia que no ha roto jamás sus lazos umbilicales con la Iglesia católica cumpla con el imperativo divino. Es de esperar, por tanto, que al rey, a la monarquía, pasado el momento del arrepentimiento y la contrición, caducado el efecto balsámico de la rectificación, le toque ahora librar tal contienda, aplicarse al sacrificio y al propósito de enmienda. Al cambio y la reconversión hoy ya ineludibles. 

El periodo de duelo y la necesaria y paulatina transformación de la Corona a los nuevos tiempos no es un aserto retórico o una conclusión ligera. El desgaste de la monarquía se ha acelerado enormemente, y ya nadie lo niega. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) reveló en octubre el primer suspenso a la monarquía (4,89). La cadena de escándalos y recias polémicas que han puesto a la Casa del Rey en el epicentro del huracán no se ha detenido en los últimos años. El caso Urdangarin ha extendido una mancha muy difícil de limpiar sobre la institución. El tiro en el pie de Felipe Juan Froilán ha dejado en evidencia las peligrosas (y burguesas) aficiones del nieto mayor de Juan Carlos y Sofía. Pero ha sido un elefante el que ha desnudado al monarca ante los ciudadanos, el que ha destapado con crudeza el amor de un rey a un hobby que disgusta a los españoles, el que le ha retratado como un jefe del Estado que, en una de las semanas más críticas para el país, se marcha a un safari de lujo en Botsuana invitado por el empresario saudí Mohamed Eyad Kayali. El elefante que embarró su presunta preocupación por el paro juvenil y le situó del lado de la frivolidad y la despreocupación. El elefante que obligó a Juan Carlos a protagonizar un gesto histórico, sin precedentes en sus 36 años largos de reinado: la petición de perdón. "Lo siento mucho. Me he equivocado... y no volverá a ocurrir". 

El incidente ha destapado el lado más oscuro del monarca

El episodio cinegético ha marcado un punto de inflexión. Otro más tras el espinoso asunto del todavía imputado Iñaki Urdangarin. Los expertos anticipan que el accidente real no pasará en balde. Que obligará a cambiar costumbres, a reforzar los flancos más débiles de la Corona –como la transparencia o la comunicación–, y a preparar, a medio y largo plazo, el relevo en la Jefatura del Estado a favor del príncipe. Diversos analistas desmenuzan para Público las consecuencias de la unánimemente calificada como "inoportuna" e "inapropiada" cacería del monarca en Botsuana. 


Los quebraderos de cabeza de la Zarzuela no se desatan por el safari. O no sólo. El hecho capital que estentóreamente abre la crisis es, a ojos de los expertos, el caso Urdangarin, el que "quiebra de facto la relación entre la Casa y los medios de comunicación", el que definitivamente despoja a la monarquía de todo blindaje y el que la equipara con otra institución del Estado, sometida al ojo público, como sostiene Fernando Vallespín, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid y expresidente del CIS. "Ese es realmente el asunto serio, gravísimo, porque sobre la monarquía no puede planear la sospecha de la corrupción, no puede existir ni la más mínima posibilidad de que pueda llegar a reinar una persona que haya sido condenada", apuntala Antonio Torres del Moral, constitucionalista de la UNED y estudioso de la Corona española. El escenario se complicó esta semana cuando trascendió que el soberano pudo haber hecho gestiones, a favor de su yerno y a través de la infanta Cristina, ante el expresidente Francisco Camps.

El escándalo de Urdangarin despoja de blindaje a la Corona y es el asunto realmente "grave"

Entonces, si la médula del problema se halla en los amaños presuntamente delictivos del duque de Palma, ¿por qué el resbalón de Juan Carlos en Botsuana ha gozado de una repercusión mayor? Los investigadores apuntan como primera razón obvia esta: no es un familiar colateral del monarca el centro de la polémica, es el propio rey el que ha patinado ostensiblemente. Según arguye Vallespín, se ha cernido la sombra del "desencanto" sobre una figura que "se percibía como intachable en el ejercicio de sus funciones constitucionales". Agrega que ha indignado a la ciudadanía que se trate de un safari de lujo en una coyuntura crítica, la afición "poco estética" de cazar elefantes y la consciencia popular de que Juan Carlos ha sido "explícitamente pillado" en un renuncio y de que ha trascendido sólo porque se fracturó la cadera y tuvo que ser operado de urgencia en Madrid

