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Decide Madrid La hacker de Carmena

‘Consul’, el software libre que creó el Ayuntamiento madrileño para su plataforma de consultas ciudadanas ya ha sido replicado en 16 países y lo usan más de 50 instituciones, entre ellas gobiernos de todo el mundo.

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'Consul', el software libre que creó el Ayuntamiento de Madrid.

La proclama ‘mandar obedeciendo’ es mucho más que el título del documento que presentó Pablo Iglesias para llevarse Vistalegre por delante. Esas dos palabras las pronunció el subcomandante Marcos en el 94, parapetado tras el pasamontañas con el que daba voz a “los hombres y mujeres del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, los sin rostro”. Los zapatistas fueron, según la programadora y activista Marga Padilla, los primeros hackers de la historia. Los que apostaron desde el principio por una gobernanza de liderazgos distribuidos, como la red, y los que aplican los cuatro principios básicos del software libre a la vida.

Esas cuatro libertades –libre utilización, acceso al código fuente, libertad de distribución, copia y remezcla- las cumple Consul, la herramienta de participación ciudadana en la que se basa la plataforma Decide Madrid, desde donde el ayuntamiento de la capital vehicula las consultas ciudadanas y los presupuestos participativos. “Esta es la herramienta que imaginábamos cuando empezamos a hacer prácticas de democracia digital en las plazas y en las calles del 15M”, sostiene Miguel Arana, director de Participación del consistorio madrileño. Así justifica los más de 350.000 registrados en la web en un periodo récord de tiempo; un dato que la ha convertido en la plataforma para ensanchar la democracia con mayor número de usuarios del mundo. Pero Consul no se queda solo en la capital: Madrid está exportando participación.

Desde que arrancó el proyecto, 16 países han querido sumar las ventajas digitales de Consul en sus consultas ciudadanas. Su código, de acceso libre, fue creado por los cuatro ingenieros informáticos del Área de Participación Ciudadana, Transparencia y Gobierno Abierto del Ayuntamiento de Madrid. Ese equipo de hackers ha ido cambiando y desde hace unos meses, cuenta con una mujer.

Los "hackers de Carmena".

Se llama María Checa y tiene 24 años. Creció en Valdemoro, un pueblo del sur de Madrid. Estudió ingeniería informática aunque también quiso ser médica y astrofísica. Empezó a hacer páginas web a los 12 años, por su cuenta, porque en el cole le aburrían las clases de informática donde no pasaban de toquetear hojas de Excel. A los 13, la revolución de Internet llegó a su casa y el mundo de posibilidades de Google se abrió ante sus ojos. Le gusta el diseño gráfico y dibujar. A programar aprendió en la carrera de Ingeniería Informática de la que todavía le quedan algunas asignaturas. Lleva trabajando desde los 18 años; a esa edad encontró su primer empleo a media jornada en una empresa donde hacía labores de maquetación y diseño gráfico. “Siempre he sido muy autodidacta, y eso que en mi familia hay de todo menos informáticos” cuenta a Público.

Conoció Consul cuando los bolardos de las calles madrileñas anunciaban la primera gran consulta ciudadana sobre la remodelación de la Plaza de España y la mejora del espacio peatonal de la Gran Vía. “Carmena le ha dado un giro de 180 grados al ayuntamiento”, asegura. La propia alcaldesa recordaba, en el festival de tecnologías de la participación Ciudades Democráticas, que “la historia evoluciona gracias a los procesos colaborativos”.

Eso lo sabe María. Ella trabaja desde siempre con software de código abierto porque “cualquier buen programa es siempre open source”. Y no solo porque funciona mejor, sino también por una cuestión política que Richard Stallman, el fundador del movimiento por el software libre, define en esta frase: “Crear un programa libre es contribuir a la sociedad; el privativo supone un ataque contra ella”.

Cualquier creación adquiere mucho más valor, también desde un punto de vista técnico, cuando se comparte y se libera su código. Bien sea una aplicación para saber el tiempo que va a hacer este fin de semana en tu pueblo o la herramienta de participación ciudadana más usada hoy en el mundo, como es Decide Madrid: “Un código cerrado es algo hermético, es lo que usan las empresas. Ellas se pierden el valor del conocimiento compartido que aporta la comunidad”.  

