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Crisis y machismo

El Arzobispado de Granada ha traducido un exitoso libro publicado en Italia, dirigido a las mujeres y titulado Cásate y sé sumisa, cuya autora está convencida de que la mayoría de los conflictos matrimoniales tendrían fácil solución si la mujer entendiese su verdadero rol como esposa y madre: la sumisión del servicio. Esta sumisión corresponde a una obediencia leal, generosa, que implica estar por debajo para ser el apoyo de todos los miembros de la familia, siguiendo los consejos de San Pablo en su carta a los Efesios: 'Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo'.

Pero esto no es lo más preocupante: el machismo de la Iglesia es parte de sus señas de identidad y hasta resulta ilustrativo que se exhiba con ese impudor. Creo que lo más grave es lo que sigue: según recientes encuestas, el machismo ha aumentado entre los jóvenes y adolescentes, hasta el punto de que las opiniones machistas son ahora más frecuentes entre jóvenes de 16 a 23 años que entre personas de 40.  Alrededor de un 20% de los jóvenes españoles piensan que el modelo ideal de familia es aquel en que la mujer no trabaja o trabaja pocas horas. Según un estudio de la Federación de Mujeres Progresistas, el 80% de los adolescentes piensa que la chica debe complacer a su novio; el 40% de los jóvenes, que el chico debe proteger a la chica; y seis de cada diez, que los celos masculinos son normales y expresan cariño.

¿Cómo se explica este incremento de actitudes machistas entre jóvenes y adolescentes de ambos sexos? Y aun cuando sea coherente con su tradición, ¿se hubiera atrevido la Iglesia a publicar un engendro de esa naturaleza hace diez años? ¿Habría sido entonces un éxito de ventas en Italia? Hay que preguntarse qué ha cambiado en unos pocos años para que se vuelva atrás en una de  las conquistas más importantes de nuestro tiempo que, aunque lenta, ha conseguido al menos debilitar una mitología ancestral acerca del deber de sumisión de las mujeres y conseguir muchos avances en la legislación sobre la igualdad.

Creo que la crisis tiene mucho que ver. Una primera explicación hay que buscarla en el acceso de la mujer al mercado laboral. Cuando el empleo escasea, el papel de las mujeres en las empresas es visto con recelo por muchos de sus compañeros. No sólo han llegado más tarde al mundo del trabajo sino que constituyen un sector que —junto con los inmigrantes— permite a los empresarios contar con una mano de obra más barata que el de sus compañeros varones, que sienten esta situación como una competencia desleal. La reacción, no por primitiva menos frecuente, consiste en desear que vuelvan a ocupar su papel de amas de casa o de estéticos floreros.

Pero existe otro aspecto relacionado con este que influye en la ideología del machismo y que la extiende a aquellos que no están directamente implicados en esta competencia laboral. Antes de la crisis, al menos las clases medias gozaban de cierta seguridad no sólo económica, sino también psicológica. El trabajo y la vivienda no presentaban riesgos inmediatos. El relativo Estado de bienestar aseguraba el acceso a la sanidad, la educación y las pensiones, servicios que se suponían permanentes y que mejoraban con el tiempo. Y si bien es verdad que nunca dejaron de existir sectores importantes en riesgo de exclusión, no son esos sectores los que inciden más en el imaginario colectivo ni los que más influyen en los medios de comunicación.

Ante el aumento de la inseguridad que provoca la crisis, la reacción inmediata consiste en replegarse y conservar lo que se tiene. El miedo siempre es conservador, ya sea porque provoque parálisis o reacciones histéricas. Y los cambios ideológicos que cuestionan costumbres tradicionales requieren cierta audacia, atreverse a correr ciertos riesgos que los tiempos de crisis no aconsejan.  En tiempos difíciles uno se aferra a la seguridad de lo que conoce, y entre esas seguridades están los viejos papeles que cada uno tiene asignados en la sociedad. Y como el desconcierto ante su inserción social es mayor entre los jóvenes, quizás no sea extraño que los arquetipos familiares y sexuales tradicionales tiendan a rescatarse como manera de buscar algo estable en un momento en que esta generación no encuentra su lugar.

Los progresos ideológicos —al menos los que afectan a derechos individuales— son más frecuentes en tiempos de bonanza. La ley del aborto, la ley de igualdad, el matrimonio homosexual e incluso algunos tímidos pasos hacia la laicidad surgieron durante la burbuja, cuando parecía que la sociedad estaba en un camino de creciente desarrollo. Pero durante una crisis que exige —sobre todo a los jóvenes— renunciar a proyectos personales creativos y riesgos para conformarse con la búsqueda de un mínimo de seguridad, las ideologías tienden a enquistarse y seguir el mismo camino conservador que las otras dimensiones de la vida. Y no se trata sólo de machismo: en toda Europa florecen grupos de extrema derecha, el racismo y la xenofobia, los nacionalismos excluyentes. Aunque cada uno de esos retrocesos requiera explicaciones distintas, todos ellos comparten el mismo primitivismo conservador.

Aunque también es cierto que una crisis como la actual provoca un efecto opuesto en otros jóvenes. Muchos de ellos han descubierto gracias a la crisis que tienen algo que decir ante una situación que les impone unas condiciones de vida que ellos no han elegido y que los sacrificios que se les piden sirven  para satisfacer intereses que no son los suyos ni los de la sociedad en la que viven. Desde este punto de vista, el 15-M ha tenido un importante -aunque limitado- valor pedagógico.

El aumento del machismo constituye una prueba más de que las medidas progresistas que se han conseguido introducir en la sociedad durante el tiempo de prosperidad difícilmente sobreviven a  situaciones de escasez. Probablemente sea esta la principal debilidad de la socialdemocracia tal como se la entiende en Europa: ser capaz de gestionar la abundancia pero carecer de respuestas para tiempos de crisis, dejando en manos de la derecha la administración de esos tiempos.

*Augusto Klappenbach es escritor y filósofo

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