¿Por qué la juventud f*lla menos?
Te doy la bienvenida a este consultorio de sexualidad, donde trataremos temas que son "hot topic", están "en el candelero" o al "pil-pil".

Madrid-
¿Por qué la juventud tiene menos encuentros eróticos? El tema da para varios artículos que desarrollaremos en próximas entregas, pero esta vez me gustaría centrarme en ese "menos". ¿Menos? Vivimos en una época obsesionada con la medición, y esta lógica de la cuantificación, propia de las sociedades contemporáneas altamente tecnificadas, no se ha detenido en el ámbito económico o laboral. Ha penetrado también en los territorios más íntimos de la experiencia humana: el amor, los afectos, los encuentros… la sexualidad.
La cuantificación de la experiencia sexual humana constituye uno de los fenómenos más reveladores del llamado capitalismo emocional, un sistema social en el que los sentimientos, las relaciones y la vida afectiva son cada vez más gestionados como recursos susceptibles de evaluación, optimización y rentabilización. Lo que antes pertenecía al ámbito de lo privado y de lo inefable hoy se traduce en indicadores, estadísticas, algoritmos y rankings personales.
¿Qué ocurre cuando la sexualidad se mide? ¿Qué perdemos cuando la experiencia íntima se convierte en un conjunto de datos? ¿Hasta qué punto el capitalismo contemporáneo ha colonizado nuestras emociones y deseos?
La lógica de la cuantificación
La cuantificación responde a una idea aparentemente simple: aquello que puede medirse puede conocerse, compararse y mejorarse. Esta mentalidad ha sido extremadamente eficaz en ámbitos como la industria, la administración pública o la ciencia. Sin embargo, cuando se traslada a la esfera de las relaciones humanas aparecen numerosas contradicciones.
La sexualidad, históricamente asociada al deseo, la subjetividad, el placer y la conexión interpersonal, comienza a ser interpretada mediante variables numéricas: frecuencia de las relaciones, duración de los encuentros, número de parejas, intensidad del orgasmo, compatibilidad calculada mediante algoritmos o puntuaciones de atractivo en aplicaciones digitales.
Y aquí la pregunta deja de ser "¿cómo vivimos nuestra sexualidad?" para convertirse en "¿estamos teniendo suficiente sexo?" o "¿tenemos más o menos que los demás?".
La sexualidad en la cultura del rendimiento
El capitalismo contemporáneo no se limita a organizar la producción económica; también moldea las formas en que las personas se perciben a sí mismas. En este contexto, la sexualidad ya no aparece únicamente como una fuente de identidad, intimidad o placer, sino como un indicador de éxito personal.
La cultura popular está llena de mensajes que establecen una relación entre éxito, felicidad y desempeño en el terreno erótico. Y revistas, redes sociales, influencers y plataformas digitales están promoviendo constantemente la idea de que existe una sexualidad ideal que debe alcanzarse: tener más experiencias eróticas, ser más atractiva, experimentar más placer o mostrar una vida íntima aparentemente satisfactoria se está convirtiendo en un examen y una exigencia social, especialmente para la juventud. Paradójicamente, esta búsqueda obsesiva puede terminar produciendo frustración. Al establecer estándares cuantificables para algo profundamente subjetivo, no son pocas las personas que refieren presión, ansiedad, inseguridad y sensación de insuficiencia.
La sexualidad deja de ser un espacio íntimo y subjetivo para convertirse en una tarea de automejora.
Sexualidad masculina y sexualidad femenina
Cuantificar "lo sexual" tampoco es nuevo: desde una perspectiva crítica de los imaginarios sobre la sexualidad, la sexualidad en clave masculina ha sido históricamente retratada bajo una lógica de cuantificación, centrada en el rendimiento, la actividad genital, la consecución de objetivos y la acumulación de experiencias, de modo que el deseo "en masculino" ha aparecido asociado a una dimensión instrumental y ejecutiva. En contraste, la sexualidad femenina se ha representado con frecuencia como más voluptuosa, relacional y orientada a la calidad de la experiencia que a la cantidad de encuentros, otorgando un mayor peso a la intimidad, la conexión emocional, la confianza y el contexto afectivo.