Alfredo Retortillo, politólogo de la Universidad del País Vasco, remacha el elenco de argumentos: "La cacería ha dejado al rey al desnudo y la población se ha dado cuenta. Aunque el perdón pueda servir para algunos, no deja de ser un parche. Se ha roto el halo el halo que le protegía. La monarquía se enfrenta a la necesidad de hacer algo y no le vale con el arrepentimiento. Eso vale para salir del paso. Pero lo sustancial es que el rey se ha cargado el juancarlismo, que este suceso le ha debilitado socialmente. Con el caso Urdangarin, ya la gente miraba la Casa Real con el ojo torcido, y ahora se atraviesa el límite". Retortillo insiste en la caída del mito, de la imagen idílica fuertemente labrada en la Transición: "Era Juan Carlos quien protegía a la monarquía, era su parapeto, y no al revés. Por tanto, cuando él comete un error, la monarquía es la que queda expuesta y a él no lo puede salvar nadie. Está desnudo ante una opinión pública que no es monárquica".

Dicho de otra forma: el soberano que en su último discurso de Navidad hablaba del comportamiento "ejemplar" como estricta regla que debían observar todas las personas con responsibilidad pública, y también la Corona, sintió la recriminación ciudadana por su actitud nada "ejemplar". Como poco "ejemplar" había sido para la Corona la conducta de Urdangarin. "No descubre la desconexión del jefe del Estado con la realidad, es que su realidad es distinta a la realidad de mucha gente, por mucha aureola de campechanía. Quizá se ha mostrado la parte más obscena de esa desconexión", apunta el profesor de la UPV. Torres del Moral avisa de que, justo por estar desprovisto de funciones ejecutivas, "el rey es rey los 365 días del año y las 24 horas del día". "Dado que la Jefatura del Estado tiene más valor simbólico que otra cosa, debe cuidar al milímetro esos símbolos", expone. 

"l rey se ha cargado el juancarlismo" con su actitud no ejemplar, dice un analista de la UPV

La Zarzuela se había dado cuenta de que el percance era muy grave. El mismo jefe del Estado se convenció el lunes pasado, 48 horas después de su operación y conocido el río incesante de críticas a su actitud, de que tenía que pedir disculpas a los españoles. "Y lo hizo, salió a decir 'lo siento', no lo minimicemos", puntualiza José Apezarena. Este periodista especializado en temas de la Corona suele hablar de las "muescas" en el prestigio de la Casa, de los "desconchones" progresivos que ensucian la fachada de una institución cuya imagen pública se asienta en la estabilidad de la familia y en su prestigio, confianza y credibilidad. Por ello, atribuye a la cacería un elemento de "desgaste": "Pero nos hemos emocionado en exceso. Seamos fríos. El rey se fue a cazar elefantes, un gesto inapropiado, inoportuno, nada estético... aunque no ilegal". 


No corren los tiempos de la Transición, ni mucho menos. Pudo comprobarse esta semana. El runrún sobre la achacosa salud del soberano se reavivó una vez más. La nube de comentarios sobre su cansancio y fatiga (ya lo evidenció en público cuando dormitó en una conferencia) resurgió. Los medios de comunicación, que durante tres décadas habían extremado el celo sobre la familia real, se prodigaron en las críticas al monarca. No faltaron las amonestaciones, incluso, de la prensa conservadora, ni pasó desapercibida la demoledora censura que firmó José Antonio Zarzalejos, exdirector del diario Abc, en dos artículos en ElConfidencial.com de expresivo título: "Historia de cómo la Corona ha entrado en barrena" y "La operación don Felipe, en marcha". Zarzalejos, monárquico declarado, ahondaba en los problemas familiares de los Borbón: señaló que la reina se escapa con frecuencia a Londres y se atrevió a reprochar a Juan Carlos su "estrecha e íntima amistad" con la alemana Corinna Zu Sayn-Wittgenstein. Este viernes, incluso circuló en varios medios fotos de ambos juntos. Los informadores incidieron asimismo en que Sofía determinó no interrumpir su estancia en Grecia cuanto tuvo conocimiento de la caída de su esposo y en que su primera visita al hospital USP San José duró apenas 20 minutos. Las cámaras ya habían recogido el mes pasado otra huella de la crisis de la pareja: "¡Déjame hablar!", le espetó el monarca a su esposa, a la vista de todos. En suma, varias piezas que arrojan la imagen de un matrimonio real reducido a un paripé. Apezarena advierte del peligro de traspasar la raya, porque en España nunca se ha enjuiciado a los políticos por sus affaires de cama. "No me parece bien, no hemos aireado siquiera los que pudiera tener el presidente del Gobierno", remacha.