Miguel Arana apoya esa idea: “El software libre siempre es un regalo al mundo”. Al ayuntamiento, explica Arana, le cuesta lo mismo ofrecerlo gratis que hacerlo privativo y ponerle un precio, aunque los beneficios de poder compartirlo y mejorarlo entre todos los usuarios superan con creces los de la propuesta comercial. Otra de las ventajas es que al estar visible el código, es más difícil de manipular. Primer requisito de cualquier proyecto de participación: transparencia. “Tener una caja negra donde se vota, a la que solo tiene acceso una empresa y cierto número de programadores, debería darnos un miedo terrible a todos”. El proyecto Decide Madrid pretende ser todo lo contrario. Ahora mismo hay unas 300 copias del código, lo cual quiere decir que al menos 300 programadores en el mundo están mirándolo y comprobando si funciona.  

Vanessa Tonini.

Hackear la brecha tecnológica de género

El equipo de hackers del Área de Participación valora las aportaciones que hace cada ciudad, municipio, programador o administración pública que usa Consul: “Hay muchos errores que no habíamos contemplado solo nosotros cuatro”, afina María. Precisamente a la caza de esos detalles que limar en la herramienta también ha ido otra hacker y desarrolladora web. Es Vanessa Tonini, coordinadora de un proyecto colaborativo para dar soporte a la comunidad de usuarios llamado Consul Going Worldwide, desarrollado en el taller Inteligencia Colectiva para la Democracia de Medialab-Prado.

María y Vanessa son dos mujeres decididas a luchar en la línea del frente de una guerra en la que está en juego conseguir la paridad a todos los niveles. “Es el resumen de la vida de una mujer desarrolladora: por más que mostremos nuestro trabajo y talento, siempre nos encontramos con hombres que tienen que interrumpirnos y explicarnos cosas que ya sabemos. Tenemos que trabajar mucho más para demostrar que sabemos de lo que hablamos”, critica Vanessa. “En este mundo se ve mucho más la brecha de género”, lamenta María, “y sí: el hecho de ser mujer influye en mi credibilidad como profesional de la tecnología”. Aunque no es algo que le pase en su actual puesto de trabajo, matiza. “Las generaciones futuras van a notar una mejoría bestial en el tema de la igualdad, o al menos eso espero”.

Hasta Porto Alegre se apunta

“La experiencia del caso español en participación ciudadana empieza a ser más avanzada que la nuestra”, declaraba el exalcalde de Porto Alegre Tarso Genro a Público. Ahora, hasta la ciudad brasileña -donde llevan haciendo presupuestos participativos desde hace 28 años a través de asambleas presenciales- se sube al carro tecnológico e implementará Consul.

Los técnicos de Porto Alegre no ocultaron su sorpresa cuando supieron que, en la primera edición de unos presupuestos participativos en España, participaron 70.000 personas con voto online. Su modelo había sido tradicionalmente el contrario: las votaciones en la región brasileña son personales y organizadas en una especie de asambleas abiertas en cada distrito. El tiempo ha consolidado la participación como algo natural y asumido por todos los gobiernos independientemente de su color político. Ensanchar la participación democrática permite “fiscalizar a los gobiernos y volverlos más eficaces, mejorar la gestión pública y también construir liderazgo y tejido social”, recordaba el experto brasileño en democracia digital Fabricio Solagna. De hecho, en estas dos décadas se ha ido generando un nuevo tipo de liderazgo popular que ha nutrido las altas esferas del poder local de representantes políticos salidos de estas asambleas.