He escrito "sexualidad en masculino" y "en femenino" y no "de los hombres" y "de las mujeres", ya que lo masculino también pertenece a las mujeres y lo femenino a los hombres. Y en concreto, las formas de vivir la identidad, el deseo y el encuentro son diversas y no dependen únicamente del sexo de las personas, sino también de factores psicológicos, biológicos, relacionales, culturales y biográficos.
Lo novedoso de la cuestión cuantificadora es que no pocas mujeres han caído también en ello y que hoy se encuentra perfectamente alineada con un ecosistema tecnológico y social que lo exacerba.
Las redes sociales y el mercado amoroso digital
Las redes sociales no crearon la precariedad ni la soledad, pero sí han tenido un efecto multiplicador en ambas: Instagram, TikTok o Tinder exponen constantemente a los usuarios a ejemplos de éxito, belleza, riqueza o relaciones aparentemente perfectas. El resultado es una comparación continua con estándares muchas veces irreales.
Además, las aplicaciones de citas han introducido una lógica de mercado en las relaciones, que en teoría ofrecen infinitas oportunidades. Pero en la práctica generan la sensación de que siempre existe una opción mejor esperando a un clic de distancia. La abundancia de elección produce ansiedad y aumenta la percepción de competencia. Y una vez más, mucha juventud describe las citas como un proceso de selección permanente donde el atractivo físico, el estatus social y la capacidad económica parecen evaluarse continuamente. Sea o no completamente exacta esta percepción, parece evidente que está influyendo en el comportamiento de quienes participan en estas plataformas.
Porno, OnlyFans y 'deepfakes'
Si las redes sociales han transformado la forma en que la juventud se relaciona, la digitalización también ha cambiado profundamente la forma en que experimentan la excitación y el deseo: por primera vez en la historia, una generación ha crecido con acceso instantáneo e ilimitado a contenido erótico. La pornografía online permite consumir una cantidad prácticamente infinita de estímulos visuales sin necesidad de interacción, rechazo, vulnerabilidad o compromiso. Y esto, puede haber contribuido a buscar la satisfacción inmediata a través del consumo digital en detrimento de los incentivos para desarrollar habilidades sociales o afrontar la incertidumbre inherente al encuentro con otra persona. Y lo incierto y lo cuantificable casan mal.
El problema no es únicamente el acceso al porno, sino que, sin una educación sexual que otorgue claves para ver este producto, éste puede moldear las expectativas de las generaciones más jóvenes. Las relaciones humanas son imperfectas, complejas y negociadas. La pornografía, en cambio, presenta versiones simplificadas, idealizadas y diseñadas para maximizar la estimulación. Cuando la experiencia real se compara constantemente con esos modelos y no se han adquirido herramientas internas para tener una postura crítica, puede surgir frustración.
Quede claro que este no es un alegato ni a favor ni en contra de la pornografía. La pornografía ha estado siempre ahí (de la "porneia" de la Grecia Antigüa a la industria audiovisual pornográfica de nuestros días) y lo seguirá estando de una forma u otra. Pero más allá de la regulación y acceso de generaciones de jóvenes, transmitir ideas también en esta materia es realizar una buena labor de alfabetización sexual que produzca generaciones menos frustradas y con más capacidad de convivencia.
En cuanto al auge de plataformas como OnlyFans, también el mercado introduce otro fenómeno novedoso: la conversión de la atención sexual en una actividad económica. Tradicionalmente existía una separación relativamente clara entre las relaciones afectivas y las transacciones comerciales. Plataformas como OnlyFans difuminan esa frontera al ofrecer una forma de intimidad personalizada mediada por pagos y suscripciones. Desde una perspectiva económica, OnlyFans refleja la lógica de la economía digital: cualquier recurso capaz de atraer atención puede convertirse en una fuente de ingresos. Desde una perspectiva cultural, plantea preguntas más profundas acerca de cómo entendemos la intimidad: para algunos consumidores, estas plataformas proporcionan compañía, validación o una sensación de cercanía emocional.
Sin embargo, esa cercanía suele ser unilateral. Se trata de relaciones parasociales, donde una de las partes desarrolla vínculos emocionales con alguien que, en realidad, mantiene una relación comercial con miles de personas simultáneamente. Y en una sociedad donde aumenta la soledad y disminuyen las relaciones presenciales, resulta significativo que cada vez más personas obtengan afecto, atención o gratificación sexual a través de interacciones monetizadas.