Torres del Moral: "El pacto de silencio se ha roto. Al rey se le ha acabado la bula"

De camino, se cruzó el debate de las amistades del soberano y de sus negocios. Previo al desplazamiento a Botsuana, en Semana Santa, Juan Carlos había viajado a Kuwait para pedir al emir Sabah Al Ahmad Al Sabah que exporte petróleo a España, aprovechando sus excelentes lazos con las monarquías del Golfo Pérsico. No voló con miembros del Gobierno –obligado en un acto oficial–, aunque la Moncloa sí estaba informada de todos los movimientos. Al Estado africano fue invitado por Kayali, empresario hispanosaudí de origen sirio que impulsa y promociona en España los negocios de la Casa Real saudí y uno de los hombres clave en la adjudicación a nuestro país del AVE entre La Meca y Medina. Kayali es, además, íntimo amigo de Juan Carlos. El coste de la excursión se desconoce. 

"Es evidente, el pacto de silencio se ha roto. No existe. Incluso hay cierta delectación en contar cosas de su vida privada, algo impensable hace años. El rey había tenido bula hasta ahora y se ha acabado. Cualquier cosa que le suceda a la Casa está al segundo en Internet. Es imparable", analiza Torres del Moral. Su visión es compartida por todos los expertos. La protección que los medios imponían sobre la Jefatura del Estado durante la Transición comenzó a agrietarse "con el noviazgo del príncipe con Eva Sannum" y se rompió en los últimos años, conforme se alimentaba el debate sobre la opacidad de sus cuentas, se agravaban los problemas familiares –divorcio de la infanta Elena–, se desvelaba el pensamiento conservador de la reina en un libro, corría como la pólvora el "¿Por qué no te callas?" o estallaba el caso Urdangarin. No hay urna de cristal ni misericordia de los medios.

"El velo ha caído, la información fluye. Antes había un pacto no escrito para salvaguardar a la Corona. En la medida en que el espectro de la Transición se aleja y se aleja el temor a un golpe de Estado, se hace más difícil que la Corona escape a la presión informativa. Y es positivo", estima Göran Rollnert, constitucionalista de la Universitat de València. Vallespín y Abdón Mateos, presidente de la Asociación de Historiadores del Presente y catedrático de la UNED, coinciden en que la "madurez y consolidación" de la democracia explican el fin de la "autocensura" en los medios, así como el distanciamiento que las nuevas generaciones sienten hacia una Transición que no vivieron. Factores todos ellos que, según los analistas, obligan a la Zarzuela, con más razón, a acometer los cambios y a adaptarse rápidamente a los nuevos tiempos. Yolanda Gómez, catedrática de Derecho Constitucional de la UNED, clava el diagnóstico: "Ninguno éramos como somos hoy tras 30 años. Ni la sociedad, ni las personas, ni las instituciones. Es el cambio inevitable". 

PSOE y PP han servido de escudo de la Casa Real desde la Transición

La Casa Real cuenta no obstante con dos potentes aliados, los dos grandes partidos. PP y PSOE han vetado obstinadamente todas las preguntas incómodas, no exigieron al rey que enseñara el desglose de su asignación presupuestaria ni impulsaron en los últimos 30 años una Ley de la Corona. En la pasada semana, los socialistas sí deslizaron medidas críticas por la cacería en Botsuana. El Gobierno, más impermeable, se resiste a incluir a la Zarzuela en su Ley de Transparencia. Para Vallespín, que PSOE y PP hayan mantenido el blindaje obedece a que Juan Carlos "ha puesto en cuestión sólo sus funciones simbólicas", no políticas y a un cierto "pragmatismo", a una renuencia a dar a entender que se quiere cambiar la forma de gobierno del Estado. IU y el resto de fuerzas de izquierda sí han fustigado al monarca por su comportamiento, han pedido un control parlamentario de sus actos y de los de su familia y han demandado un referéndum.


