La enigmática fundadora de 'Jot Down': "Era quien tú quisieras que fuera"
Daniel Verdú reconstruye en La bola la historia de Mar de Marchis, que logró reclutar a algunas de las firmas más prestigiosas del periodismo español sin dejarse ver jamás.

Madrid-
A muchos la vida se les hizo bola cuando España tropezó con la crisis en 2008, aunque siempre hay quien saca partido en los tiempos convulsos. Quizás no se conciba el alumbramiento de Jot Down en plena acampada del 15M y su posterior llegada a los quioscos en 2012 sin la onda expansiva de aquella gran recesión económica y el terremoto mediático que sacudió las redacciones y se llevó por delante a tantos —y tan buenos— profesionales.
Daniel Verdú (Barcelona, 1980) está convencido de que la fundadora de la revista, Mar de Marchis, también es producto de esa época, en la que confluyó la crisis del papel y la caída de la publicidad con el auge de las redes sociales y otros fenómenos sobre los que reflexiona en esta entrevista. Entonces todavía éramos ingenuos, viene a decir. Y aún había conversación —luego vendría la trinchera y el fango—. También se hablaba por teléfono.
Ella no tenía rostro, pero cimentó su identidad digital tras inventarse una biografía —treintañera rubia de ojos verdes que vive en Londres y representa a futbolistas— y convencer a firmas como Félix de Azúa y Fernando Savater para escribir en su web. Luego, otro habitual, Enric González, entrevistaría a Arturo Pérez Reverte en el primer número de papel, donde debutaron tantos y tantas que la nómina merece otro párrafo.
Antonio Muñoz Molina, Maruja Torres, Santiago Segurola, Diego Manrique, Soledad Gallego-Díaz, Juan Gómez-Jurado, Manuel Jabois... También estaban Iñaki Uriarte, el de los Diarios, y diseñadores e ilustradores como Isidro Ferrer, El Roto, Pablo Amargo, Arnal Ballester o Sean Mackaoui. Y Ramón Besa. Y David Jiménez. Y Walter Oppenheimer. Y Martí Perarnau. Y Antoni Daimiel. Y Javier Espinosa. Y muchos otros.
A partir de entonces, Mar de Marchis (Santa Pola, 1968), que en realidad no se llamaba así, nutrió su revista de nuevas voces y de rebotados de otras cabeceras, cabreados por haber sido despedidos o por salir por la puerta de atrás. Todos aceptaban la invitación y nadie había visto su cara. Bueno, todos no: Arcadi Espada rechazó la oferta de dirigir Jot Down. Ella le mandaba fotos sugerentes, pero no fijaba una cita en persona. Tampoco llegó a poner una cifra encima de la mesa. Y se cansó del juego que hechizaría a muchos.
La bola se hizo cada vez más grande.
La bola negra de billar, imagen de la revista, de la cuenta de Twitter y de la propia Mar.
Así se titula también el primer libro de Daniel Verdú: La bola (Alfaguara).
El periodista entrevista a ochenta personas para esbozar la figura de María Jesús Marhuenda Irastorza, como constaba en su DNI hasta su fallecimiento en 2022, aunque su ópera prima no cuenta con la aprobación de su familia ni de su socio editorial.
Una biografía, digamos, no autorizada.
Yo diría que no es ni siquiera una biografía. La bola es un retrato de una época. Un momento crítico que atravesamos todos, especialmente los periodistas, pero también todo el mundo en aquella España que entró en crisis en 2008 por la caída de Lehman Brothers, las subprime, etcétera. Y en 2011 tuvimos esa ilusión de que todo podía cambiar a través de las redes, de un internet que parecía progresista, de las primaveras árabes... De repente, cualquiera podía ser alguien, incluso otro, y tener acceso a un mundo que había sido muy endogámico y cerrado, el del periodismo y los medios. Los millennials vivimos esa ilusión, aunque fue una generación que nació prácticamente muerta porque quizás fue la más ingenua de los últimos 50 años, al creer que todo podía cambiar a través de ese artefacto casi mágico que eran las redes. Luego descubrimos que no, como los acampados del 15M que querían cambiar el mundo y lo único que vivieron fue la frustración y la sensación de que les habían tomado el pelo.