Y cómo no hablar de deepfakes en este contexto: la inteligencia artificial permite crear imágenes y vídeos hiperrealistas de personas que aparentemente realizan acciones que nunca ocurrieron. Una parte importante de esta tecnología se ha utilizado para generar contenido falso utilizando la imagen de celebridades, figuras públicas o personas anónimas. Y más allá de los problemas legales y éticos que tantas consecuencias están trayendo, quizá la cuestión más relevante sea que todas estas tecnologías apuntan en la misma dirección: la sustitución parcial del encuentro humano por experiencias digitales.
Redes sociales, aplicaciones de citas, pornografía, OnlyFans y deepfakes son fenómenos distintos, pero comparten una característica común: que permiten acceder a formas de atención, validación, entretenimiento o excitación erótica sin necesidad de construir relaciones recíprocas.
Desde luego, estas herramientas no explican por sí solas por qué la juventud tiene menos encuentros o menos relaciones estables. La economía, la precariedad y los cambios culturales siguen siendo factores fundamentales. Sin embargo, sí parecen formar parte de un ecosistema que facilita la satisfacción individual inmediata mientras dificulta la construcción de vínculos más profundos o donde la incertidumbre es relevante.
El auge de los datos íntimos
La expansión de las tecnologías digitales ha favorecido la aparición de una nueva economía basada en los datos personales. En este contexto, incluso la vida íntima produce información susceptible de ser almacenada, analizada y comercializada por empresas: aplicaciones de salud reproductiva, plataformas de bienestar sexual, dispositivos inteligentes y servicios de seguimiento de hábitos recopilan cantidades crecientes de información relacionada con la intimidad de los usuarios.
Y más allá del problema ético acerca de quién almacena estos datos y para qué, esto retroalimenta a esas redes sociales que convierten los sentimientos en contenido, publicidad que vende experiencias afectivas, psicología del bienestar que se integra en estrategias de productividad…
¿Por qué entonces tienen menos relaciones?
Por una parte, la experiencia de mucha de la juventud contemporánea es contradictoria: una generación que consume más contenido erótico que ninguna otra, que ha crecido rodeada de pornografía online, redes sociales y aplicaciones de citas, pero que tiene menos claves para el encuentro en el mundo real. Y es que la digitalización no ha eliminado la necesidad humana de intimidad. Al contrario. Cuanto más virtual se vuelve la vida social, más valiosos parecen resultar los vínculos de la vida real.
Por otra, hay un cambio de paradigma de vuelta a lo conservador, donde son otros los valores que ahora imperan en gran parte de la juventud. En la búsqueda de ser diferentes a sus madres y padres, que vivieron el boom de la libertad- beber, fumar, tener relaciones con más personas etc. -, ahora la juventud bebe menos, fuma menos, se droga menos y f*lla menos. A este retorno a lo tradicional le dedicaremos otro artículo.
Recuperemos la dimensión humana de la sexualidad
Frente a su expansión, resulta necesario reivindicar espacios de experiencia que resistan la lógica de la cuantificación. No todo lo valioso puede medirse, y no todo lo que puede medirse resulta verdaderamente valioso.
La sexualidad constituye una experiencia relacional, corporal y emocional cuya riqueza no depende exclusivamente de variables cuantitativas. La calidad de un encuentro humano no puede reducirse al número de relaciones mantenidas o a la duración de un acto erótico.
Recuperar la dimensión humana de la intimidad implica reconocer la importancia de aspectos como la confianza, la vulnerabilidad, el afecto, el consentimiento, la comunicación y el significado compartido. Incluso el sentir que se es especialmente significada, significado por la mirada del otro, la otra. Estos elementos son esenciales para la experiencia sexual, aunque resulten difíciles de traducir en datos.
La gran cuestión de nuestro tiempo no es si podemos medirlo todo en la sexualidad, sino si debemos permitir que aquello que puede medirse sustituya a aquello que realmente importa.
Jóvenes: vale la pena recordar que en esta sociedad de números y datos, quizá uno de los actos más hermosamente radicales sea recordar que la experiencia humana, aún con incertidumbre y vulnerabilidad, enseña más (y mejor) que cualquier cifra.



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