Tras el perdón real, el temporal ha amainado, pero no ha cesado. El episodio de Botsuana, cree Mateos, marca un claro punto de inflexión, porque ha abierto debates hasta ahora soterrados, como la abdicación. Puede servir de palanca, añade Gómez, para dotar de más transparencia a la institución. Ha de funcionar como "estímulo", opina Torres del Moral, para introducir un "elenco de retoques" de puertas para dentro y para fuera de la Zarzuela. ¿Cuáles?

Retortillo avanza que la "unica salida" posible es que el rey abdique en su hijo en el medio plazo

Todos los analistas consultados por este diario anticipan que, visto el desconcierto y el oscurantismo con que la Corona y la Moncloa manejaron la cacería en las primeras horas, y la contundente respuesta de los ciudadanos, la Corona "ha tomado nota y actuará". Y juzgan que el avance hacia una mayor transparencia es ineludible e imparable. Citan que debe trascender, con más o menos detalle, la agenda privada de los reyes y de los príncipes. Que la interlocución entre la Zarzuela y el Gobierno sobre viajes y otros asuntos ha de ser más diáfana. Que la comunicación con los ciudadanos sea directa y clara. Que las finanzas y patrimonio de Juan Carlos deben publicarse, como se hizo en diciembre con los dineros procedentes de los Presupuestos. Que las amistades y negocios del soberano no pueden quedar ajenos al escrutinio público. 

Apezarena: "Transparencia, toda. Yo soy partidario de cuanta más, mejor, pero también soy partidario de que no haya desigualdades. Exijamos a la Corona lo mismo que a otras instituciones del Estado, no más. Porque de las Cortes Generales, del Consejo de Estado o del Consejo General del Poder Judicial apenas conocemos detalles de sus cuentas". Idéntico rasero demanda Gómez. Torres del Moral no sugiere tales objeciones: "Adaptar la monarquía a las exigencias de un Estado de derecho cuesta trabajo, pero se puede, se puede hacerla más racional que emocional". 

Retortillo camina un paso por delante. A medio plazo, se impondrá "la única solución posible": la abdicación de Juan Carlos. "La crisis es seria, no es agua pasajera. La monarquía no puede hacer como si no hubiera pasado nada. La renuncia a favor de Felipe llegará, y no creo que pase de 2013. Es aconsejable distanciar ese momento de la crisis de Botsuana, porque plantear el recabio en plena debilidad del rey garantizaría un muy mal acceso del príncipe a la Jefatura del Estado. Pero yo no veo otra salida, y no creo que se postergue ad calendas graecas", defiende. ¿Por qué esa vía tan rupturista es la única posible? "En una situación como esta, con una autoridad en peligro, esta tiene muy difícil recuperar el favor popular".

Apezarena o Gómez creen que hay que pedir la misma transparencia al rey y a otros órganos

Podría pensarse que preparar el relevo –alternativa apuntada también por Zarzalejos– abriría un debate incontrolable sobre monarquía o república. Retortillo aduce que los "costes de no hacer nada son mayores que el hipotético riesgo de una sucesión controlada". Mateos considera que, aunque la muerte del rey siempre se ha concebido como una "parte fundamental" de los ritos dinásticos, sería "bienvenido" que el recambio se produjera en vida, antes de esperar a la "degeneración biológica del jefe del Estado". "No hay que abrirse las carnes, conviene una sucesión ordenada", alega. Rollnert contempla la abdicación como una "posibilidad" plausible, teniendo en cuenta las circunstancias y la "cualificación" del príncipe, "limpio de cualquier asunto que degrade la imagen de la Corona". A lo que se añade la imagen de renovación, estabilidad y unión de la pareja de Felipe y Letizia. Apezarena se remite a lo expresado por el propio Juan Carlos el miércoles, en su acto de contrición: "Estoy deseando retomar mis obligaciones". Y también a lo manifestado por la Casa anteriormente. "¿Abdicar? ¡Nunca! ¡El rey no abdicará jamás!", exclamó la reina ante la periodista Pilar Urbano. "Pero sí pondrá cada vez más en primera línea a don Felipe. Lo veremos a tope. Ese rodaje como futuro rey ya está viendo, y desde tiempo atrás", reflexiona el periodista. 

