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El juego de la imagen oculta de los poemas llega a la Biblioteca Nacional

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Azulinidad, Zzzzz Dormir, Nwn nor byrny, son algunos de los ejemplos del "desbordamiento, artificiosidad y claroscuro" de los poetas que desde el Siglo de Oro han ejercitado el ingenio para articular visualmente sus versos, reunidos ahora por primera vez en una exposición organizada por la Biblioteca Nacional.

Un centenar de acrósticos, laberintos, romances mudos, caligramas o collages muestran la íntima relación entre la plástica y el poema, en un redundante juego de buscar la imagen en la metáfora poética para el que siempre se ha necesitado la inteligencia cómplice del lector.

La exposición, "muy original y nueva al abarcar todas las tendencias posibles", según han explicado sus comisarios, José María Díaz Borque y José María Paulino, se caracteriza porque permite una visión panorámica de lo que ha sido una tradición literaria castellana, desde la mitad del siglo XVII a la mitad del XX.

"Imagen en el verso", que se podrá visitar hasta el 18 de mayo, se ha dividido en tres periodos: desde el artificio barroco al ingenio del siglo XIX; la época de las vanguardias y los nuevos lenguajes artísticos, con Vicente Huidrobo como paladín; y la posguerra, hasta los 60, representada por Joan Brossa y Cirlot.

En el barroco, el "rey" era el acróstico, que podía ir desde la simple composición de frases o de nombres en el inicio, medio o final de los versos a manifestaciones mucho más complejas y enrevesadas, con la colocación de los versos en forma de cascada, sol o bandera.

También se jugaba con la disposición "retorcida" de las palabras o con la ruptura de la propia palabra, disponiendo las sílabas en complicados juegos de relación espacial.

A los acrósticos se suman en el barroco, en el que los autores hacían alarde de ingenio pero también de tiempo libre, los laberintos, que solo podían leerse siguiendo los movimientos de las piezas del ajedrez u operaciones aritméticas como las que propone el magnífico cenotafio numérico a la muerte de Carlos II.

Una de las curiosidades, por su "precocidad", es la poesía recortada: sonetos escritos en distintos papeles que luego se combinaban dando lugar a ideas absurdas, muy parecido a lo que harían en los albores del siglo XX los dadaístas.

No son creaciones dirigidas al pueblo, mayoritariamente analfabeto, aunque algunas pretendían su participación, como es el caso de los romances mudos, que se colgaban en las puertas de las iglesias y que tenían rimas, de contenido religioso, que el pueblo debía resolver como si se tratara de un jeroglífico.

Ya en el siglo XIX, la artificiosidad del barroco, da paso, sobre todo en las revistas, a la renovación de las artes, las técnicas y los conceptos estéticos que aportan las vanguardias y que, a partir del impulso de Huidrobo, se centran en el uso del caligrama como representación visual del contenido mismo de los versos.

Son muchos los poetas que experimentan con esos juegos que convierten la página en sí misma en una obra de arte, tales como Gerardo Diego, Juan Larrea y los jóvenes ultraístas.

Entre ellos destacan las delicadas composiciones de Guillermo de Torre, tales como la que dibuja una "cabellera" de "cohetes lascivos que besan el torso azul de Urania", o la poesía pintada de Alberti, que convierte la idea de poema en su imagen.

En la posguerra es al revés, la imagen se convierte en poema y sobresalen los juegos lúdicos como los que propone Joan Brossa, Cirlot o Francisco Pino, con los que se llega al "no significado" del lenguaje.

Se mantienen modelos como el caligrama, la división de líneas o su distribución analógica, dando mayor autonomía a la imagen que se expande a postales, cajas de cerillas, hojas sueltas y casi todo tipo de soportes.