Usted coincidió con Mar de Marchis en Roma cuando era corresponsal de El País.
No era amiga mía, pero me llamaba para preguntarme cosas porque éramos vecinos. Como muchísima otra gente, había tenido una cierta familiaridad con el personaje. Con el tiempo, tuve la sensación de que era un síntoma muy nítido de esa época y que, a través de partes de su vida a las que tuve acceso y luego pude documentar con el testimonio de decenas de personas, también podía explicar ese momento, que era lo que me interesaba.
"Su irrupción salvaje, misteriosa, magnética y arrebatadora no hubiera ocurrido diez años antes ni probablemente ahora"
Precisamente, sin esa época ni la crisis de los medios no se entendería la revista ni la relevancia de su personaje, ¿no?
Yo creo que no hubiera sido posible. Su irrupción salvaje, misteriosa, magnética y arrebatadora no hubiera ocurrido diez años antes ni probablemente ahora por muchos motivos. Antes, porque el mundo de los medios era muy sólido, hermético, lucrativo y cerrado a unas determinadas cabeceras. No había espacio para otras cosas. Si hubiera llamado en ese momento a un político o al director o al consejero delegado de un gran periódico y les hubiera contado la historia —la ficción— que les contó, quizás no le hubieran dedicado ni un minuto. Pero en ese momento crítico, en el que faltaban ideas y recursos, aquella voz sugerente prometía resolver muchas de esas encrucijadas en las que estábamos. Como cuenta mucha gente en el libro, era un bálsamo. Y ahora tampoco le harían caso, porque entonces, además de la crisis, había una ingenuidad respecto a las redes sociales. Es decir, la gente se mandaba mensajes directos y confiaba en determinados personajes que iba conociendo en redes, mientras que hoy no se tiene esa confianza.
Quién sería aquella mujer… Las especulaciones llevaron a conclusiones absurdas: "Una hija de Aznar. Una siria desfigurada. La novia de Enric González. O, incluso, el propio Enric González con un filtro de voz", escribe en La bola.
Cuando la gente empezó a hablar de Mar de Marchis, yo no conocía a nadie que la hubiera conocido. Sin embargo, como era un momento mediático y económico muy turbulento, con despidos y cierres, y todos sentíamos miedo e inquietud, ella era una especie de oráculo. A veces sabía lo que iba a pasar porque había hablado con uno y con otro, aunque luego ella utilizaba ese sistema de información para alimentar su misterio y una omnipotencia cuya magnitud probablemente no era tal.
Mar de Marchis, una treintañera guapísima que representaba a futbolistas y enviaba fotos sugerentes a quienes iba captando…
Las fotos no eran de ella, por lo que suplantaba una personalidad. Ahora bien, se anticipó a muchísimos fenómenos: el anonimato, los filtros, la posibilidad de ser otro, el catfishing... Incluso se anticipó al confinamiento y al teletrabajo. Ella había argumentado en una entrevista que si se hubiese presentado con su identidad y aspecto reales pidiendo a toda esa gente que escribiese en su revista la hubieran mandado a paseo. Uno de los dilemas del libro: ¿es legítimo mentir o construir una ficción para conseguir algo legítimo como la construcción de la revista? ¿O una mentira es una mentira y no hay más que hablar? Javier Cercas ha escrito sobre el asunto del impostor, pero yo no emito ningún juicio moral porque el libro también habla justamente de eso. O sea, de un momento, a partir de 2008, en el que todo era ficción: la política, la información, los créditos... La idea de verdad empieza a resquebrajarse y, de repente, nos dimos cuenta de que todo era una especie de simulacro. Y en los últimos años muchas veces hemos considerado que una ficción, si estaba al servicio de una idea que considerábamos justa, era legítima.
"La fundadora de 'Jot Down' entendió el secreto de la victoria por incomparecencia"
Pero Mar de Marchis fue mucho más que una impostora.
No sé si fue una impostora. Probablemente sí, porque se hizo pasar por otra persona, aunque también fue una adelantada a su tiempo. Y esa ficción que construyó tenía elementos suficientes para retratar a los demás. Además de la época, yo utilizo a Mar como un espejo de toda la gente con la que trató para explicar cómo estábamos en ese período.