En la Zarzuela no quieren oír hablar de abdicación. Reconocen el mayor protagonismo del príncipe, su mayor actividad institucional. Niegan, sin embargo, cualquier "revolución". "Continuaremos e intensificaremos la política de transparencia. No será de un día para otro y no tenemos aún decidido cómo se hará", explica un portavoz, remiso a detallar si se divulgará al menos la agenda privada del monarca: "Ya se comunicará. El accidente de Botsuana no supondrá un terremoto. No se va a poner la Casa patas arriba. Se avanzará en transparencia igual que estaba previsto antes. O, por ejemplo, se remodelará la página web. La incidencia de este suceso se está exagerando".

La Zarzuela avisa de que Botsuana "no pondrá patas arriba" la institución

Mucho se ha hablado toda esta semana del vacío legal. España, 33 años después de aprobada la Constitución, no ha desplegado el Título II, el que afecta a la monarquía. No ha impulsado una Ley de la Corona que delimite la familia real y regule sus actividades. Ni ha aprobado el Estatuto del príncipe, de suerte que el heredero no tiene ninguna función constitucional atribuida. Ni ha tasado el procedimiento de la abdicación y renuncia del rey, como ordena el artículo 57. 5. Para Torres del Moral, las tres piezas son claves y "urgentes", a lo que se añadiría la reforma de la Carta Magna para preservar la igualdad de hombre y mujer en el acceso a la Jefatura del Estado, aplazada sine díe. Apezarena entiende que es un asunto "urgente", aunque "no una prioridad para el país", dada la emergencia de la crisis. Gómez sostiene que el desarrollo por ley orgánica del 57. 5 debe hacerse sólo si Juan Carlos anunciase su intención de retirarse. "No es igual abdicar por enfermedad que por otra razón, como cuando Eduardo VIII de Inglaterra dejó el trono a su hermano en 1936 para casarse con Wallis Simpson". La catedrática de la UNED sí juzga necesaria una norma relativa a la Corona, pero niega que Felipe actúe sin cobertura legal, pues desde que juró como príncipe de Asturias ante las Cortes en 1986, puede asumir funciones de representación. 

No obstante, la regulación no depende de la Zarzuela. Torres del Moral o Retortillo creen que la monarquía sí debe animar a los dos grandes partidos a promover los cambios legislativos, porque tiene "margen para actuar". "No hay masa crítica suficiente en las bases de PSOE y PP como para mover las cosas. La Zarzuela no es tonta y debe llevar la iniciativa". Apezarena, Gómez o Mateos entienden que el liderazgo no puede partir de la Corona, pues se vería como una interferencia. Distinto es que toda modificación del estatus de la institución debe hacerse "con el rey", no a sus espaldas. Un portavoz de la Casa refrenda esa versión: Juan Carlos tiene las manos atadas, tienen que ser el Gobierno y las Cortes los que alienten y consensúen las reformas. El caso más inminente es la Ley de Transparencia. Todos los expertos subrayan que la monarquía, por muy distinta que pueda ser a la Administración Pública, no puede quedar fuera. 

"O la monarquía se adapta o sucumbe", sentencia un profesor de la UNED

¿Pero qué ocurrirá si no hay cambios, si la Corona no se moderniza? "O se adapta, o sucumbe. No puede haber en el siglo XXI poderes ocultos, hereditarios y sin funcionalidad. El nuevo rey deberá granjearse la auctoritas, el prestigio, la adhesión y el reconocimiento, y ganárselo cada día. Si no hace nada, sucumbe aquí y en cualquier sitio, porque la República siempre tiene las de ganar, porque cuenta a su favor con la savia de las urnas, el principio de racionalidad de que carece la monarquía", augura Torres del Moral. No obstante, el desgaste de la Casa no es directamente proporcional a la demanda de un cambio de régimen. Retortillo insiste en que no existe "masa crítica suficiente" salvo si la institución "se sigue pudriendo". Rollnert sostiene que es prematuro hablar de "crisis institucional" tras la aventura de Botsuana: "Los ciudadanos pueden perdonar excentricidades, extravagancias... pero no la implicación de la Corona en un escándalo de corrupción como el caso Urdangarin". "No creo que se exacerben los ánimos. Muchos ciudadanos pueden sentir que el rey les ha defraudado, pero ello no significa que se vuelquen a favor de la República", tercia Vallespín. 

