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El Gobierno mexicano ordena el cierre de todos sus colegios

La cifra de muertos llega 149 y la alerta y el desconcierto se disparan entre la población

SERGIO RODRÍGUEZ

México parece el epicentro de las plagas bíblicas. Al virus mutante que ya campa a sus anchas por gran parte del país, ayer se unió un temblor de tierra de 5,6 grados en la escala Richter que sacudió los cimientos de la enferma capital. El terremoto multiplicó la sensación de fatalismo en un lunes triste y pavoroso.

El Gobierno no esperó a la salida del sol para decretar el cierre hasta el 6 de mayo de los centros educativos en todo el país. Las fábricas abrieron las puertas como si nada ocurriera y aquellos que se aventuraron a traspasarlas lo hicieron protegidos con mascarillas, única defensa útil para aquellos que no tienen otra opción que compartir espacios cerrados con desconocidos.

Dos de cada tres personas que circulan por la capital llevan cubrebocas. Pero los ojos denotan miedo. Se evita el contacto físico, la cercanía al otro; y entre las siete y las nueve de la mañana de un lunes laboral, eso es inevitable.

Una mujer camina con su hijo de tres años: "No hay guardería, no hay escuela y no tengo con quien dejar a mis hijos. ¿Qué puedo hacer? Pues traerlo a mi trabajo. Ahora mis hijos estarán en la oficina, donde hay gente estornudando", explica enojada.

Otra señora agrega: "Yo los dejé en la casa, pero no tengo idea de qué va a pasar. Les dejé comida, pero una tiene 5 años y el mayor, 7. Le pedí a una vecina que los vigile, pero ella tiene sus problemas".

Cerca del Zócalo, un señor sube a un microbús abarrotado y comienza a hablar en voz alta. Asegura que se siente engañado por el Gobierno. "Esto no es una gripe, es algo más terrible. No se trasmite por estornudos, sino que se encuentra en el aire. Están muriendo miles de personas en los hospitales y nadie hace nada", divaga atenazado por el miedo.

La gente escucha y baja la mirada. De repente, el autobús se transforma en un foro romano. Todos discuten, piden calma, exclaman, se insultan. Un pasajero grita. "¡Yo también creo que no nos dicen toda la verdad, no puede ser que las medidas para evitar el contagio sean simplemente ponerse un trapo en la boca, estornudar sobre la parte interior del brazo y lavarnos las manos!".

Todo parece más triste que el domingo. La compleja vida del mexicano se ha multiplicado por un número irracional, el miedo. Lo que nunca ha logrado el narcotráfico lo ha conseguido un virus voraz que sólo necesita una temperatura adecuada y un huésped debilitado para replicarse. La desinformación es grave. Pero mientras se diseña una estrategia efectiva contra el enemigo invisible, el número de muertos crece. De momento, se han decretado 149.

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