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Jose, el mendigo que pide para cerveza, vino, whisky y porros: "Por lo menos, sincero"

Los Lazy Beggars son vagos, pero van de frente. "Con nuestros carteles repartimos sonrisas"

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Jose, uno de los Lazy Beggars, sentado en la calle Montera de Madrid. / HENRIQUE MARIÑO

Jose tiene sesenta años y pide para beber. A veces, las señoras se le acercan, dejan caer una moneda ante un cartel que reza “Para whisky” y le comentan por lo bajini: “Toma, mi niño, que por lo menos eres sincero”. Las alternativas son “para vino”, “para porros” y “para la resaca”, que es el que mejor funciona a primera hora de la mañana, cuando los rostros de algunos transeúntes reflejan las escaramuzas de la madrugada. “La gente se siente solidaria”, ironiza este trotamundos tinerfeño con varios países a sus espaldas.

“Dejé mi ciudad porque quería ver mundo. El sitio me resulta indiferente, lo importante son las personas”, afirma Jose, que comparte su itinerario vital con Lyndon, un ingeniero informático galés que un día se cansó de trabajar para multinacionales y se echó las mazas de malabares a la mochila. En Granada se topó con Nigel, Jose y un cachorro abandonado al que llamaron Nemo. Uno tocaba la guitarra, otro pedía con el sombrero y el perro tenía hambre, por lo que decidieron escribir un cartel con la leyenda “Para comida”.

La idea funcionó y las peticiones se sucedieron: Nigel reclamó dinero para vino, Lyndon para porros y Jose para cocaína, pero éste último decidieron desecharlo hace tiempo. “Lo quitamos por problemas legales”, ironiza este canario de ojos verdiazules y barba cana. “Hay policías a los que no les gustaba y, además, está el rollo de los niños”. En su lugar, hoy pide para wifi en la calle Montera de Madrid, que conecta la Puerta del Sol con la Gran Vía, aunque ya está pensando en el próximo destino: Italia o Australia.

Nigel se quedó atrás. Lyndon, con quien vivió seis meses en una cueva del Sacromonte, ejerce desde hace años de fiel escudero. “Trabajamos todos los días del año y todos los días del año estamos de vacaciones. Cuando nos aburrimos de una ciudad, nos vamos a otro sitio”, afirma. A través de la web Lazy Beggars (Mendigos Perezosos o, como prefieren ellos, Vagos Vagabundos), difunden ideas para mendigar con sentido del humor: un ejecutivo con maletín que pide "para abogados", un mendigo quisquilloso cuyo cartel advierte de que "sólo se aceptan billetes"... “Hemos desarrollado veinte mil formas de buscarse la vida en la calle, lo que pasa es que ésta es la más cómoda”, confiesa Jose, que considera lo suyo tanto una forma de vida como un trabajo. “Echo nueve horas al pie del cañón haciendo reír a la gente. Si una sonrisa es un minuto de felicidad, nosotros repartimos horas de felicidad al día”.

A la calle se llega. Jose, hace años, tenía otra vida: estudió Psicología y trabajó de camarero, modelo de Bellas Artes, carpintero, fontanero… “Todos esos trabajos me gustaban, pero no la forma de vida, porque te obliga a cumplir unos horarios, tener una casa y afrontar un montón de gastos: luz, agua, coche, impuestos... Ganas dinero, mas te ves obligado a gastar. O sea, trabajas para consumir y pagarle al banco, a las eléctricas, a los políticos…”, explica Jose, separado y con dos hijos. El mayor, empleado de banca, vive “en una ciudad inglesa”. El menor, formado en Imagen y Sonido, debe de andar por Madrid. “Me conocen bien y saben lo que esperan de mí”.

“Tome, tome, visite nuestra página web”, le dice a una persona que le acaba de dejar un par de perras chicas al tiempo que le entrega una tarjeta. La primera vez que sales del sistema, recuerda, es la más difícil. La segunda resulta un poco más fácil y la tercera “ya te da igual, porque sabes a lo que vas”. Antes de salirse definitivamente, Jose había hecho algunas incursiones en el otro lado. “He estado dentro y fuera muchas veces, sin embargo aquí soy libre. Mañana, si me quiero ir, me voy”. La última vez que estuvo dentro trabajó como técnico de energía solar en el departamento de una empresa. Tenía nueve empleados a su cargo, un buen salario y, a final de año, le daban bajo mano un jugoso plus. No obstante, Jose estaba estresado, no le gustaban los horarios.

Jose, que duerme al relente, se deja fotografiar entre sus carteles. Como le dicen las señoras, uno de ellos deja clara su actitud: “Por lo menos, sincero”. Los turistas pasan frente a él y sonríen, aunque se resisten a aflojar la cartera: “¡Una colaboración! ¡Una sonrisa bien lo merece!”, eleva el tono. “Algunos se van riendo y no nos dejan dinero, pero tampoco nos importa. Eso sí, quien se saca una foto con nosotros tiene que pagar”. Y enseña el enésimo cartel, que fija el precio en 278 euros. “No me arrepiento de mi trayectoria. Ahora soy más más feliz, porque estoy haciendo lo que yo quiero, no lo que quieren los demás”.