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Fin Mascarillas

De nuevo a cara descubierta: miserias y penalidades del fin de las mascarillas

La posibilidad de no tener que sonreír a los demás, la ocultación de una piñata poco agraciada o de una tocha desproporcionada, el relajo de ir sin maquillar o con tremendas barbacas... La flexibilización en el uso de los cubrebocas deja atrás algunas ventajas y otras tantas miserias.

Hombre mascarilla
Un hombre pasea con la mascarilla en la frente por las calles de Tarragona. Foto tomada el 12 de mayo de 2020. Nacho Doce / REUTERS

La pandemia y sus rigores preventivos nos taparon la boca hasta nuevo aviso. La obligación de usar mascarilla nos remitió a mundos distópicos, escenarios apocalípticos que creíamos lejanos o más propios de grandes urbes orientales. Sin embargo, una vez encajado el sobresalto inicial, nos dedicamos a colorear el nuevo complemento como si no hubiera un mañana. Una fiebre que precintó nuestras bocas con todo tipo estampados, algunos de dudoso gusto.

Proliferaron bozales patrióticos y subversivos, con motivos arrebolados e incluso artísticos. De hecho, por un módico precio puede usted maldecir, silbar e incluso estornudar tras un Mondrian o un Caravaggio. La sofisticación conquistó nuestros bozales. Convirtió nuestros paseos en mascaradas y, de paso, nos permitió proyectar lo que somos (o queremos ser) sin necesidad de abrir la bocaza. Lo cual, en ciertos casos, resulta ventajoso.

Enric Soler: "Es razonable pensar que mucha gente se sentirá desprotegida"

Ahora que somos libres, ahora que se relajaron las medidas preventivas y podemos liberar nuestros hocicos del yugo sanitario, surge la inquietud. Un desasosiego que los medios, prestos siempre al etiquetaje de movidas, bautizamos como "síndrome de la cara vacía", lo que no deja de ser un mero epígrafe, pues ninguno de los expertos consultados tiene constancia de que exista literatura científica al respecto.

"Lo que sí que existe –apunta Enric Soler, psicólogo relacional y profesor colaborador de la Universitat Oberta de Catalunya– es un fenómeno que se llama pareidolia y que describe la tendencia que tenemos los seres humanos a detectar caras en formas fractales". Dicho gráficamente; quién no ha creído ver un rostro humano en una nube, o entre los desconchones de una pared mohosa, quién no ha visto una mueca sombría en un chorretón azaroso del gotelé.

"Los humanos ancestralmente hemos tenido la necesidad de detectar la cara de los demás para prevenir peligros, por lo tanto, ante una forma que nos remite a algo, nuestra tendencia es a imaginar una cara", apunta Soler. Pero no sólo tenemos una gran capacidad para ver rostros donde apenas se intuye una forma, sino también a autocompletar el semblante de un modo, si se quiere, beneficioso para el portador.

"La Gestalt nos habla de una ley de la buena forma, es decir, que cuando los humanos no vemos el constructo cara en su integridad porque nos falta parte de la información, tendemos a rellenar imaginariamente nuestra percepción de la mejor forma posible". Por aclarar; si usted tiene un pelo frondoso y su piel es de tono azabache, si sus ojos son de un verde esmeralda, es más que probable que su interlocutor imagine una boca poderosa de labios carnosos.

La mascarilla, además de prevenir contagios, nos ofrecía también la posibilidad de un cierto ocultamiento

La psicóloga Elisa Sánchez, profesora de la Universidad a Distancia de Madrid, define la mascarilla como una "barrera de protección", un lugar desde el que poder "no sonreír si no quieres o ir hablando sólo por la calle si te apetece". En definitiva, la gasa, además de prevenir contagios, nos ofrecía también la posibilidad de un cierto ocultamiento, un anonimato parcial que disfrazaba de misterio lo que no eran más que complejos.

Y claro, luego vienen las decepciones. El destape conlleva chascos y conviene lidiar con ellos. También, cómo no, surge la posibilidad de sentirse desamparado, dueño de una libertad anhelada pero que al mismo tiempo inquieta. Como si al cesar la obligatoriedad de llevar mascarilla nos soltaran de la mano, nos dejaran a la intemperie en un escenario potencialmente contagioso, la pelota ahora está en nuestro tejado.

"Es razonable pensar que mucha gente se sentirá desprotegida, para paliar esta sensación es probable que busque compensar esa inseguridad sobrevenida con otras medidas como la distancia interpersonal o intensificando la higiene", explica Soler. 

Empoderar a la ciudadanía

Por último, esta nueva etapa desprovista de mascarillas nos permite algo que, en cierto modo, nos interpela a todos. Si hasta ahora han sido las autoridades sanitarias las que nos han instado a velar por nuestra salud y la de nuestros conciudadanos, ahora somos nosotros los que de forma autónoma hemos de protegernos y proteger al resto. Un nuevo escenario que requiere de cierta responsabilidad y solidaridad con el resto.

"Hasta ahora como ciudadanos hemos vivido en una dimensión paternalista, era el papá Estado el que nos decía qué podíamos y qué no podíamos hacer, ahora en cambio se traspasa a la ciudadanía esa responsabilidad, lo que en cierto modo es muy positivo, no en vano los estudios en psicología de la salud indican que el factor más importante del cuidado de la propia salud es el empoderamiento del paciente en la toma de decisiones sobre su salud, siempre, eso sí, que lo haga bien informado", zanja Soler.

El fin de una época

Y si la mascarilla supuso el gesto externo más evidente de que nos adentrábamos en la pandemia, su retirada evidencia hasta qué punto rozamos su fin. Algo que, en palabras de la profesora Sánchez, hace que "mucha gente sienta una expectativa alta de volver a la normalidad, de dejar atrás la pesadilla, de tener un poco de esperanza después de haber pasado por una situación dramática".

Quizá ahí esté la clave. Pese a los miedos sobrevenidos, pese a la sensación de desprotección o el temor a mostrar una piñata poco agraciada, conviene quedarse con un simple gesto que es, en cierto modo, el augurio de un tiempo mejor.



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