En realidad, ella es la excusa para hablar de un tiempo.
Totalmente. Hay personajes que son capaces de explicar una época por sí mismos. Son muy pocos, por eso los escritores se matan por encontrarlos. Mar encarna ese momento de crisis y de cambio de época. Como decía Gramsci, la crisis consiste en que el viejo mundo se muere y el nuevo mundo no termina de nacer, y en ese claroscuro surgen los monstruos. Ella formaba parte de esos monstruos, pero sobre todo esos monstruos éramos nosotros. Es decir, esa generación desencantada que llegó —en mi caso probablemente tarde— a la fiesta de los medios de comunicación tradicionales, lucrativos, fuertes e influyentes, y que confió en que el famoso algoritmo de Facebook iba a resolver muchos de nuestros problemas existenciales y profesionales. Y luego se encontró con que era todo una alucinación tecnológica.
¿Qué se sabe y qué no se sabe de Mar de Marchis?
En el libro solamente cito su nombre real una vez, porque me interesaba su impacto, no de dónde venía. He intentado ser respetuoso con su intimidad y con su familia. Y hablo de su encierro en Santa Pola y de sus problemas de salud, algo que ella misma había contado.
Había estado deprimida y padecía agorafobia.
Esa es la explicación que dio a su encierro, donde descubrió ese mundo que había detrás de un internet floreciente, con los foros y mensajes, antes de la aparición de las redes sociales. Es ahí donde el personaje aprende a descifrar las fragilidades de la gente sin tenerla delante, especialmente las masculinas. Cuando sale de casa, todo ese conocimiento le sirve para montar la revista a distancia, con un equipo virtual al que nunca conocería en persona, y para gestionar una cuenta de Twitter que se convirtió en una especie de piedra filosofal de la que emanaban sus comentarios ácidos y divertidos, con una parroquia muy fiel en torno a su figura.
"Cultivó el misterio como antes lo habían hecho dos grandes industrias: la religión y el lujo"
Después de que en 2017 El Confidencial revelase su identidad y de que Vanity Fair la entrevistase, usted vio ahí un libro.
Eso lo percibimos todos. Mar es un misterio salvaje que se mueve en un ecosistema periodístico que se dedica a destripar misterios de cualquier tipo, por eso sorprende que durante tanto tiempo nadie hubiese investigado y escrito sobre ella. En parte es la tesis del libro: nadie lo hizo porque todo el mundo estaba demasiado implicado en la historia y había jugado a ese juego del misterio, de la ficción y de la seducción telemática. O sea, a nadie le apetecía hurgar demasiado ni ponerse delante del espejo.
"Mar entendió el secreto de la victoria por incomparecencia", escribe usted respecto a su anonimato y al rechazo a dar la cara.
Ese misterio lo han cultivado dos grandes industrias: la religión y el lujo. Y eso Mar lo entendió, como le sucedió también a artistas como Daft Punk, Banksy, Salinger o Mina. En su caso, al principio fue involuntario, porque tenía un problema, pero luego descubre que es una estrategia genial para despertar el interés de la gente.
Usted coincidió con Mar de Marchis en Santa Pola y en Roma. Sin embargo, nunca la vio pese a vivir a escasos metros. ¿Cree que ella lo vio a usted?
No lo sé, pero la impresión generalizada era que siempre daba la sensación de que ella te estuviera viendo por una mirilla. Jugaba siempre con esa sensación de que sabía lo que te iba a ocurrir.
La ayuda de Enric González fue fundamental y supuso un aval para conseguir determinadas firmas.
Desde luego, fue crucial tanto para su proyecto biográfico como editorial, porque Enric es una leyenda del periodismo. Además de una garantía para los colaboradores, fue un filtro de buen gusto y una pieza clave que le sugería temas, enfoques y autores. Dudo mucho que todo esto de lo que estamos hablando hubiera podido existir sin él.
"Mar de Marchis tenía la gran habilidad de ser quien sus interlocutores querían que fuera"
En el libro escribe que reclutó a algunas estrellas de la profesión y convenció a "una colorida parrilla de colaboradores que escribían ahí porque sabían que era el lugar adecuado en ese momento". Sin embargo, hay una cuestión inquietante: escribir gratis o por poco dinero.
