Opinión
El 23-F que sí triunfó

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
-Actualizado a
Este mismo miércoles podríamos conocer, 45 años después, si el general Alfonso Armada -que lo negó tantas veces como se le preguntó, la última en 2011 en ABC- era el elefante blanco del 23-F, es decir, el presidenciable de una lista de Gobierno de concentración (sin nacionalistas, no se pasen) que vicepresidiría Felipe González tras el golpe de Estado de Tejero. Fue éste quien, en el juicio, sostuvo que Armada le había confirmado lo de ese Gobierno que venía a salvar a España de Adolfo Suárez, cuya relación con Juan Carlos I era ya nefasta y así lo reconocía el rey emérito en entornos menos privados que más.
Esta plumilla no tiene grandes esperanzas sobre las novedades que puedan aportar esos papeles del 23-F protegidos de usted y de mí por la ley de Secretos Oficiales de 1968, o sea, del franquismo. La reforma de esta ley se ha pedido a los gobiernos de PP y PSOE hasta en sánscrito y sin éxito por parte de otros partidos, pero como ahora el Ejecutivo de Sánchez acepta reformarla, resulta que los papeles reservados del 23-F de 1981 se podían publicar sin ley nueva, éste que hoy solo es un proyecto llamado ley de Información Clasificada que dormita en el Congreso. Y ya están tardando en sacar a la luz los del GAL o, como piden organismos internacionales de derechos humanos, aquellos que recogen torturas y/o asesinatos del postfranquismo y la Transición española, entre otras zonas oscuras de nuestra historia. Mucho, mucho queda por saber en esta democracia nuestra (un decir).
Es imprescindible para las democracias hacer memoria por cada recoveco ocultado para tratar de evitar que la Historia se repita en capítulos tan crueles como el larguísimo de la dictadura franquista y sus estertores tras la muerte del sátrapa, en la cama y con sucesor designado, que también hay clases en las dictaduras que terminan. Porque por mucho que este mantra se repita, a la vista está, No hemos aprendido nada, citando sin cantarles a Viva Suecia.
La prueba palmaria de esta desmemoria bien trabajada desde arriba -con muchas complicidades desde abajo, todo hay que decirlo-, la hemos tenido, precisamente, esta semana de 23-F de 2026, cuando en pleno aniversario del golpe de Estado de 1981, el Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo (gallego tenía que ser también) claudicaba ya sin remilgos ante la ultraderecha de Vox, esa réplica del siglo 21 de los fascismos europeos, incluido el franquismo; con su mismo racismo, su misma xenofobia, idénticos autoritarismo o alergia al periodismo, mentiroso, conspiranoico, ultrarreligioso, machista o reaccionario. "Aquí estamos, os daremos todo lo que pidáis a cambio de las presidencias de Extremadura y Aragón", por cierto, parece que decían los del PP nacional, pasando por encima de los presidentes en funciones de estas comunidades, María Guardiola y Jorge Azcón, que ya pintan entre cero y nada en las negociaciones con la ultraderecha, ésta que hoy les es (aun más) imprescindible y de la que intentaron zafarse convocando elecciones anticipadas.
La rendición de una derecha que se decía democrática -y hasta de "centro-derecha" y "cristiana"- se consagró un 23-F de 2026 con un documento de negociación que salió del despacho de Feijóo para Santiago Abascal que bien podría ser un ruego de matrimonio. Como era previsible ante semejante humillación, el líder de la ultraderecha despreció la petición de mano de Génova 13, consciente como es de la superioridad de su bota sobre el ansia manifiesta de poder de quien no gobierna porque no quiere. El documento de la alianza PP-Vox anticipa la otra que podría ser tras unas elecciones generales y supone la rendición oficial y absoluta de las siglas que reformuló Aznar ante la ultraderecha: fuera agenda verde, fuera derechos de los niños y que decidan sus padres (viva el pin parental), entra la lucha contra "todo tipo de violencias", salen los okupas (una auténtica plaga, dicen), se queda el mercado libre de la vivienda (y sale el derecho constitucional a ésta), fuera subsidios a inmigrantes (¿?), que se vayan los extranjeros delincuentes (solo los pobres) y los sinpapeles (los que no cuidan de los mayores de Vox y PP) y que se dé prioridad política a las familias con muchos hijos (que no sean inmigrantes y sí, heterosexuales por la gracia de su dios, que seguirá sin dejar adoptar a los gais) Hay más, pueden comprobar cómo el PP se arroja ya definifivamente en los brazos de la ultraderecha trumpista en Público. Sin complejos ni disimulos, para qué.
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