El tiempo hablará. El tiempo dirá si el rey ha comprendido la necesidad del cambio, cumple su penitencia y se dispone a poner su casa a punto para el siglo XXI o si el prestigio de la Casa sigue yéndose por el desagüe. Y también dirá si los partidos son capaces de desbrozar por fin el camino que la Constitución marcó hace más de tres décadas. De lavar la cara y regenerar una institución con andares históricamente paquidérmicos. Como los del elefante. 

El Título II de la Carta Magna de 1978 es el que desgrana el estatus y funciones de la Corona. Atribuye al rey la Jefatura del Estado, la más alta representación del país y el mando "supremo" de las Fuerzas Armadas y enumera sus competencias, más simbólicas que otra cosa (sancionar leyes, convocar y disolver las Cortes a propuesta del presidente del Gobierno, proponer el candidato a la Moncloa, ejercer el derecho de gracia...). 

Pero aparte de la Constitución y de reales decretos dispersos –dedicados a dibujar el organigrama de la Casa, el Registro Civil de la familia real o los títulos de sus miembros–, no hay más. No hay una Ley de la Corona, como han pedido insistentemente los constitucionalistas. Así, no está regulado quiénes forman parte de la Casa Real y quiénes son familiares del rey, qué actividades privadas son compatibles o no, qué negocios pueden emprender. En definitiva, un texto que limite y estipule con claridad qué puede hacer y qué no la familia reinante. El vacío legal volvió a resultar llamativo cuando estalló el caso Urdangarin y no se sabía cómo podía el monarca separar al duque de Palma. Al final, fue por la vía de los hechos: se le apartó de la agenda oficial y se declaró su conducta poco "ejemplar". No está aprobado ni tan siquiera un Estatuto del príncipe heredero, o de la reina consorte o el consorte de la reina. Por ejemplo, el rey sí goza de aforamiento, es inviolable y, en consecuencia, no se le puede imputar. Sin embargo, cualquier miembro de su familia, incluidos Sofía o Felipe, sí puede ser acusado por un juez.

Los problemas de la reforma

Sobre la retirada del monarca, la Carta Magna incluye una referencia sucinta en el artículo 57. 5: "Las abdicaciones y renuncias y cualquier duda de hecho o de derecho que ocurra en el orden de sucesión a la Corona se resolverán por una ley orgánica". Tal norma no existe, de forma que no está tasado el procedimiento. La Constitución sólo se explaya en los casos de inhabilitación del soberano (artículo 59): si el jefe del Estado estuviera inhabilitado y así lo ratificasen las Cortes, ejercería inmediatamente la Regencia el príncipe heredero, si fuera mayor de edad.  La incapacitación de Juan Carlos no se ha planteado con ocasión de las diversas operaciones quirúrgicas que ha sufrido

Viejo es el debate de reforma del Título II de la Constitución, necesaria para eliminar la prevalencia del varón sobre la mujer en el acceso al trono. Sin embargo, tocar este apartado implica una reforma agravada de la Carta Magna (artículo 168): las Cortes estudian el proyecto de revisión, se disuelven las Cámaras y se convocan nuevas elecciones. El nuevo Parlamento analiza y aprueba la reforma y pone fecha a un referéndum. Torres del Moral aconseja que, si se enmienda el Título II, se hagan otros dos retoques: que el rey deje de ejercer el mando supremo del Ejército, pues "la defensa es una política del Gobierno, no de la Corona", y que el monarca no tenga potestad para declarar la guerra o hacer la paz (artículo 63. 3), puesto que España se configura como un Estado que promociona la paz.