En un momento de crisis —y esa es la clave de la revista—, hay toda una generación de nuevos escritores y periodistas que no tiene lugares donde escribir, porque no tiene acceso a las grandes cabeceras. Y al otro lado hay otra generación, unos muy jóvenes y otros muy viejos, a los que han echado de los periódicos. Es el momento de los ERE de El País, El Mundo, La Vanguardia… Explota el planeta de los medios tradicionales y todos esos asteroides están orbitando alrededor de dónde van a poder publicar. Y Jot Down tiene ese mérito. Ella se pone en primera fila y les dice a todos ellos: "Si queréis visibilidad —que es la divisa con la que se empieza a pagar en esa época—, este es el sitio". Y la luz atrae a las mariposas.
¿No es una práctica perniciosa?
Sí, es pernicioso porque supone una devaluación total del trabajo y de la profesión. Sin embargo, ella aprovechó la divisa de la visibilidad. Tenía ese instinto de supervivencia y gestionó los recursos con esos trucos y ese ilusionismo.
En el libro asegura que tuvo una "enorme influencia" en Antonio Caño, al que llama casi a diario, aunque llegó a darle un ultimátum: o se conocían en persona o El País dejaría de distribuir Jot Down Smart una vez al mes. Spoiler: ella no aceptó.
Pese a que aportaba ideas y era un bálsamo, El País invertía una suma considerable en un suplemento que, por primera vez en su historia, había externalizado. Sin embargo, a ella no le impresionaba ese tipo de amenazas. De hecho, le dio plantón en un hotel de Barcelona minutos antes de la hora acordada, sin preocuparse de que aquello causara un impacto negativo en su relación empresarial.
Uno de sus hitos: convencer a Juan Luis Cebrián para fotografiarse con el casco de Darth Vader después del ERE de El País.
Eso fue muy fuerte y generó una gran tensión interna. Sin embargo, todo aquello era muy divertido, porque de repente Cebrián asume con un gran sentido del humor ese papel que le atribuía todo el mundo: el villano de los medios de comunicación, mientras que Prisa vendría a ser el imperio del mal. Esa portada venía a decir: "Nos hemos unido al lado oscuro". Sin embargo, no se publicó hasta que El País no renovó el contrato con Jot Down.
¿Cuál fue su verdadera influencia en las redacciones y los despachos?
En algunas, mucha, y en otras, menos. Tenía muchos amigos y conocía telefónicamente a la mayoría de jefes. En realidad, tuvo mucha influencia en lo que a ella le gustaba resaltar de sí misma: buscar talento, reconocerlo, recomendarlo y promocionarlo. Sin embargo, entre el halago y la ofensa, algunos de los interesados terminaron un poco hartos de su cantinela: "Yo te descubrí, yo te promocioné, yo…".
Otro hito: rechazó publicar un texto de Mario Vargas Llosa "porque creía que no tenía el nivel para su revista" y "le pareció malo" e "insuficiente".
Esa historia me la confirmó Juan Cruz, que era muy amigo de Vargas Llosa [y ejerció de mediador]. Esa fue una de las muescas o de los hitos, para algunos genial y para otros lamentable, de Mar: pedirle un artículo a un premio Nobel y no publicarlo porque no le gustaba. Nada menos. Personalmente, me divierte mucho el capítulo Matador, cuando organiza una cena en ese club privado con famosos y ella ni siquiera se presenta. En fin, más allá de la reconstrucción de una parte importante de su vida, el libro es un retrato de una época, de una generación y de una serie de personas que trató con ella.
"Sin entenderla", Enric González "nunca se había entendido tan bien con nadie".
Supongo que Enric, como mucha otra gente, nunca llegó a entender los motivos por los que hacía algunas cosas, se comportaba de determinada manera o había construido esa ficción —o esa bola, si lo prefieres— durante todo ese tiempo. Pero se divertía con ella y se sentía muy comprendido.
¿Quién era Mar de Marchis?
Tenía una virtud: era quien tú quisieras que fuera. No hablo de María Jesús, sino de Mar de Marchis, quien tuvo la gran visión o la gran habilidad de ser quien sus interlocutores querían que fuera.



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