Este artículo se publicó hace 19 años.
"American Gángster" o el poder de fascinación del villano

Ridley Scott, el talento más voluble de Hollywood, recupera el aroma a clásico y a Óscar en "American Gángster", una poderosa crónica de la mafia neoyorquina de los años setenta en la que el cineasta, con la apabullante ayuda de Denzel Washington, es imantado por el fascinante rostro del mal.
El realizador británico, que combina en su trayectoria obras maestras como "Blade Runner" (1982) y desatinos como "Un buen año" (2006), extrae su mayor elegancia cinematográfica para firmar esta cinta, la solitaria representante del cine de calidad "made in Hollywood" de 2007, que se estrena esta semana en España y en la que disecciona de manera exquisita al personaje principal: El mafioso afroamericano Frank Lucas.
Las irregularidades de su carrera se filtran también en el tono de esta obra, que no es ajena al error pero sí muestra la estimulante visceralidad de un director que siempre ha desarrollado un mayor apego por la brillante naturaleza del mal que por la blanda épica del héroe.
Si el Cómodo de Joaquin Phoenix, aun en su rol secundario, fue el personaje sobre el que articulaba la profundidad en "Gladiator" (2000) por encima del Máximo de Russell Crowe, es el actor australiano el que, como policía defenestrado por su honestidad, vuelve a ser eclipsado por la lóbrega sombra, por la maravillosa perversidad paternalista de su antagonista.
Scott descuida -quizá deliberadamente- la trama de la investigación para capturar a su mefistofélico vástago cinematográfico. Flaquea en la descripción ese policía, perdedor por su integridad, para desplegar su intermitente genialidad con el gángster implacable, histriónico, atractivo y escalofriante. Cálido en su carisma, gélido en su capacidad de matar.
Para componerlo, se crece con la complicidad de Denzel Washington, que desde "Training Day" (2001) también se ha dejado seducir por las adictivas mieles de la villanía, y que aporta el magnetismo que necesitaba la arriesgada apuesta de hacer simpatizar al espectador con lo inmoral.
Sus dos horas y media de duración transcurren de manera lúbrica, y su premisa argumental supera, gracias a la maestría de Scott, los escollos de no crear nada nuevo en un género plagado de obras maestras como "El Padrino" (1972), "Muerte entre las flores" (1990) y "Uno de los nuestros" (1990).
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