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Lenguas silenciadas a golpe de prohibición

"Hablar como Franco" era durante la dictadura la única opción que ratificaba fidelidad al régimen

LÍDIA PENELO

"¡Hay que decir español y no castellano! El español es la lengua de todos. Se ha transformado en la lengua de España", sentenciaba Manuel Fraga en una entrevista del año 1967. Era una época en que la consigna para no tener problemas con el régimen, en palabras del periodista Luis de Galinsoga, consistía en: "Pensar como Franco, sentir como Franco y hablar como Franco, que hablando en el idioma nacional, ha impuesto su victoria".

Con ese triunfo, el catalán, el euskera y el gallego se convirtieron en lenguas acorraladas, en palabras silenciadas.

Con el franquismo se practicó una glotofagia, que en algunas partes del territorio tuvo unos efectos devastadores, aunque académicos como Francisco Rodríguez Alarcos o Juan Ramón Lodares hayan negado repetidamente la persecución lingüística.

Las medidas coercitivas contra los hablantes de las lenguas "regionales" fueron múltiples y diversas, pero compartían un único cometido: el olvido. Se las intentó reducir a mero folclore. El régimen no impedía anunciar en euskera sus "25 bake urte" (25 años de paz), pero sí impedía cantar a Serrat en catalán ante toda Europa.

La novela El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga, analiza el tema. El libro está encabezado por el poema Muerte y vida de las palabras, que lamenta la pérdida de las 100 maneras de decir mariposa que tiene el euskera. En Galicia, que tiene la literatura romance más antigua de la Península, el gallego se etiquetó como un simple dialecto del castellano.

La ridiculización es otra versión de la represión que puede sufrir una lengua. En Andalucía es habitual la identificación de una persona que habla andaluz con un gracioso o una persona de baja formación. Es otra de las huellas de la represión lingüística que se practicó en España cuando se impuso el castellano como la lengua de "la nación".

"Durante años, fueron prohibidas todas las manifestaciones escritas y oralmente públicas en idioma regional. Los institutos de cultura cerrados, la enseñanza del idioma proscrita, los rótulos comerciales traducidos y las ciudades y los pueblos llenos de impertinentes recomendaciones: ‘Hablad en español’, ‘hablad en el idioma del imperio’. El cuadro de las autoridades políticas y de los funcionarios, incluidos los maestros, fue sistemáticamente forastero". Así describió Dionisio Ridruejo, que de responsable de propaganda de Falange pasó al desencanto y a simpatizar con la oposición, las consecuencias de la victoria franquista en Catalunya.

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