“Esos cambios tecnológicos que quieren implantar en Porto Alegre tienen que ser consensuados dentro de ese tejido”, apunta Arana. El responsable de Participación del ayuntamiento madrileño fue el encargado de cruzar el charco y contarles cómo estaban haciendo las cosas por aquí. “En Porto Alegre lo van a hacer distinto porque el peso de la parte presencial es muy grande y eso es algo que hay que cuidar”. De ese viaje también se trajo aprendizajes. Arana presenció esas asambleas donde se juntaban –a diferencia de los foros locales de Madrid- más de mil portoalegrenses para debatir y lanzar propuestas a sus políticos. Si la participación offline, la de tocarse y hablarse a la cara, requiere la conjura de varios factores (un cambio cultural, tiempo, costumbre, conciencia social) la online apenas necesita, para Arana, poner sobre la mesa –o en la Red- una herramienta como Consul y dársela a la ciudadanía para que la haga suya. 

Golmayo: el pueblo del PP que también quiere participar

Unas 50 instituciones de distintas puntas del mundo ya han tomado como modelo Consul. Desde París (que la usa en la empresa municipal de la vivienda) hasta el ayuntamiento de Barcelona (que empezó con Consul hasta que creó su propio software), pasando por la ciudad de Mendoza, en Argentina, o Bogotá y la región de Nariño, en Colombia. Desde la diputación de València, las ciudades de Jalisco (México) y Montevideo (Uruguay) hasta Gwangju (Corea del Sur), que ostenta el título de ser la primera ciudad asiática interesada en la herramienta digital de participación que se inventó Madrid.

La universalización de esta plataforma muestra que la participación está dejando de ser algo local: “Ya no depende del color político. Ahora sabemos que la política se hace de otra forma, y esto, por mucho que intenten frenarlo, no lo van a parar”. Ahondar en la democracia mediante mecanismos de participación ciudadana parece que cuesta más en España, donde aplicarla o no depende todavía de la ideología del partido que gobierne. Al responsable de Participación sigue resultándole sorprendente que mientras que en Buenos Aires o Porto Alegre -donde ahora gobiernan partidos conservadores- apuestan por usar Consul, “aquí sigue habiendo una resistencia a la participación especialmente férrea” en las filas de la derecha. La excepción se llama Golmayo, un pueblo de Soria de poco más de 2.500 habitantes gobernado por el PP que está iniciando las conversaciones para replicar la tecnología de Madrid.

“Cuando diseñas un programa que amplía los derechos de la gente, y cuando esa gente entiende el beneficio de tener ese derecho, ya no se lo puedes quitar”, sostiene Dinorah Cantú, coordinadora del GovLab de Nueva York, el laboratorio de innovación que montó Obama para sus procesos digitales. Y pone como ejemplo el Obamacare y todo lo que le está costando a Trump desmontarlo: “El caso del Ayuntamiento de Madrid es súper atípico porque se mueren de ganas de entregarle el poder a la gente y que entienda que es suyo; esto es un cambio cultural muy fuerte, porque cuesta incorporar algo a tu día a día que no habías tenido hasta ahora”.

Todo depende de dónde se coloque el poder. Si se deja en las instituciones, desde donde siempre se ha gestionado el mundo, o si se lanza hacia abajo. “El poder también es la visión de la gente; si lo repartes, deja de estar concentrado arriba. Es lógico pensar que la resistencia a volver a lo de antes va a ser muchísimo más fuerte, porque venimos de que 70.000 personas decidan cómo se gastan 100 millones de euros en Madrid”, opina Arana.

¿Y si gana el PP en 2019 seguirá usando Consul? “Si no es así, sería tristísimo, siendo Madrid una marca de democracia internacional. Incluso la asamblea de la ONU invitó a Pablo Soto a contar cómo hemos implementado la participación. Lo bonito de que se haya hecho global es que ya no depende de nosotros”. Trasciende el proyecto impulsado por el área en este tercer año de legislatura y su artífice, el concejal Pablo Soto, lanza sus reflexiones en torno a un proceso que apenas está despegando las patitas del suelo: “Cuando se eche la vista atrás se podrá ver el siglo XXI como el momento en el que se articuló la democracia real que queremos. Hoy es un consenso mundial. Las elecciones son un elemento necesario pero no suficiente, porque la democracia directa está para quedarse”.

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